CAJA DE HERRAMIENTAS

En esta caja expondremos a modo de catálogo objetos útiles para el trabajo. Constelación de herramientas teóricas en construcción colectiva.

En esta ocasión compartimos con ustedes un texto de Fefa Vila y Javier Sáez que aparece en “Entre líneas se cuela el futuro” que forma parte de “El libro de buen [A]mor. Sexualidades raras y políticas extrañas” publicado recientemente por Traficantes de Sueños en Diciembre del 2019.

Fefa Vila Núñez (Laza, Ourense, 1968). Es una activista queer femi- nista y además socióloga. Desde 1986 vive y trabaja en Madrid, en esta ciudad desde finales de la década de los ochenta ha militado en diversos grupos feministas y de disidencia sexual. Promotora y arti- vista del grupo LSD (1993-1998), grupo de referencia política queer y de intervención pública artística-cultural en España. Se ha especiali- zado en sociología industrial y del trabajo, estudios feministas y prác- ticas culturales. Actualmente es profesora asociada en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UCM. Desde hace tres décadas compatibiliza su actividad como docente e investigadora en diver- sas instituciones con la investigación cultural, la escritura, la crea- ción artística, el comisariado y la producción cultural independiente queer-feminista. En este campo sus trabajos han sido, entre otros: Kapital-Killer en First Story-Women Building New Narratives for a New Millennium, Oporto, ciudad de la cultura, 2001; con Marisa Maza, Face- 2Face. Diálogos y confrontaciones fronterizas, narraciones de género. Raza, migraciones y diásporas, AECID-Miami en 2007-2008; perfor- mance Me acuerdo en «Acciones públicas para saberes realmente útiles», MNCARS, 2015; el comisariado de la exposición Queer Archive? en «The 1908s. Today’s Begginnings», Van ABBE Museum-L’Interna- tionale, en 2016, y recientemente la dirección artística del programa El porvenir de la revuelta. Memoria y deseo LGTBI-Q del Ayuntamiento de Madrid en 2017:

http://www.rtve.es/alacarta/videos/metropolis/ metropolis-porvenir-revuelta/44141

Y la publicación y co-edición de El libro de buen Vmor. Sexualidades raras y políticas extrañas. Madrid, diciembre de 2019:

https://www.traficantes.net/libros/el-libro-de-buen-amor

ENTRE LÍNEAS SE CUELA EL FUTURO

Extrañamente, el extranjero nos habita: él es la cara oculta de nuestra identidad, el espacio que arruina nuestra permanencia, el tiempo donde se abisman el acuerdo y la simpatía. De reconocerlo en nosotros, no nos perdonamos detestarlo en él mismo.

Julia Kristeva “Extranjeros para nosotros mismos”.

¿Cuál es nuestra revuelta? ¿Por qué hemos planteado una política y un texto revoltosos? La expresión «el porvenir de la revuelta» nos remite a varios textos, por un lado, al libro de Julia Kristeva de nombre casi similar y por otro al libro de Freud El porvenir de una ilusión.

Curiosamente, aunque la palabra porvenir nos remite al futuro, a eso que está por-venir, la revuelta de Kristeva también tiene que ver con el pasado, con repensar la cultura pasada y la historia, para entender que ya no están sostenidas por la cultura de la tradición europea. Cuestionamos el pasado, necesitamos distanciarnos críticamente de nuestra propia memoria. Queremos escuchar y utilizar políticamente lo que la tradición social, cultural y filosófica ha dejado siempre de lado: a las mujeres, a las personas racializadas, la locura como límite del pensamiento, las sexualidades disidentes, a las extranjeras, las minorías étnicas. No es casualidad que uno de nuestros referentes, «la loca», casi haya desaparecido del mapa discursivo y político. Como también está casi desaparecida la lesbiana. Nuestra loca era el límite de lo respetable en cuanto al género, como la locura ha sido el límite de la racionalidad. Nuestra loca tenía pluma, molestaba, incomodaba, gritaba, cuestionaba con sus gestos y su mala educación un proyecto de respetabilidad LGTB burgués, ordenado, blanco, normal. Pero hoy nadie quiere saber nada de las locas. Los locos fueron encerrados en los manicomios. Las maricas locas han sido encerradas en un silencio que podríamos llamar maricomio. Los gais respetables van al gimnasio, no tienen pluma, se casan o se meten en un bar de osos para sentirse hombres «de verdad». Las bolleras vagan sin nombre, no tienen tierra ni casa, ni cárcel. Huyen, se dispersan, se juntan para nombrarse. Proliferan los nombres y se reinicia un camino intransitable.

Entonces, nuestra revuelta quiere escuchar y dar la palabra a quienes interpelan no solo el imperio cis-heterocentrado, sino también el nuevo orden homosexual, donde los discursos y los espacios vuelven a estar dominados por hombres gais, blancos, con poder adquisitivo y deseos de normalidad. Nuestra revuelta también quiere volver (revolver) el pasado, recuperar memorias perdidas, archivos no archivados, placeres y deseos vergonzantes, ocultos y enterrados, espacios marginados (prisiones, váteres, descampados, parques, fronteras, pueblos, líneas de metro abandonadas, fábricas vacías, cementerios, pistas de baile, terrazas y raves secretas) y también revolver el futuro. Porque el futuro también puede ser una trampa. Uno de los dispositivos del poder es la administración de la esperanza. Colocar en el futuro una promesa, un ideal, un fin último, un destino, un valor con el que identificarse, una razón de la historia por la que sacrificarse, un ideal que guíe nuestras vidas y nuestra revolución. Una familia, una casa, un perro, un coche, unos hijos. Pues no queremos esos faros. Queremos faros para perdernos. Realmente no es el faro, es la tormenta la que nos muestra el camino. Queremos un futuro revoltoso, inestable, impredecible, sin ideales ni valores universales. El propio Freud lo advertía en El porvenir de una ilusión: las religiones triunfan por su capacidad para dar consuelo, sentido, futuro. También el populismo fascista: los Salvini, Marine LePen, Abascal… Las ilusiones tienen porvenir. Nuestro porvenir no quiere vivir de ilusiones, sino de la materialidad de los cuerpos y los deseos y de los sueños. Queremos una revuelta donde la disidencia sexual y el feminismo radical se articulen con luchas de clase y antirracistas, una revuelta que sirva para crear espacios más habitables, libres y solidarios.

El deseo humano, la sexualidad humana, siempre ha sido diversa, contradictoria, desviada, polimorfa, con pulsiones creadoras y pulsiones de muerte. Algo que ya intuyó Freud, quien, a pesar del bagaje patriarcal de su época, que sin duda influyó su obra, supo escuchar algo de la complejidad del deseo, de la imposibilidad de ordenar y normalizar la sexualidad humana.

Para ello tenemos que colarnos entre los textos y entre los sexos. De la intertextualidad de Kristeva a la intersexualidad de los cuerpos. Entre esas líneas zigzagueantes se crea el futuro. Por eso en nuestro libro hay espacio para una poética extraña, para imágenes queer, para archivos de la enfermedad, la violencia y la muerte, para un posible fin de los géneros, para ficciones políticas que desordenen la familia y sus réplicas, la cultura o los espacios urbanos y rurales. Nuestras plataformas políticas también son las plataformas de unos zapatones drag. Nuestra subversión es lo que se cuela entre las líneas del discurso dominante, lo que no encaja, lo que se cuela en las fronteras que tanto Europa como Estados Unidos quieren cerrar. Se nos cuelan migrantes, personas que huyen del horror de la guerra y la miseria provocada en sus tierras o de la violencia transfóbica, homofóbica, lesbófoba. Se nos cuelan aquellos que el Estado nación expulsó o reprimió, las que siempre estuvieron aquí: gitanos/as, moros/as, sudacas, maricones, bolleras, travelos. Nos colamos en la España blanca, hetero, cristiana, machista, que ahora más que nunca alza su vox. Estamos por todas partes y queremos promover ese pánico una vez más, frente al heterrorismo patriarcal dominante. Proliferamos a oscuras en los humedales y cruces de caminos y nos replicamos como virus.

No queremos respeto ni reconocimiento. Como diría nuestro querido Paco Vidarte, «se trata de romperles el jarrón chino de la abuela», no vamos a mendigar leyes o subvenciones, sino subvertir el orden social, sexual y político. La Trotaconventos de nuestro libro de buen Amor va de convento en convento para sembrar el caos sexual, no para apañar encuentros amorosos convencionales. Nuestra Doña Urraca roba esas joyas del imperio heterosexual, pero las tira al mar. Nuestra Trotaconventos está en los cruces de caminos, en el eje del intercambio de los saberes y los placeres despreciados y marginados, en el tráfico de lo imposible, en el sortilegio de una nueva gramática sexual y corporal. También recuperamos en nuestro libro de buen Amor a la Serrana, esa marimacho montañesa que desafía la feminidad y que se muestra deseante y poderosa, una butch medieval que nos sirve para reivindicar a las mujeres masculinas.

No vamos a ocultar la violencia física machista y racista ni la biolencia simbólica que administra la biopolítica. Queremos recordar los jirones de carne que cuelgan de las concertinas de Ceuta y Melilla, los miles de cuerpos ahogados que pueblan el fondo del Mediterráneo —muchos de ellos cuerpos queer—, los cuerpos recluidos en las cárceles españolas, los cuerpos deportados, los cuerpos hacinados en los CIES, los cuerpos de las mujeres violadas y de las mujeres asesinadas por sus parejas, los cuerpos con las marcas de la enfermedad, del sida, del cáncer, los cuerpos agotados por jornadas laborales interminables, dobles, triples, cuádruples y salarios de mierda, los cuerpos negros, gitanos, moros y sudacas que son parados e identificados por la policía cada día, los cuerpos mutilados de las criaturas intersexuales, los cuerpos golpeados de los niños mariquitas, de las niñas marimachos, de la femme putón, de las mujeres mujeriles, de las criaturas no binarias en las escuelas, de las muertas sin duelo, los cuerpos que abortan, los cuerpos en riesgo de las prostitutas en parques y calles nocturnas, los cuerpos trans víctimas de agresiones e insultos, los cuerpos en el armario, los cuerpos que se drogan, los cuerpos sin hogar, los cuerpos de las mujeres como máquina del capital, como última frontera del capitalismo. Quizá el sexo y el género son construcciones sociales, pero el dolor, la violencia y la muerte no lo son. Nuestra política no es etérea, simbólica, construccionista, meramente discursiva o «deconstructiva». Queremos mostrar que la disidencia sexual está articulada con el feminismo, con el medio ambiente, con la explotación laboral, con el racismo, con la pobreza, con la migración, la diáspora y el exilio. Economía política del cuerpo y economía corporal de la política. Nuestra disidencia está articulada materialmente, tiene efectos sobre los cuerpos, la carne, el deseo y la sexualidad. Tiene que ver con la muerte y con la supervivencia. También tiene que ver con la salud, la vida, la alegría, y el placer. Y por supuesto, es política.

Contra toda promesa de felicidad

Tienes razón cuando dices que no estamos fuera del capitalismo ni del heteropatriarcado, pero insistimos en despegarnos, nos dibujamos alas las unas a las otras deseando ser una gran manada de pájaros sobre la bahía o nos injertamos mariposas monarcas en nuestros cuerpos con la certeza de formar otra hermandad. La promesa de la felicidad forma parte de nuestra contemporaneidad. No han cesado de repetirnos la misma historia en los cuentos, en el cine, en la tele… El documental El siglo del yo (Adam Curtis, 2002) pone en el centro del debate cómo un sistema cultural y económico activa en un momento determinado toda una maquinaria de felicidad, que no es otra cosa que un asalto al deseo de la ciudadanía mediante la interpretación y el uso generalizado de técnicas del psicoanálisis y de la psicología conductual a disposición de las grandes corporaciones. La idea principal que se despliega en este documental es la de la psicología de masas y la influencia que tuvo el sobrino de Sigmund Freud, Edward Bernays, y cómo su posición en Estados Unidos influyó para que se diera un cambio social y económico significativo después de la Primera Gran Guerra, activando el capitalismo de consumo, que irá modelando la idea de felicidad hasta la actualidad. Las máquinas de felicidad hacen referencia a los individuos que fueron «intervenidos» para comprar cosas que simplemente satisfacen un ideal o su deseo de realización, aunque no precisamente sus necesidades. Fue un gran experimento social que también va a significar, entre otros aspectos, que los sistemas de producción masiva de opinión en la historia política e ideológica sean, hasta la fecha, de suma importancia.

Es a partir de este momento, cuando la necesidad y el deseo comienzan a producirse en serie, que la felicidad se convierte también en un producto del capitalismo y se comienza a tratar al igual que cualquier otra mercancía en un mercado en expansión. Desde entonces, el mercado nos grita por todos lados y sale a cada paso a nuestro encuentro para exigirnos gozar, sí, ¡imponernos el gozo! Pero el mismo psicoanálisis, y posteriormente el feminismo y la teoría queer y también la experiencia de cualquier vida subalterna nos han enseñado, al menos a ti y a mí, que no solo no hay nada malo en prescindir de una felicidad interminable, sino, todo lo contrario, que debe ser prescindible; que el dolor, el pesimismo, la vergüenza, el fracaso, la vulnerabilidad e incluso la desgracia y la tragedia, por ejemplo, son elementos consustanciales a la vida, a nuestra vida; son lo que nos permite relacionarnos a múltiples niveles, dotarnos de sentidos y de vínculos, y, sobre todo,  responsabilizarnos y disfrutar del goce cuando este asome.

Entendámonos, no se trata de autoflagelarse ni de añorar un tiempo de entrega al sacrificio, lejos andamos de ahí; el problema radica cuando se interioriza ese canto de sirenas, esa cantinela asentada además en un ideal burgués, heterosexual, blanco y occidental que nos lleva a correr sin detenernos detrás de esa idea tan abstracta como adictiva que se llama «felicidad individual», que además no tiene otro remedio que culpabilizar y patologizar cualquier desventura en el camino. Los queer como desventurados frente a los homonormativos. Puede haber un goce colectivo, más allá de esa promesa de diversión individual que vende el capitalismo actual. El poder funciona produciendo ideales con los que identificarse, dando sentido. Nuestra propuesta es precisamente cuestionar esos sentidos, desmontar las máquinas de sentido. Sabotaje. Cortocircuito.

Escuchamos a Rosi Braidotti decir en una entrevista que la alegría no es optimismo ni tampoco felicidad. Que el optimismo y la felicidad son la ideología del capitalismo avanzado. Añadía algo así como que la alegría es trabajar con dolor, o con el dolor, para obtener una comprensión aguda de aquello contra lo que nos enfrentamos. Compartimos básicamente estas ideas confrontadas, en cuya base podemos encontrar a Spinoza o más recientemente a Sara Ahmed.

La concepción de la gestión de la esperanza elaborada desde posiciones, nada inocentes, neoliberales se basa en la búsqueda del bienestar individual y en postulados positivistas que soslayan en primer lugar la muerte, borran la idea de muerte. Esto se traduce en la fantasía de una vida infinita, cuando nuestra existencia es finita y más bien corta. Esta concepción nos empuja, nos ordena y dirige, hacia el consumo vinculado a una idea de vida sin fin, forjada en un hedonismo sin límites donde melancolía y tecnofilia se unen en un abrazo íntimo para forjar la idea de logro, de éxito, de inmortalidad…, de un placer infinito para aquel sujeto que no se salga del camino marcado. Un camino en el que puede comprar cualquier antídoto de solución inmediata a su problema individual y del que, dado que es «libre de elegir», no se siente responsable. La responsabilidad se suele externalizar en otros, se atribuye por ejemplo a la familia, a la educación, al sistema, a la pareja… y más recientemente a la propia biología y a la genética, como estructuras ajenas y alejadas de ese yo omnipotente y narcisista, lo que da lugar a un sujeto disociado, deconflictuado; disociado en lo más profundo de su subjetividad. Manejable y cosificado en su exigencia: dadme la solución, que no es otra cosa que el soma que se despacha en Un mundo feliz, obra que era el preludio del fascismo que asomaba a este nuevo mundo. Este hecho en su generalización se convierte en un síntoma social, en un síntoma social de actual vigencia. Este no es nuestro mundo, porque disuelve el vínculo social, desactiva la potencia de fuerzas aliadas, conjuntas, solidarias, colectivas. Disuelve lo queer y lo entrega al mercado rosa.

Individuos sin vínculos, hiperconectados pero aislados emocionalmente, necesariamente producen una sociedad frágil, excesivamente preocupada por la amenaza del dolor o lo que es peor del otro como amenaza, en tanto que este es leído como fracasado o extraño. O en tanto que estos otros — pobres, parad+s, personas enfermas, racializadas, inmigrantes, queers, trans, feministas, paletos de pueblo, personas sin descendencia, sin propiedades, sin pareja o sin estudios universitarios, etcétera— sean observados como peligrosos, como virus de los que habrá que protegerse, porque siempre se verán «en riesgo» de contagio. Una sociedad desvalida por la necesidad de protección y seguridad, por una promesa que es una fantasía: la felicidad está al alcance de cada un+ de vosotr+s, solo tenéis que desearla.

La felicidad es una patraña. No queremos ser felices.

Autoras feministas recientemente traducidas al español, como Sara Ahmed o Ann Cvetkovich, asociadas al denominado «giro afectivo», se refieren a sujetos o ciudadanía sintiente para nombrar a aquellos que frente al trauma o el conflicto recurren a soluciones privatizadas e individualizadas, rehuyendo de los contextos en que se producen y sin apelar a las condiciones históricas de su posibilidad —como la lucha de clases, la confrontación racial, las luchas feministas o queer, entre otras— como mecanismos políticos y herramientas culturales ya no solo de explicación, sino de emancipación y reelaboración del trauma frente a los dispositivos terapéuticos de gobierno de lo emocional que ha desplegado el neoliberalismo imponiendo su propio orden, sus propias jerarquías, ofreciendo en demasiadas ocasiones una fetichización acrítica de las heridas, cuya máxima expresión la podemos observar en las campañas dirigidas a enfermos de cáncer, especialmente las que se dirigen a las mujeres enfermas de cáncer de pecho, en donde son convertidas en heroínas y mejores personas. Guerreras que vencen la enfermedad mediante un arma mágica: el «pensamiento positivo». Mediante una sofisticada operación quirúrgica, desaparecen del escenario el agotamiento, el deterioro del cuerpo y del espíritu, el aislamiento, los cuidados necesarios y las cuidadoras, el papel de las farmacéuticas… y también la muerte como horizonte posible a corto y medio plazo. Se derrumba no solo el derecho a decidir sobre la propia vida y muerte, sino que la propia vida y muerte, y los términos en que acontecen, dependerán en última instancia de una fantasía social, de una religión neoliberal, el «pensamiento positivo» y la basura del coaching-mindfulness liberal, de producir más, obedecer más, ser mejor, ser más sano, ser más y más feliz. Queremos ser menos, pequeñas luciérnagas en la noche de todos los tiempos. Decrecer.

¿Podría un porvenir, una futurabilidad/sociabilidad queer contrarrestar el imperativo de la alegría como triunfo del neoliberalismo? Digamos que mientras haya resistencia no hay triunfo liberal. Es una fase más del avance del capitalismo, sin duda alguna. Un estadio sofisticado definido por el asalto al deseo, a la propia subjetividad. Un infierno a la medida de nuestro deseo, nos recordaría también hoy, si estuviese entre nosotras, Jesús Ibáñez. Ya no solo somos cuerpos disciplinados, sino deseos expropiados, cuerpos sin memoria y atemorizados. En la sociedad que afirma el imperativo de la alegría, ya nada tiene sentido, porque nada tiene principio ni fin, solo existe el ¡ya!, el just do it!, porque no hay recuerdos ni compromisos. No somos nadie, no venimos de ninguna parte y no vamos a ninguna parte, este es el estado de la cuestión, es el cuento del estado de las cuentas. Sísifo arrastrando la piedra que al llegar a la cumbre siempre puede volver a caer.

¿La esperanza en otro orden de las cosas? Ser libres es el modo grupal de estar ligados, de ligar, de vincularnos al otro, de unirnos con los diferentes.

No renunciar a la vida ni al pensamiento colectivo. No tener miedo. Salir del camino, brotar, saltar de flor en flor sin aplastar ninguna…, transgredir las leyes: la ley del padre, la ley del dinero, la ley del más fuerte, la ley de la demanda y de la oferta, la ley de sucesiones, la ley de contratos, la Ley Mordaza, la Ley de Extranjería… Los 148 proyectos de ley y la convalidación de los 77 reales decretos aprobados por el último gobierno del PP. Para contrarrestarlo hay que resetear el sueño de lo posible para activar una nueva imaginación, un sueño por venir, un horizonte de lo imposible. Actuar para un otro mundo desde ya, no desde mañana. Y además citarnos para bailar. En cualquier caso el pueblo, el queerpo público, es siempre el que decide y no porque sea convocado a las urnas, sino al baile.