CAJA DE HERRAMIENTAS

En esta caja expondremos a modo de catálogo objetos útiles para el trabajo. Constelación de herramientas teóricas en construcción colectiva.

Compartimos con ustedes, un ensayo de Idelber Avelar traducido por Enzo Fonttz.

Avelar, es autor de Alegorías de la derrota: La ficción postdictatorial y el trabajo del duelo (2000), editorial Cuarto propio, y de Figuras de la violencia. Ensayos sobre narrativa, política y música (2016), editorial Palinodia. Actualmente es profesor en la Universidad de Tulane.

LA REBELIÓN DE ELLOS: LÉXICO, MORFOLOGÍA Y SINTÁXIS DEL FASCISMO BOLSONARISTA.

Este ensayo es una colaboración entre Estado del Arte y el proyecto Bolsonarismo: nuevo fascismo brasileño, desarrollado por el Laboratorio de Política, Comportamiento y Medios de Comunicación de la Fundación São Paulo / PUC-SP, el Labô.

En una investigación multidisciplinaria y colaborativa que involucra investigadores voluntarios de varias instituciones de educación superior en Brasil, el proyecto BNFB pretende unir esfuerzos para comprender el estado actual de la crisis de la democracia liberal, constitucional y representativa, el ascenso de populismos de extrema derecha, la degradación de las instituciones brasileñas y la amenaza política, social y humanitaria representada por el movimiento social y político del bolsonarismo.

I – El bloqueo bibliográfico.

El libro Eles em nós: retórica e antagonismo político no Brasil do século XXI, ya concluido y publicado por Editora Record, trató de ofrecer respuestas parciales a preguntas que han ocupado tanto a investigadores como a ciudadanos comunes, sobre las raíces y las condiciones de posibilidad de la catástrofe que nos acontece, a nosotros, los brasileños. El ejercicio meditativo de estos cientos de páginas consiste en imaginar qué ocurriría si los conjuntos bibliográficos disponibles sobre los procesos vividos por Brasil en las últimas dos décadas estuviesen comunicados entre sí.

¿Qué explicaciones del embrollo surgirían si el ensayismo político de izquierda conociera el consenso existente entre los economistas acerca de las raíces internas, y muy anteriores al reajuste fiscal del 2015, del colapso de la economía brasileña? ¿Qué sucedería si el periodismo sobre Lava Jato conociese no solo la versión presentada por fiscales y jueces acusadores, sino también la bibliografía jurídica que demostraba que allí se violaban los principios más elementales del derecho penal y que éste solo tiene sentido como limitador del poder punitivo del Estado? ¿Qué sucedería si la ciencia política, celosa del concepto del presidencialismo de coalición como herramienta descriptiva (y a veces peligrosamente prescriptiva) del sistema político brasileño, se dejara moderar por algún conocimiento etnográfico de las aldeas indígenas o de las calles en junio del 2013? ¿Cuál sería el resultado de una atención más detallada de todas estas ciencias sociales a lo que la tradición del análisis retórico ya ha contribuido a dilucidar, el funcionamiento de la jerga política brasileña?

El análisis de los recientes procesos sociales brasileños sufre, por lo tanto, no solo del partidismo que codifica hechos, términos y actores de forma automática, incluso antes de que las evidencias empíricas hayan sido recopiladas. El análisis también sufre la ausencia de vasos comunicantes entre los cuerpos bibliográficos. En el caso del bolsonarismo, el problema se complica, porque en él culminan tres conjuntos de fenómenos que tuvieron lugar en una temporalidad extensa, y cuyas mutuas relaciones no son de simple causalidad: las marchas, las clases públicas, las ocupaciones y performances conocidas como Revueltas de Junio, que se iniciaron en ese mes del 2013 pero que no llegaron a Río de Janeiro, sino hasta febrero del 2014, con la huelga de los recolectores de basura; las operaciones de la coalición político-legal de la policía conocida como Lava Jato, que se despliegan a partir del 2014, posibilitadas por una ley de colaboración, galardonada y promulgada por el Congreso en respuesta a las mismas revueltas; y el proceso de desmoronamiento y caída del gobierno de Dilma, que tuvo lugar desde marzo del 2015 hasta la votación final del impeachment en la Cámara, en agosto del 2016, en un proceso iniciado, siempre es bueno recordar, por gigantescas manifestaciones callejeras.

Estos son los tres principales procesos políticos experimentados por el Brasil prebolsonarista. ¿Cómo relacionarlos sin repetir la operación rudimentaria de agarrar un momento del pasado y otro del presente (o del pasado más inmediato) y concluir que Junio “condujo” a Lava Jato o que el “golpe” de Dilma “condujo” al bolsonarismo, como si no estuviéramos lidiando con múltiples temporalidades y con fenómenos sobre determinados por otros? Varias versiones de la historia brasileña contemporánea se han preocupado lo suficiente de repartir culpas basadas en una concepción mecánica de la causalidad. La versión del PT, representada por intelectuales como Jessé Souza, coloca el pecado original alternativamente en junio, en Lava Jato o en el “golpe”, pero en cualquier caso siempre en alguna iniciativa ilegítima o espuria de la que el Petismo habría sido solo una víctima.

Recurriendo a superlativos que serán polémicos en algunas comarcas, podríamos decir que en los últimos siete años Brasil ha sido testigo: del mayor levantamiento popular de su historia (2013); de su mayor fraude electoral moderno (2014); de su peor recesión económica de todos los tiempos (2014-17); de un movimiento masivo en las calles por el derrocamiento del presidente recientemente electo, que contó con la mayor multitud reunida en un solo día en la calle (2015); de un proceso de impeachment que terminó derrumbando el gobierno de ese presidente (2016); el mayor de los escándalos de corrupción, conocido y también publicado como la Operación Lava Jato (2014-); la condena forzada (2017) y el encarcelamiento (2018) de un ex presidente que había sido el líder más popular del país; el impactante asesinato de una amada concejala, en el crimen político de mayor repercusión internacional del Brasil post dictadura (2018), la sorprendente elección como presidente de un diputado del bajo clero, inexpresivo y conocido por sus declaraciones homofóbicas, misóginas y militaristas (2018); las revelaciones de “Vaza Jato” (2019), que demostraron graves desviaciones éticas de los fiscales y del juez de Lava Jato; y, finalmente, un primer año y medio de gobierno marcado por el desmantelamiento ambiental, educacional, científico y diplomático, además de ofensivas extremistas contra poblaciones desprotegidas y, recientemente, una sucesión de actitudes y declaraciones negacionistas durante la pandemia, llevándonos al mayor colapso sanitario del Brasil moderno. “Más grande”, “peor”, “más multitudinario”, “más voluminoso”: el bolsonarismo se gesta en un país que evoluciona por golpes de un superlativo a otro.

II – El sistema político brasileño y el enmascaramiento de los antagonismos

Las teorías que describen el funcionamiento del sistema político brasileño post-constituyente tienen en común el énfasis en el enmascaramiento o la domesticación del antagonismo. En ciencia política, el concepto de presidencialismo de coalición caracterizó a la singularidad brasileña, desconocida en las democracias modernas, la combinación entre proporcionalidad, presidencialismo, multipartidismo y administración del estado a través de grandes coaliciones. Eliminando los reales antagonismos existentes en la sociedad, en pro de la construcción de supermayorías legislativas. La coalición jaboticaba en elecciones proporcionales, recién ahora abolida, haciendo que fuese posible votar por un líder LGBT petista, y ayudar a elegir a un pastor teócrata del PP, como si no hubiese antagonismo entre ellos. El concepto de pemedebismo también enfatiza el hecho de que el sistema político brasileño funciona a través del exilio de los antagonismos a puertas cerradas, dentro de las cuales se construyen coaliciones por medio del chantaje y el veto. Incluso formulaciones más cercanas al marxismo, como el ornitorrinco, de Chico de Oliveira, subrayaron la ausencia, en Brasil, de un verdadero antagonismo entre modos de producción que, en sus contextos originales, habían sido mutuamente antitéticos entre sí. Esta coexistencia no antagónica entre diferentes temporalidades encuentra su imagen en el ornitorrinco, porque éste es un mamífero que tiene pico de pájaro, existencia semiacuática y reproducción ovípara, ejemplo de cómo lo más arcaico y lo más moderno coexisten de forma sistemática en un mismo organismo.

Es aceptado en la bibliografía que el lulismo no rompió con el arreglo pemedebista, sino que incluso se adaptó a él. Esto no quiere decir, que las costuras retóricas realizadas por el lulismo no hayan sido diferentes de las que prevalecían hasta entonces. En el 2005, en la raíz del Mensalão, cayó José Dirceu, Dilma ascendió a la Casa Civil, Lula llevó el PMDB al gobierno y compuso el pacto Lulista, que funcionaría de manera aceitada hasta la aparición de las multitudes de junio del 2013 o, mejor dicho, hasta la respuesta desordenada, tardía, represiva y contradictoria del gobierno y del Petismo. Allí, ya se notó que amplios sectores de la sociedad expresaban antagonismos que no encontraban representación en el sistema político, ya sea en deseos de anticorrupción, ya sea en agendas anti punitivas como la despenalización de las drogas y la desmilitarización de la policía, o ya sea en luchas ciudadanas como el derecho al transporte y a la salud pública.

En publicaciones anteriores, señalé que la administración de los antagonismos durante el Lulismo podría describirse retóricamente con el concepto de oxímoron, aquella figura que designa la afirmación simultánea de polos opuestos (“círculo cuadrado”, “agua seca”, etc.). No es que el lulismo “dijo una cosa e hizo lo contrario”, es más decía-hacía cosas antitéticas simultáneamente: hablaba a sindicalistas y estudiantes contra el “Globo golpista” y nombraba a Hélio Costa Ministro de Comunicaciones; Insuflaba la base contra Marina Silva, “neoliberal y fundamentalista”, que vendería La Amazonia y entregaría a Blairo Maggi la formulación de la política agrícola. Cientos de ejemplos de esta estructura oximorónica podrían citarse.

El oxímoron lulista funcionó de forma aceitada del 2005 al 2013, favorecido por el boom de los commodities y por el talento político de Lula. En el arreglo oximorónico, los sectores dominantes recibieron los beneficios, pero en una formación discursiva en la que una base inflada los atacó como enemigos. Este ataque retórico no fue un “discurso vacío”, sino un dispositivo que mantuvo a la base movilizada y dispuesta a defender la coalición. El resultado fue que los sectores dominantes, a pesar de recibir todas las concesiones, no se reconocieron en el gobierno, mientras que la base, retóricamente muy radicalizada, pero sin ninguna gran conquista bolchevique que exhibir, se limitó a defender un programa que no era el suyo. A medida que los sectores dominantes se dieron cuenta de que chantajear al gobierno era la mejor forma de recibir concesiones, los agronegocios bajo el Lulismo recibieron todo lo que aspiraban, pero nunca quedaron satisfechos. Por otro lado, la base lobotomizada de izquierda, en lugar de tensionar con las otras fuerzas políticas, con el propósito de empujar la coalición hacia conquistas más progresistas, se dedicó a bombardear como vende patrias a los críticos ambientalistas o a los de centroizquierda del gobierno (digamos, Marina Silva o Cristovam Buarque). Obviamente, los agronegocios solo permanecerían en una coalición como esa mientras les fuera conveniente. Cuando el oxímoron lulista se derrumbó en el 2013-14, los agronegocios ya estaban alineados con el antipetismo y listos para proporcionar a Bolsonaro la base central para las próximas elecciones.

III – El mosaico bolsonarista, o la rebelión de ellos.

Incluso el observador más distraído notaría que una de las características retóricas esenciales del bolsonarismo es la necesidad permanente de una estructura antagónica. El corrupto del PT, el Globolixo, el Estadão comunista, la Hoz de São Paulo, el Moro traidor: el oponente puede variar, pero no hay bolsonarismo sin la producción permanente de antagonismos. Esto es así porque el bolsonarismo comenzó a representar, para millones de brasileños, la posibilidad misma de representar antagonismos. En un año y medio de experiencia etnográfica en grupos de WhatsApp de Brasil central, la frase que más me llamó la atención fue la de un ciudadano común que confirmó un pronombre: “tanto el PT habló de ellos, ellos, ellos, que ellos aparecieron”. El bolsonarismo se derrumba y legitima, en amplios sectores de la sociedad brasileña, como una rebelión de los eternamente designados como “ellos”.

Dado que el bolsonarismo representa una crisis sin precedentes de los partidos políticos, es de poca importancia volver a contar la historia por la que Bolsonaro pasa por el PP, por el PSC, hasta el acuerdo con Luciano Bivar por el PSL y su división para formar la Alianza por Brasil. La danza de siglas tiene una importancia secundaria ya que el bolsonarismo representaba, sobre todo, el triunfo de los bloques temáticos que se erigieron en el parlamento: para comenzar, las bancadas del buey, de la bala y de la Biblia. En reconocimiento del daño causado por estos bloques al sistema pemedebista, seguiré refiriéndome a ellos como partidos, en parte para mostrar la obsolescencia que ellos mismos representan para los partidos tradicionales.

IV – El partido del buey

En marzo de 2013, cuando el teócrata Marco Feliciano recibió luz verde del Petismo para asumir la Presidencia de la Comisión de Derechos Humanos de la Cámara de Diputados, Jair Bolsonaro todavía no era nadie en Brasilia. Era el mono del auditorio que estaba en la puerta para conversar con los militantes de izquierda que protestaban contra Feliciano y Silas Malafaia. En Brasilia, él no era nadie, sin embargo, en Barretos ya era alguien. En un rodeo, Bolsonaro ya había sido llevado sobre los hombros de ciudadanos comunes, algo que, en la Avenida Paulista, solo le sucedería en 2016.

El partido del buey fue fundamental para la coalición bolsonarista. Todavía alrededor del 2012-13, antes de que se sospechara que algún día existiría el bolsonarismo, Jair ya había intervenido en el bloque de los agronegocios, a pesar de su proverbial ineficiencia parlamentaria. Paulista-carioca de falsa masculinidad sureña, homofóbico, anti-indígena y anti-ambientalista, Bolsonaro siempre ha cultivado una estética Barretos, de rodeo, que facilitó su adopción por parte de los productores de soja en Mato Grosso y Tocantins, ganaderos en Mato Grosso do Sul, cafeteros de Minas Gerais y vinicultores de Rio Grande do Sul y Santa Catarina. En el 2017, cuando la candidatura de Bolsonaro todavía era una especulación, el partido del buey ya había tomado su decisión. Fueron los primeros en apostar, incluso porque el armamento es una cuestión movilizadora para el sector. En marzo del 2018, antes de que la candidatura de Bolsonaro adquiriera un aire de inevitabilidad, el portal Compre Rural, dedicado a temas relacionados con los agronegocios, anunció en un titular “El 95% de los agronegocios está con Bolsonaro”. En octubre, Bolsonaro había logrado el apoyo de doscientos de los doscientos sesenta y un miembros del Frente Parlamentario de Agricultura. Especialmente en el centro de Brasil (MS, MT, TO, GO, Triângulo de MG, Oeste de SP), el tsunami antipetista fue avasallador.

El texto Eles em nós, presento una investigación léxica cuantitativa que me dio resultados curiosos. A partir de la segunda mitad de la década de 1980, en los tres principales periódicos brasileños y en otras fuentes de registro en lengua viva, se observa una desaparición progresiva de los términos “latifundista” y “latifundio”, que desaparecen de prácticamente todas las variaciones dialectales del portugués hablado en Brasil, con la excepción de algunos bolsillos de militancia bien localizados. Junto con la desaparición de estas palabras, se va consolidando un léxico, una estética y una cultura en torno al término ruralista. A diferencia de un “latifundista”, un ruralista no designa una clase social; el término es lo suficientemente elástico como para incorporar incluso a trabajadores del campo o pequeños propietarios de tierras, que jamás se identificarían con el latifundio, pero que comparten la estética y el vocabulario del ruralismo. Para cualquiera que haya viajado por Jataí, Dourados, Ribeirão Preto, Uberlândia, Cuiabá o ciudades más pequeñas a lo largo de este eje, le resulta claro que la rebelión antipetista fue mucho anterior a la aparición del bolsonarismo, que para todos los efectos operaba allí como un significante vacío, expresando una demanda existente antes de ellos. La demanda de reconocimiento como iguales, y no como estorbos de los cuales avergonzarse en la coalición, se combinó con la demanda de cumplir la promesa de ascensión social a través del Título, un verdadero fetiche construido por el lulismo para la clase C. Cuando la combinación entre una administración errática, el voluntarismo, la irresponsabilidad fiscal y el gasto multimillonario en subsidios a empresas amigas llevó a la economía brasileña a su ruina, incluso durante el gobierno de Dilma, en el Brasil Profundo ya se sabía que la rebelión antipetista contaría con una fuerte presencia de cajeros de supermercado titulados en pedagogía y derecho.

V – El partido teócrata.

No menos fundamental que el partido del buey en la constitución del bolsonarismo fue el partido teocráta. Siempre opto por esta designación para el partido que se formó en el Congreso, en oposición a la fórmula metonímica comúnmente usada, “partido evangélico”. La opción de no utilizar “partido fundamentalista” también es deliberada, ya que considero que estos sectores están mucho más movidos por un proyecto de intervención y captura del aparato estatal que por algún tipo de regreso a una lectura literal del texto bíblico. En la sociología de Paul Freston, estaba claro que de los cuatro grandes rasgos que generalmente se mencionan como característicos del evangelismo en América Latina, al menos dos de ellos, el activismo y el convertismo, tienen directa repercusión en las luchas políticas que se llevan a cabo en la esfera pública. Un tercer rasgo, es el biblicismo, que le da una importancia central a la Biblia como referencia en la esfera pública, más que un supuesto concepto fundamentalista de inerrancia.

En otras palabras, hablar de evangelismo en Brasil siempre ha significado hablar de política. Ya en las primeras encuestas sobre el comportamiento electoral de los evangélicos, se notaba la elección de Collor por sobre Lula, en 1989, en parte debido al temor anticomunista y en parte debido a la asociación, aún fresca del PT con las comunidades eclesiales de base de la Iglesia Católica. Recientemente, Paul Freston señaló la aparición de un exitoso corporativismo evangélico electoral. En otras palabras, las tendencias del electorado evangélico, de tener una identificación partidista y seguir la guía de sus iglesias, se mantuvo, incluso mientras la población evangélica brasileña saltó del 6.6% en 1990 al 15.4% en 2000, y de un 22.2 % en 2010 (según los censos oficiales de IBGE) a un 31% en 2020 (según la investigación de Datafolha).

Si bien algunas tendencias estructurales se mantenían, las relaciones entre evangelismo y Petismo fluctuaban. La década del 90 vería a la mayoría de la comunidad evangélica elegir a Fernando Henrique Cardoso, pero desde 1998, se intentó una aproximación universal con el Petismo. El evangelismo continuaría con una tendencia pemedebista, es decir, la de estar siempre en el poder, reposicionándose en el juego de chantaje cada vez que cambiaba el gobierno. En el 2002, el bloque PT contó con la participación de evangélicos congregados en el Partido Liberal, que ocupó la vicepresidencia con José Alencar, y más tarde en el PRB, ya fundado como base de apoyo al gobierno. El protestantismo llegó dividido a la elección del 2002, con un sector liderado por la candidatura de un evangélico propiamente tal (Anthony Garotinho, entonces en el PSB), la Asamblea de Dios y la Cuadrangular apoyando a José Serra (PSDB) y el bloque Universal, liderado por Obispo Rodrigues, acompañando al victorioso Petismo. En el 2006, el número de evangélicos electos en el Congreso experimentó una temporal disminución, debido al desgaste producto de la participación de sus líderes con mensualidades. Incluso ya en el 2010 las elecciones se politizaron en torno al aborto, con Serra inflando el pánico de la legalización si Dilma era elegida y la coalición petista-pemedebista, a su vez, se embarcó en el mismo juego desenterrando un aborto presuntamente realizado por Mónica Serra, la esposa del candidato. En el 2010, a quien Dilma escogería como su portavoz en el mundo evangélico, era un diputado ya conocido en los círculos de corrupción en Río de Janeiro, desde el caso de Telerj hasta Furnas y los años de las mensualidades: Eduardo Cunha, convocado por el PT en octubre del 2010 para apoyar las credenciales antiaborto de Dilma en el mundo evangélico. Vale la pena recordar, entonces, que tanto en su primera ascensión al ejecutivo nacional, en el 2002, como en su primer intento exitoso de pautar una elección en el 2010, el bloque teocrático creció y se consolidó a la sombra del lulismo, alimentado por él y participando en su juego de oximorones.

Algunos capítulos de esta historia siguen siendo tratados sin su debida importancia. La elección de Marco Feliciano para la Comisión de Derechos Humanos de la Cámara, en marzo del 2013, reveló una estrategia de ocupación del territorio enemigo que contrastaba con la omisión y la no ocupación de espacios que habían caracterizado la forma de actuar de otras figuras anti-Derechos Humanos como… Jair Bolsonaro! En marzo del 2013, Bolsonaro todavía era un apéndice de la operación de Feliciano y Malafaia, incluso el bloque teocrático se convertiría en un órgano del bolsonarismo cuando éste ya estaba constituido. La elección de Feliciano para el CDH solo ocurrió porque el PT, líder tradicional de la comisión y el partido más grande en la casa, con el derecho, por lo tanto, de elegir las comisiones que presidiría, decidió abandonar el CDH para quedarse con las comisiones de Asuntos Exteriores, Seguridad Social y Familia, y Constitución y Justicia. La evaluación petista fue que el CDH, comisión de carácter fiscalizador y denunciatorio, no importaría mucho en el juego de la Real politik. El problema es que la estrategia de Malafaia-Feliciano consistía justamente en transformar el territorio enemigo, es decir, convertir a la comisión de derechos humanos, en un escenario decisivo para la consolidación del bloque teócrata. En otras palabras, el Petismo está en la génesis del partido teócrata, pero no porque “no fue lo suficientemente audaz” o porque “hizo muchas concesiones”, como supone un razonamiento psicoísta o parapetista que nunca rompe con la lógica del Petismo. Se trata justamente de lo contrario. La exacerbación de los antagonismos ahora hizo que el oxímoron lulista se transformase en un obstáculo para la percepción de lo que era la Real politik, justamente porque apelara a ella se había convertido en un automatismo. Cuando el Petismo y sus intelectuales despertaron, la Real politik de los obispos ya estaba de frente.

La formación del bloque teocrático no se entiende mirando solo el bombo de figuras como Feliciano o Malafaia. En estados como Río de Janeiro, donde la población evangélica es mucho más numerosa que el promedio nacional, el (neo) pentecostalismo ha ofrecido una red de sociabilidad a las poblaciones precarizada o amenazadas por la violencia. La aceitada máquina (neo)pentecostal se alimentó de la coalición petista gobernante mientras le convenía, en tiempos en que la política comunicativa del PT se anclaba en “blogueros progresistas” y Rede Record de TV, que después se convertiría en punta de lanza del bolsonarismo. Este era un tiempo en que el Lulismo creía que la radio del obispo sería una “alternativa” a la “manipulación” de Globo. La consolidación del imperio de prensa del evangelismo acontecía en un terreno ya corroído por la Iglesia Católica: desde los años 70, una Blitzkrieg del Vaticano contra la teología de la liberación había diezmado la fuerza política de las Comunidades Eclesiásticas de Base, la última gran iniciativa cristiana de carácter progresista en Brasil. Para completar el cuadro, la proverbial falta de respuestas de izquierda en seguridad pública en un país con 60,000 homicidios anuales ha fortalecido no solo al sector de la milicia, sino también al partido teócrata, compuesto por obispos, pastores, diáconos, trabajadores y líderes religiosos comunitarios que desarrollaron un discurso. sobre la seguridad y la delincuencia: “mientras los intelectuales estaban preocupados por el baño unisex, Bolsonaro hablaba de los 60,000 asesinatos que ocurren cada año en Brasil”.

Sume a todo esto el avance de la teología de la prosperidad y el emprenderurismo evangélico popular durante la bonanza de los commodities en el Lulismo, y hay todo un universo de sociabilidad para millones de brasileños a los cuales la izquierda apenas ha escuchado. Esto fue así a pesar del hecho de haber sido el gobierno de izquierda quien hizo posible ese universo, regándolo con una generosa rebanada de recursos públicos, con la esperanza de que la solidez y la confiabilidad de los sobornos garantizarían la longevidad de la coalición. Esta falta de percepción de lo que estaba sucediendo es contraintuitiva, ya que, como hemos visto, el partido teócrata fue partícipe del pacto social lulista (vale la pena recordar que la coalición construida entre el PT y el PMDB para gobernar Río de Janeiro contó con la participación del PP de Bolsonaro).

El discurso del lulismo a los brasileños que accedieron a la universidad por primera vez en sus familias gracias a Prouni, era invariablemente meritocrático, centrado en la conquista del individuo y su relación con las posibilidades abiertas por el programa estatal, sin ninguna experiencia ciudadana que trascendiese el rumbo individual a la comunidad no estatal. Entre el individuo y el Estado, no existía ninguna construcción de comunidad, ninguna iniciativa ciudadana o dimensión colectiva. En este universo, para los beneficiarios de Prouni, la evangelización proporcionaría una experiencia comunitaria en la que había un fuerte componente de resentimiento de clase, invisible obviamente para el intelectual uspiano o psolista que ve en todo el electorado de Bolsonaro una “política de odio”, como si el hecho de que Bolsonaro sea un líder y un ser humano odioso transformase al “odio” en una categoría sociológica con algún poder explicativo.

En cualquier caso, la alianza entre el lulismo y el pentecostalismo tuvo imágenes emblemáticas, como la visita de Dilma a la inauguración del Templo de Salomón, por el Edir Macedo, en julio del 2014, donde declaró que “feliz la nación cuyo Dios es el Señor”. El discurso explícitamente teocrático, además entregado por una presidente que, a diferencia de Lula, nunca fue conocida como una persona de fe, probablemente fue inédito en la historia brasileña moderna. En ese momento, los elementos ya estaban dados para el giro bolsonarista de Universal, pero el Petismo no podía verlo, cegado por su propia arrogancia. Cuando todos ellos se alinearon al impeachment en el 2015-16, todo lo que Petismo pudo gritar fue “traición”!

VI – El Partido del Orden: Polimilicia y Lava Jato

Jueces, fiscales, delegados, policías, ex policías, milicianos y militares de bajo rango fueron elementos centrales en la conformación de la coalición bolsonarista, que hizo de la “represión del crimen” uno de sus consignas más repetidas, incluso con llamados a “matar bandidos”.  Sería útil dividir aquí al partido del orden en dos partes: el partido de la polimilícia, un bloque político derivado del vínculo inseparable entre policía y milicia, especialmente en Río de Janeiro, y el partido Lava Jato, formado por fiscales, policías federales y jueces. Las conexiones entre el partido de la polimilicia y el bolsonarismo son orgánicas y antiguas, y podríamos decir que el bolsonarismo no es más que su propio hijo, una rama de ese partido que luego va a ser lanzado como un bloque de extrema derecha. Ya incluso, el partido Lava Jato mantuvo relaciones circunstanciales con el bolsonarismo, pero también vio en la coalición de Bolsonaro la traducción de un proyecto en el que les interesaba invertir.

Mal pagados y desacreditados, detestados por buena parte de la población y temidos por otros, entrenados para luchar contra un enemigo y no para llevar a cabo el trabajo policial urbano, la policía militar forma un contingente para poder acreditar con firmeza, en materia de sobrevivencia, la separación entre “bandido” y “ciudadano de bien”. De la creencia en el estado ontológico de esta separación, nace el bolsonarismo. En cualquier caso, del 1990 al 2020, Brasil casi duplicó su población carcelaria, con la conocida sobrerrepresentación de afrobrasileños. Mientras tanto, seguimos teniendo una de las tasas de homicidios más altas entre los principales países del mundo y una de las policías que más mata y más muere. Las estadísticas publicadas en 2020 dieron cuenta de que, en el 2019, fueron muchos más PM que habían sucumbido al suicidio que los que fueron abatidos en servicio. Sin embargo, esta policía militar entrenada para enfrentar al enemigo también tiene un historial de insensibilidad racial, por decir lo menos, y por más que, y esta es una de aquellas paradojas brasileñas, los PM recluten ampliamente a la población negra, incluso porque el empobrecimiento deja pocas alternativas para un joven de la periferia. El círculo vicioso presentado en la bibliografía está constituido: empobrecimiento y marginación + prohibición del tráfico de drogas + racismo estructural de la sociedad brasileña encarnada en la propio PM + punitivismo exacerbado e instrumentalización de la guerra contra las drogas como tecnología de control y disciplinamiento social, ampliando la población carcelaria y reactivando nuevamente todo el círculo.

Incluso la Minnustah, la misión de las Naciones Unidas en Haití dirigida por Brasil, y las UPP en Río de Janeiro, compartieron una misma lógica de ocupación territorial. Se trataba de un mapeo y ocupación de la ciudad a partir de una lógica de contrainsurgencia. Lo irónico es que la contrainsurgencia que se aplicaría a los manifestantes de Junio ya estaba allí antes de que existiese algún insurgente. En este sentido, Río de Janeiro es el gran laboratorio del partido polimilicia y no por causa de la cuna del bolsonarismo. Es cierto que no existe una identidad absoluta, pero tampoco existe un claro antagonismo entre la política de seguridad pública del PT, simbolizada en las UPP y el esquema policial de los principales eventos, y la diseminación del partido polimilicia en un poder paraestatal y privatizado. No se trata de un poder que “llena el vacío del estado”, como le gusta decir a cierto sentido común (como si hubiese un vacío de estado en las periferias brasileñas), ni tampoco de un poder disociado del estado. Es una operación que se disemina de forma paraestatal en sentido estricto, es decir, atravesando y constituyendo el aparato del Estado. Esto sucede no solo porque las milicias están compuestas por agentes y exagentes armados del Estado, sino también porque en sus albores eligen parlamentarios y penetran en el poder judicial de manera decisiva.

De estas dos mitades del partido del orden, la polimilicia y Lava Jato, la primera era una especie de núcleo fundador del bolsonarismo, antes de que ellos mismos supieran que el bolsonarismo algún día existiría. El segundo se alimentó de la autonomía otorgada por el gobierno de Lula a la Policía Federal y el Ministerio Público, reconocida incluso por los opositores del PT. El mejor equipamiento, la autonomía y los constantes concursos permitieron la formación de una capa con intereses propios, que se proyectó en el discurso de combatir el crimen de cuello blanco. En el momento en que la clase política reaccionó en pánico y aprobó la ley que regulaba las declaraciones premiadas, se abría un vacío dejado por la catastrófica respuesta de Rousseffian a Junio. En este vacío, se constituye el ala lavajatista como el partido del orden. En cualquier caso, esta estructura retórica entiende el crimen como una positividad inalterada que se posee para “combatir”. Vale la pena recordar que tanto en el lado de la polimilicia como en el lado lavajatista del partido del orden, la lucha contra el crimen se volvió inseparable del crimen que afirmó luchar. Esto se puede ver tanto en la participación de las milicias en el tráfico de drogas (y, claro, como asesinos por encargo) como en la participación de las autoridades de Lavajato en corrupción en sentido estricto.

Desde un punto de vista retórico, la categoría esencial para entender a Lava Jato es la tautología. Lava Jato dinamita la separación entre el hecho y la noticia del hecho, la operación consistió menos en las cárceles de los políticos que en la propia transmisión televisiva de las prisiones. El hecho político fue la transmisión desde la prisión, también porque esta transmisión creó legitimidad para otras cárceles. Sin embargo, la coalición formada por fiscales, la Policía Federal y algunos jueces no solamente proporcionó las únicas fuentes y el punto de vista preferencial desde el cual se narraron las noticias. El círculo vicioso fue más allá, porque las noticias informadas allí a menudo consistían en prisiones para las cuales la evidencia principal era material probatorio de la propia prensa, en una evidente tautología que gran parte de Brasil ignoró, ansioso por encontrar algún castigo a un saqueo del patrimonio público que realmente ocurrió. En otras palabras, es el partido Lava Jato el que le da al bolsonarismo la naturalización de la separación entre “bandido” y “buen ciudadano”.

VII – El partido del mercado

Ninguno de los partidos mencionados estaba equipado para hacer viable el bolsonarismo como alternativa al poder. El bolsonarismo solo alcanzó la etapa de potencialidad electoral cuando la cuarta pata de la mesa se unió a la coalición, el partido del mercado. El partido de la mano invisible, de la entidad impersonal fue curiosamente el único que se expresó como un individuo, Paulo Guedes. Incluso más que los hijos de Bolsonaro y más que Sergio Moro, Paulo Guedes fue el aval que hizo posible la viabilidad del bolsonarismo como alternativa electoral. Hablando estrictamente, él era la única figura, además de Bolsonaro, que tenía en sus manos la opción de que el bolsonarismo no se constituyera. Un hombre con motivaciones tortuosas, con claros deseos de saldar cuentas con la izquierda y con los economistas liberales responsables del Plan Real, Guedes es “el ultraliberal que se casó por conveniencia con Jair Bolsonaro”. En febrero del 2018, Paulo Guedes no solo se unió a la candidatura del diputado que había ensalzado la dictadura militar (es sabido que eso no fue un problema para Guedes), sino que también votó en contra del Plan Real, contra las privatizaciones, contra las reformas de pensiones, contra el tope salarial para los funcionarios públicos y en favor del gasto estatal en corporaciones como las militares, policías y funcionarios públicos de otros matices. Como dijo un operador anónimo del mercado a Malu Gaspar: “Muchos empresarios querían votar por él, pero tenían miedo o vergüenza. Paulo Guedes dio la disculpa que la gente necesitaba”.

¿Cuál fue este proceso por el cual un economista virgen en formulación de políticas públicas (al menos en Brasil) pasó por todas las ventanas del mercado para respaldar al diputado mediocre y extremista que siempre había votado a favor del patrimonialismo antiliberal? El cálculo fue simple y bien conocido: los operadores del mercado recibieron encuestas que mostraban que la elección estaría determinada por un enorme sentimiento antipetista y que la candidatura de Geraldo Alckmin, del PSDB, el default preferido del mercado no despegaba. Las encuestas también mostraron que Lula o su candidato tenían un lugar garantizado en la segunda ronda, es decir, la simple operación de eliminación y deducción lanzó a Bolsonaro al regazo de los operadores del mercado. Fue una operación político-aritmética catastrófica, pero predecible, facilitada por la estrategia del PT de colocar a Bolsonaro en la segunda ronda a cualquier costo.

En la convención de PSL, en julio del 2018, la presencia de Paulo Guedes en el escenario completó el cuarteto del bloque bolsonarista: hablaron dos hijos de Jair (por el partido de la polimilícia), el general Augusto Heleno y la abogada Janaína Paschoal (por el partido del orden) y el senador Magno Malta (por el partido teocrático). Sin embargo, Bolsonaro solo se tranquilizó cuando Guedes ofreció la garantía de que era un candidato “sincero”, que no estaba “negociando” y que ya había traído el “orden” al que el mismo economista ultraliberal, se uniría hacia el progreso”. Nada ejemplifica mejor el mosaico bolsonarista que la sucesión de oradores en la convención de PSL en julio del 2018. En ella, Guedes no era un nombre entre otros. Era el nombre que hacía posible que los otros hablaran, el Super Bond que unía todo. En cualquier caso, Guedes fue el garante de la coalición de Bolsonaro, pero no el proveedor de su retórica. La chapa Bolsonaro-Mourão no habría ganado si hablara como Guedes. Todo el discurso tuvo lugar en otro lugar, lejos de los cálculos económicos de Guedes, en un espacio joven, digital y subterráneo para la mayoría de los analistas, aunque ya multitudinario.

VIII – El partido de los trolls.

El movimiento bolsonarista moviliza un léxico que proviene de los cuatro partidos mencionados: “bandido”, “crimen”, “buen ciudadano”, “corrupción”, “familia”, “Dios”, “patria”, pero sus giros y estrategias retóricas también reciben el influjo de otro universo, el partido de los trolls. El bolsonarismo es incomprensible sin prestar atención a una modulación particular, propia de Internet, que podríamos llamar el lenguaje de “trolling”. Este lenguaje no depende del contenido léxico en sí y transita con cualquier contenido. Fue construido a partir de una constelación de operaciones retóricas: acción reiterada en los mismos vehículos, registro extremadamente agresivo contra el interlocutor o el sujeto temático del discurso, desconsideración total de la diferencia entre verdad objetiva, hipótesis infundada e invención pura, modo hiperbólico del discurso, postulación permanente de algo oculto y adopción de una ambigüedad sobre la seriedad o no de los enunciados y la creencia o incredulidad del sujeto enunciador. Esta última característica es decisiva. La incertidumbre sobre el estatuto de lo declarado cumple la función de garantizar la negación, en caso de que lo declarado sea cuestionado o desmentido, además de proporcionar el humor necesario para mantener la atención del espectador/lector en el volátil mundo de las redes sociales, en un lapso de atención breve. La operación del troll tiene lugar en este registro, en el que la verdad y la mentira están mezcladas.

A medida que se formaba la coalición, se fueron congregando en torno al bolsonarismo los actores de internet por los que después sería conocido: las cuentas de Twitter y Facebook alineadas con los perfiles de los hijos de Bolsonaro, los estudiantes de Olavo de Carvalho, marcados por una combinación de fundamentalismo cristiano, anticomunismo y concepción conspirativa de la política, los YouTubers de derecha (casi todos los estudiantes de Olavo), comunidades de incels (jóvenes “celibatarios involuntarios” caracterizados por una fuerte misoginia), terraplanistas, monarquistas, conspiracionistas online y asociaciones que ganaron impulso con la movilización para deponer a Dilma, el Movimento Brasil Livre (MBL), Revoltados Online y el Vem Pra Rua, quienes participaron en la formación de cuadros que luego compondrían el bolsonarismo. Puede ser sorprendente que los investigadores formados con la bibliografía tradicional de las ciencias sociales perciban la intensidad del resentimiento que se gestaba allí contra la “hegemonía cultural de la izquierda”. Desde el punto de vista de la investigación realizada en la universidad, hablar de “hegemonía marxista” llega a ser una caricatura casi cómica. El autor de este ensayo obtuvo un bachillerato y una licenciatura en Letras en el único curso brasileño con nota 7 en Capes, el de la UFMG, y de 1986 a 1990 no tuvo un solo profesor marxista. Hoy son aún más raros y no faltan los testimonios, incluso entre, por ejemplo, los estudiantes de sociales de la USP.

Esto no significa que la percepción olavista-bolsonarista, anclada en el pánico anticomunista, sea simplemente un delirio. Ella es una instrumentación conspiratoria y distorsionada de un fundamento real, que sin él ni siquiera podría haber operado con la eficacia que operó. Se alimenta de un caldo de resentimiento anclado en exclusiones o autoexclusiones del aparato educacional, en la ausencia de responsabilidad penal o civil frente a los torturadores de la dictadura (el que ofrece al olavismo el vacío en el que proliferan un sin número de postulados negacionistas) y en la imposibilidad de una representación de derecha auto declarada dentro del aparato político. Empapado en la memoria, el sistema político brasileño arrastraba la premisa implícita de que “derecha” es sinónimo de dictadura militar y odio a los pobres. Se trataba de un no reconocimiento de la posibilidad de una lectura legítima del mundo que fuera económicamente de derecha. “Derecha” fue un vocablo inasumible en primera persona durante mucho tiempo. Como no había otros candidatos para ocupar la etiqueta, Olavo la moldeó por cuenta propia, alimentando un victimismo fertilizado en un suelo real, pero exacerbándolo en una hipérbole alucinada y conspiratoria, en la que incluso Bill Clinton era un agente de Pequín.

El olavismo atravesó dos décadas de internet brasileño, desde una broma favorita en las comunidades de Orkut, a principios de siglo, hasta la condición de fuerza política que establecen los Ministros de Estado, en el 2020. El arco recorrido fue notable, y pasó a lo largo de la conversación sobre cultura que se desarrollaba en círculos progresistas, tanto en blogs y revistas online como más tarde en las redes sociales. La premisa era una especie de gramscianismo anabolizado y de signo opuesto: la izquierda habría logrado una hegemonía completa sobre los periódicos, la televisión, las escuelas, las universidades y la cultura en general. Para que esta hegemonía sea desplazada, se impuso una guerra cultural en la que incluso el mismo Bill Clinton, Ernesto Geisel y el FMI llegaron a ser socios del comunismo. Este conspiracionismo convivió con grupos de Orkut como “Olavo de Carvalho do B”, en el que los jóvenes conservadores debatían sobre autores religiosos perennes como Julius Evola, Frithjof Schuon, Réne Guénon y Ananda Coomaraswamy. En los cursos de Olavo, se gestaba la práctica de la refutación bombástica de los marcos consensuales de la ciencia occidental, realizada en lenguaje escatológico, llena de agresiones al interlocutor, y siempre preservando la negación y la posibilidad de la retirada. En la guerra permanente de posiciones del olavismo, los engaños (como el de que Pepsi endulzaría sus bebidas con fetos abortados) se presentan en una sucesión deslumbrante, causando una especie de cortocircuito en los puntos de referencia de una conversación ilustrada considerada racional. Cuando los cursos de Olavo llamaron la atención de Carlos Bolsonaro, ya estaba claro que allí se cocinaba una gran escuela de resentimiento, en la que su gurú encontró una extraña coalición de tradicionalistas católicos, anticomunistas, fundamentalistas, místicos, creacionistas, negacionistas climáticos y conspiracionistas. Más que de Lula, en aquel momento el Olavista subterráneo de Internet creció resentido con Fernando Henrique Cardoso. El dandy políglota y refinado, habitante legítimo del Principado de Higienópolis, representaba todo lo que más despertaba resentimiento de aquellos que crecieron humillados por no saber usar los cubiertos. Aquí, también, la estrategia era la inversión y la exacerbación de lo que ya era la política de resentimiento de la izquierda.

Analizando a las comunidades de la nueva derecha online en los Estados Unidos en un breve pero incisivo libro titulado Matar a todas las normas, Angela Nagle mapeó la transición de aquellos días inocentes y bien humorados de Internet en la campaña de Obama en el 2008, al lenguaje agresivo de los memes de la campaña del 2016, que terminó con un legítimo troll de Twitter electo para la Casa Blanca. Internet había viajado desde la utopía del “sí, podemos”, marcada por el estilizado retrato de Obama hecho por Shepard Fairey, al inframundo de 4chan, ataques de pandillas, memes misóginos. ¿Qué había pasado? Esta transición ocurrió tan rápido, tanto en los Estados Unidos como en Brasil, que abundó la estupefacción y las hipótesis equivocadas. Entorpecida por la señalización constante de la virtud moral, la izquierda online fue derribada en pleno vuelo por el caldo de revuelta que se gestaba como reacción a esa misma cultura de señalización de la virtud. El derrumbe tuvo lugar sin que la izquierda tuviese noticias de lo que estaba sucediendo. La simple observación de una retroalimentación entre la reacción de la neoderecha online y la cultura progresista de linchamientos virtuales “para bien” (es decir, en nombre de causas progresistas) siempre fue descalificada, tanto en la bibliografía como en la cultura de las redes de izquierda. La respuesta automática fue que observar esta retroalimentación significaría culpar a los movimientos identitarios por la victoria de la extrema derecha. A medida que las categorías de culpa, causalidad y retroalimentación se confunden y significan una misma cosa, la pregunta en sí permanece enterrada, porque al final de cuentas: ¿cómo se puede culpar a la víctima?

El lema “la víctima siempre tiene razón” se instaló en la cultura de identidad lulista a pesar de, o gracias a, una deslumbradora tautología: en este contexto, decidir si una persona tiene razón o no implica, en primer lugar, decidir si fue víctima o no. El lema “la víctima siempre tiene la razón” significa, por lo tanto, que “la víctima siempre es una víctima” o “quien tiene la razón siempre tiene la razón”. Chicos imberbes en 4chan se dieron cuenta de la tautología una década antes de los aparatos identitarios del Lulismo. “¿Quieren víctimas? ¡Verás víctimas como nunca antes! ¡Verás un discurso de auto víctima con una intensidad nunca antes vista! ¿Y quién puede decir que la víctima no tiene razón?

Y luego los memes florecieron. A diferencia de las guerras culturales anteriores, no era una juventud progresista oponiéndose a los viejos hábitos conservadores de una generación anterior. Tanto en la cultura de 4chan en los EE. UU. como en la cultura de YouTube y de la Internet bolsonarista en general, la rebelión juvenil ahora estaba a la derecha. La lista de palabras, prácticas y expresiones canceladas por la izquierda identitaria ofreció un vasto material para que la intervención de la neoderecha se presentara en nombre de la bandera de la libertad de expresión. Que sea hipócrita (o, en el mejor de las hipótesis, ingenuo) que un bloque de sujetos hipoteque al bolsonarismo con su revuelta contra las prácticas de restricción del discurso y del pensamiento no significa que la revuelta no tuviese como fundamento un objeto real. Es un hecho que el movimiento que capturó esta revuelta le ofreció respuestas imaginarias y, en la mayoría de los casos, basadas en la exacerbación de las prácticas mismas de restricción y silenciamiento contra las cuales protestó la juventud políticamente incorrecta. Pero también es un hecho que el período en el que Olavismo dejó la condición de ser una broma en un rincón de Internet para ser un movimiento capaz de influir sobre los rumbos de la política brasileña, con su discurso rabiosamente anti universitario, coincidió con una inflexión particular de las ciencias humanas y sociales, que se convirtió en un blanco más fácil para el conspiracionismo de derecha. Todo este caldo desembocaría en los grupos bolsonaristas de WhatsApp.

En WhatsApp todo está hecho, pero, sobre todo, reenviándose. Para una clase social y una generación que tenía acceso a la cultura de compartir enlaces en el mundo de los blogs, en la que lo importante era dar crédito y decir de dónde venían las cosas, e incluso para una parte de la población en general que, a comienzos de la primera década del siglo, comenzó a utilizar las funciones “retweet” (en Twitter) y “compartir” (en Facebook), el reenvío de WhatsApp trajo una novedad gigantesca, que a menudo pasa desapercibida en los análisis. En Facebook y Twitter, 1,000 retuits y posteos compartidos no eliminarán la autoría original de la publicación. La transferencia de segunda mano conserva el origen de la transferencia. En WhatsApp, quien recibió un meme de usted sabe que vino de usted, pero el origen y la autoría original ya se han perdido. La digitalización desenfrenada al alcance de un teléfono celular elimina cualquier referencia a la autoría, más o menos como Walter Benjamin había imaginado que la fotografía serializada, es decir el cine, tenía el potencial de destruir auras religiosas y premodernas del arte. En la reproducción digital infinita al alcance de los dedos de los pobres en un teléfono celular con plan de datos, el reenvío tuvo una función decisiva. Pero ¿quién reenvió qué en los grupos de WhatsApp, y por qué estas prácticas de reenvío fueron tan decisivas?

Barrio, familia, iglesia y escuela: también existían otros espacios, como el trabajo o los grupos de fútbol, pero esos cuatro ejes resumen lo que podríamos llamar las redes de sociabilidad a partir de las cuales surgió el WhatsApp bolsonarista. En una de estas esferas (la iglesia), la izquierda estaba ausente como tal, aunque su cúpula nunca ha podido hacer acuerdos con la cúpula teócrata. En la esfera opuesta, que siempre fue su campo de juego (la escuela), la izquierda se convirtió en el objeto de la revuelta. Si bien el asistencialismo del gobierno de izquierda hizo posible que un precariado llegara a colegios privados de segundo nivel, la ausencia de cualquier conquista ciudadana paralela a la que tuvo lugar allí en el consumo y el colapso casi inmediato de los sueños de ascensión social a través por la vía universitaria, irrigaron el antipetismo de los grupos escolares de la zap, que fueron terreno fértil para iniciativas bíblicas como la Escuela sin Partido. Finalmente, la socialización del barrio ya no era, en sus versiones presenciales, un gran territorio de izquierda, al menos desde la disolución de los núcleos de base del PT, la Blitzkrieg de la Iglesia Católica contra las comunidades eclesiales de base y el surgimiento del pentecostalismo y del partido de la polimilícia. En los grupos familiares, las elecciones del 2014 ya produjeron las grandes divisiones que se conocerían para una abrumadora mayoría de brasileños durante el impeachment y en la era bolsonarista, y de las cuales, me atrevería a decir que, solo una pequeña minoría de las familias brasileñas era inmune. En estos grupos, se gestó el lenguaje de los memes, que fue el rasgo retórico inconfundible del bolsonarismo.

El meme bolsonarista funciona suspendiendo la distinción entre discurso constatativo y discurso performativo. En los análisis lingüísticos tradicionales, estamos acostumbrados a diferenciar cuál es la modulación constatativa del discurso, que tiene lugar cada vez que se afirma algo sobre el mundo (“esta tabla es amarilla”), y cuál es la modulación performativa, que ocurre cada vez que el discurso realiza o intenta realizar una acción en el mundo (“¡Los declaro marido y mujer” o “¡Vayan, Corintios!”). La reiterada confusión entre los planos constatativos (en el cual es posible decir que una afirmación es “falsa”) y el performativo (en el cual es inofensivo hacer la distinción entre falso y verdadero) ha llevado a periodistas, agencias de verificación y profesionales de las ciencias sociales a la estupefacción y la impotencia. En un trabajo de Agencia Lupa a partir del levantamiento de una encuesta realizada en la USP y en la UFMG constató que solo 4 de las 50 imágenes más compartidas en los 347 grupos bolsonarista de WhatsApp eran verdaderas. Es conmovedor el esfuerzo que hacen de los profesionales para catalogar las imágenes entre “falsas”, “verdaderas”, “verdaderas, pero fuera de contexto”, “exageradas”, “sátiras y, por lo tanto, sin posibilidad de verificación”, “asociadas a un texto subjetivo y, por lo tanto, sin posibilidad de verificación” o ” insostenibles”. Toda una lista borgeana de singularidades imposibles.

El loable esfuerzo por corregir las falsificaciones traficadas en memes se enfrenta a su propia impotencia, no solo debido a la vertiginosa velocidad de la circulación digital, mucho mayor que la capacidad de investigación de cualquier agencia, sino también por el visible derretimiento de sus propias categorías de periodismo de verificación. Las etiquetas no dicen nada sobre cómo operan los memes bolsonaristas ni por qué funcionaron en las elecciones. De las ocho imágenes más compartidas en el universo de la encuesta, solo una es estrictamente falsa, un montaje de Dilma joven junto al recientemente victorioso Fidel (combinación imposible, ya que Dilma tenía 11 años cuando triunfó la Revolución Cubana). Las otras son fotos reales, como la que mostró al joven Aécio almorzando con Fidel durante su visita a Brasil (pero que se nos presentaba como el “alumno socialista comunista” del líder cubano tan pronto como fue acusado en Lava Jato) o el que retrató a Lula y FHC compartiendo una bebida a fines de la década del 1970 (pero se nos presentaban como autores de una conspiración para implantar el socialismo en Brasil). En este contexto, “corregir” el meme recordando que Aécio nunca fue un discípulo comunista de Fidel y que Lula y el FHC nunca conspiraron juntos para implantar el socialismo en Brasil, resulta absolutamente inocuo e impotente, al menos hasta que se describan las condiciones de posibilidad para que aquellas combinaciones particulares de texto e imagen funcionen.

Sería una pena que los análisis sobre el bolsonarismo se aferraran al equivalente norteamericano de la “interferencia rusa!”, una muleta con la que gran parte del periodismo y del establishmient demócrata enmascaran su incapacidad para predecir el fracaso de Hillary Clinton contra Donald Trump. El equivalente brasileño sería la muleta “¡tiroteos masivos y fraude de WhatsApp!”, Un fenómeno que realmente ocurrió y que sigue siendo investigando, pero que pasa por una explicación más larga sobre la victoria de Bolsonaro. Desde WhatsApp, el bolsonarismo construyó una red de sociabilidad, un vasto universo de compromiso popular forjado en lazos familiares, religiosos y de barrio. Que la consecuencia de esto haya sido la elección de una coalición fascista catastrófica para el país no hace que el hecho sea menos cierto.

En este contexto, al comprender estas redes de sociabilidad bolsonarista, es importante eliminar el origen y la autoría de los propios memes de WhatsApp: las piezas se transmiten porque provienen del Sr. João de la panadería, de la tía María, del pastor. Como esas son personas que nunca te mintieron y nunca te engañarán, el meme tiene el sello de confiabilidad del último sujeto que lo re envió. El meme no solo está validado por los lazos de confianza entre los sujetos, sino que refuerza estos lazos, porque junto con lo que convencionalmente se llama fake news, en estos grupos también circularon consignas de autoayuda y espíritu emprendedor, mensajes religiosos, pequeñas piezas de conocimiento popular, trucos, recetas, mandingas y mucho, mucho trolling puramente cómico, del género payasadas de Internet, especialmente en videos y memes. En el caso de que un meme traiga información falsa, se espera que sea perdonado, porque después de todo, el amigo, el vecino o el familiar “simplemente lo estaba reenviando”, igual que como reenvió miles de otras cosas útiles y positivas. Además, si el picoteo en la boca del niño no ocurrió en el gay parade de São Paulo, como decía el meme, sino en el desfile gay en Nueva York, ¿qué importa? podría haber sido en São Paulo. De hecho, es mejor que te avisemos ahora para que no llegues a São Paulo. En este ecosistema discursivo, es ridículo tratar de entender lo que sucede sin un análisis estrictamente retórico, es decir, que suspenda las categorías de “verdadero” o “falso” e investigue la producción de sentido. Sin un poco de refinamiento en el análisis discursivo, es probable que buena parte de la bibliografía de las ciencias sociales continúe dándole vueltas a la pregunta implícita: “¿cómo es posible que estos burros crean esto?”

Es una tarea relativamente simple llevar a un público universitario de izquierda a una risa cómplice a través de una etnografía selectiva de los grupos bolsonaristas de WhatsApp que reúna solo las piezas más escandalosamente falsas y caricaturescas, como la célebre fake news en la que el Municipio de Fernando Haddad, en São Paulo, habría proporcionado mamaderas con forma de pene en las guarderías. Este tipo de etnografía que no tiene una perspectiva antropológica sino entomológica, de aquellos que analizan un insecto exótico, ha prevalecido en los estudios del bolsonarismo. La propuesta aquí es un poco diferente: suspender el desenmascaramiento de las fake news, captar el discurso en el momento de su constitución, mapear sus condiciones de posibilidad y explicar por qué esa retórica, con esas combinaciones particulares entre textos e imágenes, funcionó para producir esos efectos particulares.

Como hemos visto, en todos sus giros principales, el bolsonarismo extrajo sus marcos retóricos del lulismo, los llenó con el contenido de la extrema derecha y los reinstaló dentro de un sistema discursivo basado en el puro fomento del antagonismo a tiempo completo. Para el bolsonarismo, el tira y afloja siempre ha sido una necesidad formal, existencial, la respiración diaria básica del bloque. Aquí viene el constante reclamo del PT de que la prensa habría tratado al lulismo y al bolsonarismo como si fueran extremos equidistantes de un supuesto centro. Tanto en la representación de sectores de la prensa como en el reclamo del PT, hay, a mi modo de ver, una confusión esencial entre las nociones de polo y extremo. Es innegable que el bolsonarismo surge, se nutre, se alimenta y se reproduce a partir de una polarización con el lulismo. Es por eso también que ella nace, incluso. Esta es la demanda que le da vida, es la respuesta a esta demanda lo que le permite ser lo que es. Los manifestantes que abrazaron a Bolsonaro el 13/03/2016 ya buscaban un antipetista no tucán y pedemebista a quien abrazar desde el 15/03/2015. Responder a una demanda antipetista hizo elegible a Bolsonaro. Quien sólo comenzó a tener voz propia en la escena política cuando expresó la poderosa demanda antipetista que surgió de las calles, y que es muy anterior al momento en que se ella misma se volvió relevante. Es decir, el antipetismo fue una demanda que existió en el vacío durante algún tiempo.

El bolsonarismo nació y existe dentro de esta polarización, como una expresión del antipetismo, pero esto no hace que el lulismo sea un extremo equidistante del centro en relación con el extremo bolsonarista, ya que polo y extremo no son sinónimos. Solo el bolsonarismo toma la forma de un extremismo que representa una amenaza permanente para las instituciones de la democracia. La tesis que propongo, por lo tanto, es que este extremismo se ha apoderado de un tercio de la población porque apareció como una alternativa para expresar antagonismos reprimidos en la sociedad brasileña. Que la respuesta a esta demanda real se haya articulado en una coalición fascista es una catástrofe que la sociedad civil brasileña debe tratar de revertir.