CAJA DE HERRAMIENTAS

En esta caja expondremos a modo de catálogo objetos útiles para el trabajo. Constelación de herramientas teóricas en construcción colectiva.

Compartimos con ustedes, un ensayo de Fernando Escobar.

Es profesor de filosofía por la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación y magíster en Pensamiento Contemporáneo del Instituto de Filosofía de la Universidad Diego Portales.

Sus intereses investigativos se han concentrado principalmente en explorar las relaciones existentes entre materialidad y nacimiento de la subjetividad en el proyecto filosófico de Emmanuel Levinas, teniendo como horizonte problemático el fenómeno de la Responsabilidad. Actualmente intenta rastrear posibles cruces y accesos problemáticos entre la filosofía de la tecnología y el nuevo realismo, intentando pensar las relaciones existentes entre la IA y la contingencia.

LAS POSIBILIDADES DE LA TECNOLOGÍA: ¿EL FIN DE LA MORADA?

Levinas, Gagarin y el teletrabajo

En Heidegger, Gagarin et nous, Levinas sostiene una posición que podemos llamar, con muchos reparos, tecnofílica. Identificó en el viaje exploratorio de Yuri Gagarin la posibilidad que la técnica abre, desde un análisis fenomenológico-ético, en la filosofía del lugar y el ser. Para Levinas, una de las fuentes de la violencia radical (por llamarla de algún modo) es el fenómeno de la pertenencia, aquella constitución del sujeto desde el anclaje a su suelo. En este sentido, el texto señalado, que data de 1961, se alza como una crítica (una vez más) a los planteamientos del Heidegger tardío, quien ve en el habitar “la manera en que los hombres son en la tierra” (Heidegger, 2007, p. 150). En este sentido, Heidegger diferencia entre el mero “alojar” y el habitar; pernoctar de “paso” en una casa es algo pasajero, algo así como un morar sin morar, es decir, sin permanecer ni demorarse en la estadía y, por lo tanto, sin apropiarse en ella y de ella. Dicho de otro modo, en el “mero alojar” no está implicado el ser del hombre porque no construye su morada en la tierra.

Esta exposición somera (muy pobre por lo demás) del planteamiento heideggeriano es el que Levinas hace frente a la luz del viaje del cosmonauta soviético. Posición tecnofílica que al fin y al cabo invita a repensar el fenómeno de la morada, más aún ahora, situados en un contexto de revolución tecnológica y de confinamiento sanitario ¿qué implicancias se juegan para la morada en el estado de cosas recién nombradas?

Contrariamente a la posición de Levinas, el planteamiento heideggeriano sería, por llamarlo de algún modo, tecnofóbico; rechaza a la técnica por ser un pensar calculador, que olvida al ser y que no está implicado en la construcción del habitar del hombre. En este sentido, la técnica es un saber que nos hace olvidar el mundo, pues, está referida a la aplicación y la productividad; en ella, estaríamos siempre rodeados de objetos. En conclusión, desde el argumento heideggeriano podemos decir que la técnica amenaza a la identidad; siendo esto último algo muy bueno para Levinas, aunque muy problemático para Heidegger.

Cabe resaltar que el pensamiento del habitar es para Levinas uno de los fenómenos implicados en la violencia dirigida hacia el Otro, hacia la alteridad que viene de afuera del lugar elegido para construir la morada. Y es en este sentido cómo la argumentación levinasiana construye su posición tecnofílica y antiheideggiariana; dirigiendo sus fichas únicamente hacia las consecuencias positivas que la técnica abre en la historia humana: la posibilidad de coexistir en la distancia y en los afueras: “Desde esta perspectiva, la técnica es menos peligrosa que los genios del Lugar.” (Levinas, 1976, p. 325).

La hipótesis levinasiana sobre la técnica puede enunciarse así: la técnica y, por ende, la tecnología (que en este ensayo tomamos como equivalentes, aunque desde la filosofía de la tecnología debemos ser cuidadosos de mezclar indistintamente ambos fenómenos), han permitido al hombre abandonar la tierra y nos han mostrado, Gagarin mediante, el desarraigo fundamental de la condición humana. En efecto, el viaje exploratorio nos muestra que no hay un lugar propio.

                            Lo admirable en la hazaña de Gagarin no es su magnífico número de Luna Park que impresiona a la multitud; tampoco lo es la performance deportiva realizada al llegar más lejos que los otros, batiendo todos los récords de altura y velocidad. Más importante que todo eso es la apertura probable a nuevos conocimientos y a nuevas posibilidades técnicas, son el coraje y las virtudes de Gagarin, es la ciencia que ha hecho posible la hazaña y todo lo que todo esto a su vez presupone en términos de espíritu de sacrificio y de abnegación. Pero quizás lo que cuenta por encima de todo es el hecho de haber abandonado el Lugar. Por una hora, un hombre ha existido fuera de todo horizonte -todo era cielo alrededor suyo o, más exactamente, todo era espacio geométrico. Un hombre existió́ en lo absoluto del espacio homogéneo. (Levinas, 1976, p. 326)

Esta hipótesis contenida en el pequeño texto de 1961 se comienza a esbozar implícitamente desde 1934, con la publicación del artículo titulado Algunas Reflexiones sobre la filosofía del hitlerismo, texto que creo, es piedra fundamental de todo el desarrollo posterior del proyecto filosófico levinasiano. En este artículo, Levinas no habla ni desarrolla explícitamente una filosofía del Otro, este último aparece por vez primera, como concepto o fenómeno filosófico central de su pensamiento, en la conferencia del Tiempo y el Otro (1947-48). En cambio, en el texto del 34, Levinas esbozará una fenomenología del antisemitismo desde lo que él llama “un despertar de sentimientos elementales” (Levinas, 2006, p.7), es decir, una disposición de los alemanes a encarnar un espíritu y un ser arraigado en la sangre, la tierra y la autoctonía. Sin embargo, no es sino hasta el mismo 1961, con la aparición de su primera obra “mayor”, Totalidad e Infinito, que la filosofía de la alteridad encuentra su primer desarrollo detallado en Levinas. Es en este trabajo donde describe los fenómenos involucrados en la filosofía de la excedencia, es decir, una filosofía que intenta describir el nacimiento de la subjetividad en el encuentro cara-a-cara, un nacimiento que es salida del ser, una llegada desde el infinito mediante el  Autrui (Otro).

Dentro de esta “lógica descriptiva”, Levinas le asigna a los fenómenos de la habitación y la morada un rol importante, pues no puede acontecer la llegada del Otro si no hay el yo que es penetrado por esa exterioridad, si no existe una mismidad que es alterada en su entrada en posesión. La morada, por lo tanto, es la condición que tenemos de recuperarnos, de entrar en posesión de sí cada vez que volvemos de la jornada de trabajo, por decirlo de algún modo. Es por ello que, para Levinas, la casa o la habitación no es solamente el techo que contiene el mundo usual de cada uno, ni tampoco el lugar donde se construye nuestro habitar el ser, sino más bien, es el instante de recogimiento posibilitado por el afuera absoluto. Dicho de otro modo, en la morada no construimos ser, al contrario, somos puestos por la exterioridad del ser en el ser. Estamos en el ser, pero entramos en posesión de sí mismos porque habitamos el ser alteradamente; y es este el modo que emplea Levinas para describir el posicionamiento de la mismidad o el nacimiento del sujeto. No podemos decir que hay sujeto y mismidad si estos no son expulsados de su terruño, pero debemos entender la expulsión como un retroceso, una especie de retrocedencia, una expulsión en llegada, un recogimiento en la expulsión misma. Por lo tanto, la morada es el sujeto puesto en lo de sí por el afuera absoluto que es el Otro.

Levinas, y esta es la hipótesis de este ensayo, ve en la hazaña de Gagarin la muestra del fin del lugar como fundamento del ser del hombre, pues este último sale -tecnológica y técnicamente mediante- al espacio absoluto y homogéneo y, por lo tanto, en ese acontecimiento espacial, a Gagarin no le queda más que volver a su morada; Gagarin regresa desarraigado. Sin embargo, la hipótesis Levinasiana es válida en 1961, pues hoy en día, pandemia mediante, el capital está tecnológicamente terminando con la morada. Los fenómenos “tele”, y especialmente el teletrabajo, transforman a la morada en una casa que ni siquiera sirve como refugio para dormir, más bien es transformada en un refugio para la producción. En este sentido, habitaremos en una morada que no es intimidad, puesto que estamos situados en un lugar que no nos permite entrar en posesión porque no hay posibilidad de salida ni recogimiento. El teletrabajo abre la consumación del trabajo total, o la fábrica total, un habitar que es movido por la producción absoluta que borra cualquier atisbo de mismidad (ni heideggerianamente ni levinasianamente, creo). En otras palabras, si Levinas logró ver en la técnica la promesa del fin del lugar y la posibilidad del desarraigo absoluto, esa buena promesa contenía una maldad radical, imposible de mostrarse en la década del sesenta, seamos justos: El fin de cualquier posibilidad de entrada en posesión de sí mismo y de relación con el Otro como condición de posibilidad de la pura ganancia. Al parecer, este sería el último golpe y asalto del capital para  su sobrevivencia.

Por consiguiente, y según lo expuesto hasta ahora, podemos afirmar que el virus no es un problema ético y político en sí mismo, siempre hemos padecido pandemias (unas más catastróficas que otras), sino la configuración económica-política posterior al control de la enfermedad. Llevamos muchas décadas escuchando y padeciendo el supuesto axiomático capitalista: elevar el derecho de propiedad privada a un nivel casi natural. La tesis clásica del liberalismo sirve de sustento metafísico e ideológico para la explotación del capital, sin embargo, hemos pasado por alto que aquella explotación se sostiene en una especie de esfuerzo por terminar con la propiedad para, de este modo, asegurar la ganancia total. Y ahora, pandemia mediante, y sacando sus propias conclusiones, el capital y su revolución informática aprovechan el estado de cosas actual (la vida en peligro a nivel planetario y una necesidad absoluta por desear el confinamiento domiciliario; muy necesario desde la lógica sanitaria) para consumar  el fin de la propiedad privada, el fin del misterio y el gasto que lo íntimo puede alardear.

El teletrabajo, lo “tele” en general, nos reconfiguran la propiedad y nuestra relación con la exterioridad, pues, al suprimir la morada perdemos nuestra entrada en posesión y se nos clausura el acceso de la exterioridad absoluta que es la condición de posibilidad del recogimiento; el capital nos está dejando en una especie de dimensión que no es ninguna de las dos categorías recién señaladas, ni lugar propio ni recogimiento, por lo tanto ¿cómo habitaremos en un mundo sin propiedad ni exterioridad? ¿estaremos entonces obligados a disputar la morada o a repensarla? Porque estar encerrados por miedo a perder la vida y transidos durante el confinamiento por la explotación no es equivalente a estar recogidos ni desarraigados. El encierro actual es un entre-neutro, un elemento dispuesto para ser apropiado, y en esto el capital ya nos sacó ventajas, tele instalando una apropiación de la desapropiación de nuestro refugio; clausurando el tiempo que nos sitúa en lo de sí porque la productividad total niega el afuera, es decir, en el confinamiento “permanecemos sin experiencia” (Anders, 2011 p.120).  En resumidas cuentas, quizás lo que está en juego no es primeramente la morada, sino el tiempo mismo del trabajo. En este sentido, Levinas afirma:

<1> Existe un tiempo calcado del espacio. Es el tiempo del trabajo. Se mide por el intervalo que hay que recorrer para coger. (2013, p. 73)

Sin embargo, creo que esa definición es propia de la temporalidad del trabajo de ayer, porque el trabajo de hoy se está instalando en nuestras vidas desde una temporalidad que no se construye desde el recorrido, puesto que no hay un afuera de la apropiación. Y esta imposibilidad del recorrido nos obliga a repensar el refugio en cuanto no escapa al tiempo absoluto de la productividad. En otras palabras, repensar la morada es una forma (entre otras) de repensar el tiempo.

Referencias.

Anders, G.  (2011). La obsolescencia del hombre. Valencia: Pre-textos.

Heidegger, M. (2007). Construir habitar pensar. In M. Heidegger, Ciencia y Técnica, Santiago.

Lévinas, E., & Abensour, M. (2006). Algunas reflexiones sobre la filosofía del hitlerismo. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Lévinas, E. (1976). Difficile Liberté. Paris: A. Michel.

Levinas, E.  (2013). Escritos Inéditos 1. Madrid: Trotta.