CUARENTENA

Para este número de confinamiento, traemos un ensayo de Karin Astudillo Sánchez, quien es egresada de Licenciatura en Filosofía, Bachiller en Humanidades de la Universidad Alberto Hurtado, y diplomada en Filosofía e Infancia de la Universidad de Chile. Profesora de escuela, artista e investigadora.  Su trabajo gira en torno a la hibridación disciplinar entre arte, filosofía y ciencia; las prácticas bioartísticas y las formas de vida en la filosofía de Ludwig Wittgenstein. Esta línea le ha llevado a exponer su trabajo en diversos centros como Elisava, Universidad de Barcelona, FabLab-Barcelona, FabLab-U. de Chile, Universidad Alberto Hurtado, Universidad de los Andes, Museo de Arte Contemporáneo de Santiago, Universidad de Concepción o Universidad de Chile. Ha colaborado con distintas instituciones relativas a la educación, la filosofía, la ecología y el arte, tales como, CIFICH, Fundación Educacional Collahuasi, REPROFICH y Fundación Punta de Lobos. Ha exhibido su obra en diversas plataformas de arte contemporáneo, entre ellas el Museo de Arte contemporáneo de Santiago, la Bienal de Artes Mediales de Santiago, Galeria Atelier Güell en Barcelona (España) y festival Ars Electronica 2019 en Linz (Austria)..

Sobre la apertura de la noción de filosofía en el segundo Wittgenstein.

¿Una teoría en Wittgenstein? Carla Cordua, a modo de entrada al pensamiento del autor, nos comenta en tono radical que las declaraciones de Wittgenstein sobre su propia actividad filosófica excluyen de plano que tal actividad pueda redundar en una teoría (Cordua, 2013: 17) y si bien existen antecedentes en sus Notes on Logic (1913) o en la Conferencia sobre ética (1930) donde el filósofo usa la palabra ‘teoría’ para hablar de su pensamiento o de la diferencia de la lógica con la ética, las ocasiones en que el filósofo se refiere a sí mismo como teórico desaparecen en los primeros años de la década de los 30 para no retornar (2013: 17) Esto, si bien puede ser leído en un sentido negativo donde prevalece el distanciamiento respecto a los paradigmas de la época y su representación en los métodos de la ciencia, propone alternativamente una nutritiva ramificación interpretativa en cuanto a las clasificaciones posibles de su filosofía. De esto se vale la gran cantidad de literatura secundaria que ha comparado o relacionado su obra con autores tan diversos como Frege, Nietzsche, Kant, Heidegger o, incluso, Marx. Este umbral de significados o conexiones posibles desde el autor se encuentra muchas veces respaldado por un estilo narrativo incuestionablemente críptico y aforístico, el que caracterizó tanto la época del Tractatus como a la de Investigaciones. 

Esto que podríamos limitar a una cuestión de estilo, tras considerar una revisión de contenidos sobre su segunda etapa nos permitirá observar que el segundo Wittgenstein no solo da cuentas sobre un juego filosófico correctivo o de destrucción de cualquier pretensión cientificista bajo la forma de teoría, sino también de una perspectiva de su propia filosofía que, sin afirmarla, pero sí ejerciéndola, entrega las primeras pistas para comprometer a Wittgenstein con un pluralismo filosófico.

Se podría decir que, mientras Wittgenstein aleja a la filosofía de la ciencia, adopta una revisión de sus propios juicios filosóficos a partir de la rivalidad con otros marcos interpretativos y adoptará los imaginarios, métodos y posibilidades de disciplinas que tradicionalmente se han considerado como opuestas al paradigma científico; por ejemplo, elarte, la música o la poesía. Mediante el uso de elementos narrativos diversos, tales como la metáfora, la analogía o la parábola, desenvueltos en un sinfín de ejercicios hipotéticos, demostrará, por una parte, los límites de la lógica como garante racional de la verdad admitiendo verdades no proposicionales; por ejemplo, verdades que no fueran establecidas por su relación  con los hechos pero que tuvieran una función específica dentro de un sistema o verdades ajenas al dominio de la ciencia (Miras, 2009: 78); y, por otra, el posicionamiento de la actividad de la imaginación como un elemento motor para su filosofía tardía.

Esto no quiere decir que Wittgenstein deba ser entendido como un anticientífico, sino que no aceptó la reducción de todo lo que se pueda decir sobre el mundo a una sola versión, a decir, la versión de la ciencia. La apertura que nos demostrará en cuanto forma y contenido, considerando su prosa y método, nos permitirá acercar inicialmente al segundo Wittgenstein con un pluralismo nacido en el seno del giro lingüístico del siglo XX.

1.1 La diferencia entre filosofía y ciencia.

¿Cuál será la necesidad de explicar a Wittgenstein poniendo en relación su pensamiento con el de otras disciplinas? Esta pregunta cuenta con más de una respuesta y estas no se encuentran necesariamente limitadas a cuestiones filosóficas. Algunos antecedentes se pueden encontrar desde un enfoque netamente biográfico: con formación inicial en Ingeniería Aeronáutica, Ludwig Wittgenstein comienza su trayectoria filosófica en Inglaterra interesado por la filosofía de la matemática, encontrando la cercanía de reconocidos lógicos como Russell, Moore o Frege. Es en este contexto donde se publica el Tractatus Lógico-Philosophicus, (1922) el que se da a conocer por: pretender bifurcar desde la lógica del lenguaje aquello de lo que se puede hablar con sentido respecto de aquello sobre lo que el lenguaje debe callar; diferenciar lo verdadero de lo falso a través de la figuración del estado de cosas o hechos posibles del mundo; defender la posibilidad de hablar con sentido respecto a la realidad y, por extensión, lo que parecería una apología de la ciencia y la teoría, una analogía del proceder científico en la búsqueda de las partículas elementales del lenguaje.

En estas antiguas circunstancias se enmarca lo que conocemos como el primer Wittgenstein, el autor del Tractatus, que posteriormente a su publicación abandonó la filosofía para convertirse en maestro de primaria en un pueblo austriaco (Fann, 1969: 61) -veremos cómo este momento es crucial para la transición de su postura frente a la teoría-, para retornar a Cambridge el año 1929 y desarrollar ahí no solo la dirección de su futuro pensamiento, sino la mutación de objetivos y supuestos filosóficos, lo que se conoce como el segundo Wittgenstein, el autor de las Investigaciones Filosóficas.

Este último periodo, donde abandona la explicación sobre cómo el lenguaje puede referirse al mundo y describirlo, constituye un primer gesto de renuncia por hacer de la filosofía un conjunto de reglas, observaciones o conocimientos que le son más propios a la ciencia o la teoría que a la filosofía. La crítica del Tractatus lo conduce paulatinamente a la convicción de que el libro en su conjunto es el producto del proyecto pseudocientífico de explicar el lenguaje, la forma universal de la proposición, y otros asuntos afines: esto es, el producto de la confusión de la filosofía con la ciencia que rechazará luego (Cordua, 2013: 18). En el segundo Wittgenstein vemos no solo la distancia declarada con el método científico y las pretensiones epistemológicas de los lógicos matemáticos, sino también el continuo contraste entre filosofía y ciencia, el que Wittgenstein desarrolla con el propósito de fijar los caracteres respectivos de las dos formas modernas de la investigación, las que comprometen importantes diferencias: el proceso de la investigación científica parte de la ignorancia y acaba en el descubrimiento. La filosofía, en cambio, se inicia en la ilusión, en el error y la confusión, no en la ignorancia (2013: 216).

1.2 Una investigación desde la metáfora

Uno de los aspectos más característicos del estilo narrativo de Wittgenstein, es el uso de chistes, metáforas, e incluso parábolas. Para efectos de una lectura de las investigaciones filosóficas con el ánimo de encauzar algunos conceptos en un sentido más propio del autor, se hace necesario dar énfasis al uso de la metáfora como artefacto de significación.

Distanciándose de la noción inicial de que un concepto vago no es un concepto, y con esto dejando atrás un pasado fregeano, Wittgenstein utiliza metáforas como la de la fotografía borrosa (IF 71) o la del hombre encerrado en la habitación con la puerta abierta (IF 99):

“Puede decirse que el concepto de ‘juego’ es un concepto de bordes borrosos. ¿Pero es un concepto borroso en absoluto un concepto? ¿Es una fotografía difusa en absoluto una figura de una persona? Sí; ¿puede siempre reemplazarse con ventaja una figura difusa por una nítida? ¿No es a menudo la difusa lo que justamente necesitamos?” (IF 71)

“Eso es como: un límite borroso no es en realidad absolutamente ningún límite. Quizás aquí se piense así: si digo “he encerrado al hombre firmemente en la habitación –solo ha quedado abierta una puerta- entonces sencillamente no lo he encerrado en absoluto. Está sólo aparentemente cerrado. Estaríamos aquí inclinados a decir: “así es que no has hecho nada en absoluto”. Una cerca que tiene una abertura es tan buena como ninguna. ¿Pero es verdad eso?” (IF, 99).

El lenguaje no se ajusta a nuestros requisitos a priori. Las imprecisiones del lenguaje no invalidan su función, muchas veces de esa imprecisión o vaguedad de las palabras es que se constituye su significado y asertividad. Para Wittgenstein, la filosofía es puramente descriptiva y su dificultad estriba en no decir más de lo que sabemos (CAM, 78). El propósito de ella es la claridad, la comprensión clara de lo que, sin esfuerzo especial, quedaría sumido para el filósofo en la confusión y la oscuridad habituales (Cordua, 2013: 215).

¿Pero de dónde se origina este conflicto al que se enfrenta la filosofía? Según Wittgenstein los problemas filosóficos surgen cuando el lenguaje hace fiesta (IF, 38), lo que se expresa en nuestros modos de hablar y las metáforas implicadas en nuestra forma de investigar. Por ejemplo, podríamos identificar muchas veces el trabajo de indagación filosófica con la imagen de la excavación arqueológica: un vicio recurrente entre quienes se dedican a la clarificación de conceptos en la materia y se encuentran amparados en la metáfora fundamentalista. El interés por los conceptos “más fundamentales”, además de un ejercicio argumentativamente tentador, resulta una meta ineludible para la apropiación de los contenidos y la experticia que todo investigar busca adquirir. Con esta imagen de la indagación como excavación, el objetivo de todo investigador(a) en filosofía será llegar a la piedra de fondo, y de este modo dar pie a la discusión posterior en torno a su naturaleza; frecuentemente atómica e inerte. Incluso esta imagen puede ser extraída de manera literal del §217 de Investigaciones Filosóficas, donde dice:

Si he agotado los fundamentos he llegado a roca dura y mi pala se retuerce. Estoy entonces inclinado a decir: ‘Así simplemente es como actúo’” (IF, 217)

Interpretado de forma literal, pareciera que Wittgenstein está validando la imagen de la investigación como un ejercicio lineal que encuentra su límite en algún fundamento último. Sin embargo, el mismo apartado nos recuerda que:

Requerimos explicaciones no por su contenido, sino por la forma de la explicación. Nuestro requisito es arquitectónico; la explicación, una suerte de falsa moldura que nada soporta” (IF 217).

¿Pero, si no fue este el modo de investigación que caracterizó a Wittgenstein, existe alguna justificación para legar su obra a una imagen de la investigación que él mismo cuestionó?  ¿Cuál es entonces la figura mental que se desprende de esta idea de la piedra de fondo? Es la imagen de un significado fundacional rígido y estático que toma la forma por el contenido.

Podríamos decirlo así: eliminamos malentendidos haciendo más precisas nuestras expresiones; pero en este caso puede parecer como si nos moviéramos hacia un estado especial, el estado de precisión total; como si esto fuera el objetivo real de nuestra investigación (IF 91). Esto es, intentar “revelar” la esencia oculta del lenguaje, algo unívoco que yacería bajo la superficie, olvidando que lo hacemos con el lenguaje ya operando.

En contraste, la metáfora tiene un sentido abierto, más que un cálculo o una regla de significado, corresponde a un juego simbólico que despliega figuras visuales. Wittgenstein, que tiende a explicarse buscando la claridad sinóptica (…) a menudo induce en el lector una representación visual de conceptos no visuales. El problema de esta interpretación espacial es que nos distrae de lo principal, esto es, el jugar mismo como práctica establecida (Cordua, 2013: 324) Las metáforas con sentido dan significado a lo puesto en relación. Sin embargo, una causa principal de las enfermedades filosóficas es nutrir el pensamiento con solo un tipo de ejemplos (IF, 593)

1.3 Una narrativa desde los contextos

Lo simple y lo complejo son términos relativos. Así lo demuestra el autor con otras metáforas como la escoba (IF, 60), la silla (IF, 47), el tablero de ajedrez (IF, 47) o la solidez y el vacío en el caso de los científicos divulgadores. En esta última, como menciona en sus Cuadernos Azul y Marrón, dice que: “nos han dicho que el suelo sobre el que estamos no es sólido, como le parece al sentido común, ya que se ha descubierto que la madera consta de partículas que llenan el espacio tan holgadamente que casi se le puede llamar vacío”. (CAM, 79). Este ejemplo es tratado además por Wittgenstein como una especie de parábola, la cual ilustra la dificultad en la que nos encontramos para definir nuestras bases, aparentemente firmes y de confianza, como más bien pantanosas e inseguras. Una incertidumbre propia del filosofar que desaparecería inmediatamente cuando volvemos a la posición del sentido común.

Aquí, el punto está en preguntarse si acaso la realidad y sus cosas pueden ser explicadas en términos opuestos como el de lo simple y lo compuesto. Por otra parte, mediante el ejemplo de la silla, donde cuestiona las partes constituyentes simples de ésta, preguntando sobre “¿los trozos de madera con los que está ensamblada? ¿o las moléculas o los átomos? (donde lo) «Simple» quiere decir: no compuesto (IF, 47). Demuestra el rechazo al sentido de la pregunta por lo simple, y posteriormente a la pregunta por lo compuesto, haciéndolo depender al uso peculiar de la palabra.

Así, Wittgenstein, en vez de cerrar la pregunta con respuestas, arroja sus posibilidades al infinito, afirmando incluso en el mismo caso sobre lo compuesto, que la respuesta correcta es: “Depende de lo que usted considere ‘compuesto’” “(Y esto, por supuesto, no es una respuesta, sino el rechazo de una pregunta)” (IF, 47). En esta dependencia de la palabra con el significado, adquiere relevancia la intención del agente que indaga sobre esta relación. Como dice Carla Cordua, “el significado de una palabra o frase, depende de que ellas tengan una relación con otras palabras y frases, y con una situación que haga las veces de trasfondo, de circunstancia para la expresión” (Certeza, §350), arguyendo que “lo que significa algo tiene su significado mediante una articulación con cierto contexto y adquirirá otro en un contexto diferente” (Cordua, 2013: 464).

En este sentido, la pesquisa de una respuesta emerge solo tras el sentido de la pregunta. La clarificación del sentido está condicionada por la existencia de una relación interna entre significados y sus contextos.

Aquí se revela otra distancia entre la investigación científica y la filosófica, mientras la primera indaga sobre la naturaleza de las cosas, la filosofía indaga sobre sus relaciones.

¿Qué evita Wittgenstein a lo largo de su narrativa? Significar de manera simple, afirmar la existencia de proposiciones elementales y la noción de un análisis último respecto al lenguaje. El análisis ya no es el método filosófico fundamental. En otra parte ridiculiza a los filósofos analíticos, como alguien que intenta encontrar a la auténtica alcachofa arrancándole, una a una, sus hojas (IF, 164)

Incluso va más allá, acusando que este impulso metodológico que determina la visión del filósofo encuentra sus orígenes en la actitud despectiva hacia el caso particular, buscando asimilarse al método de la ciencia.

“Mas aún, tenemos la tendencia a pensar que tiene que haber algo común, digamos a todos los juegos, y que esta propiedad común es la justificación a que se aplique el término general ’juego’ a los distintos juegos; ya que los juegos forman una familia, cuyos miembros tienen aires de familia” (CAM, 46).

Pero esta noción sobre lo común se confunde con las ansias de generalidad características de los métodos filosóficos. Wittgenstein nos dirá que, los filósofos al tener constantemente ante sus ojos el método de la ciencia, sienten una tentación irresistible a plantear y a contestar las preguntas del mismo modo que lo hace la ciencia. Esta tendencia es la verdadera fuente de la metafísica y lleva al filósofo a la oscuridad más completa (CAM, 47).

1.4 El lenguaje cotidiano como escenario

Uno de los presupuestos básicos del Tractatus es que toda proposición tiene un sentido determinado o definido que puede ser claramente establecido (T. 3.251) Esta exigencia pierde toda vigencia en el contexto de las Investigaciones Filosóficas, y será ahí donde elementos tan particulares del Tractatus mutarán de forma irreversible, porque los objetos del Tractatus, último fundamento que se postula para que podamos hablar sobre el mundo, no son nada hasta que, una vez nombrados, entren en la gran armonía universal tejida por el lenguaje (Aforismos, 1995: 14) Es decir, que el acento que en el primer Wittgenstein recaía tan claramente y bajo el estatuto de fundamento particular entre los objetos y las partículas elementales del lenguaje para dar posibilidad a la significación, se ve alterado por una nueva lógica de relaciones más complejas que involucran el fenómeno humano y las formas del lenguaje cotidiano como herramientas cruciales para su investigación. El lenguaje cotidiano sería para Wittgenstein el escenario y no así los casos aislados: toman relevancia las fluctuaciones de las expresiones, más que una sola expresión como muestra de estudio o de representación del mundo.

No es casual que lo que entendemos como el segundo Wittgenstein ha sido el resultado tras su trabajo docente en escuelas rurales o en sus cátedras en Cambridge. La investigación puesta en acción entre distintos actores que entretejen un diálogo de indagación, el protagonismo de ciertas habilidades del pensamiento, como la descripción por sobre la explicación, un estilo filosófico de diálogo contrariado donde el modo de plantear las preguntas y de intervenir en ellas implican un constante vaivén entre el objeto de estudio y la subjetividad de quien interpela.

Estos formatos de diálogo se confrontan al formato solipcista de la reflexión filosófica escrita. En el caso de una cátedra, el investigador realiza preguntas predefinidas, considerando una apertura hacia preguntas adicionales para dar seguimiento así a los detalles en las respuestas de los estudiantes. Esta técnica de recolección de objeciones no versa tan sólo en la recolección de puntos de vista, sino también en la expresión de estos mismos, y se debe considerar la suficiente apertura de la pregunta para cumplir con el objetivo de integración. Por otro lado, el formato de una indagación en una cátedra se caracteriza por su alto grado de espontaneidad. Lo que implica que la generación de preguntas esté determinada por el contexto y el enfoque de los participantes, como se deja ver en los textos de Wittgenstein.  La fuerza de este tipo de enfoque es que permite al investigador evaluar sus conocimientos preliminares sobre el tema a investigar, sin dejar de ser sensible a las condiciones que permiten el robustecimiento de su conocimiento, esto es, la interacción humana que esta actividad implica. En este sentido, cabe destacar que se trata de una línea de investigación que surge posteriormente a su experiencia como profesor de escuela rural. Según Joaquín Jareño Alarcón, en el contexto de la reforma educacional de Otto Glöckel, durante principio de los años 10, Wittgenstein se desarrolló en la actividad pedagógica con el particular interés de trabajar la capacidad cognoscitiva de los alumnos, a partir de preguntas sucesivas dirigidas hacia la solución adecuada. Llegaba a la exposición de conceptos haciéndoles participar en actividades de índole práctica, como la construcción de una máquina a vapor o el diseño de una torre en una pizarra (…) “a enseñar de anatomía montando el esqueleto de un gato, astronomía observando fijamente el cielo de noche, botánica identificando plantas durante caminatas por el campo” (Alarcón, 2003: 120) Este modelo de investigación filosófica que surge y se desarrolla a partir del análisis interactivo del lenguaje cotidiano tomará eco durante los años 70, en el programa de Filosofía para niños propuesto por M. Lipman. Pero lo que nos importa a la luz de este trabajo es mostrar la relación entre este paso pedagógico de Wittgenstein por la Baja Austria con lo que serán los imaginarios más recurrentes de su investigación posterior, esto es, la relevancia que tiene el fenómeno del amaestramiento o aprendizaje del lenguaje y del comportamiento, del uso de palabras, del seguimiento de reglas, de formas y gestos expresivos en una forma de vida (Reguera, 2009), tomando como referencia el cómo aprenden el uso del lenguaje los niños o hipotéticos alumnos (IF, 144, 145, 146)

1.5 ¿Una filosofía Wittgensteniana?

¿Hacia dónde apunta el horizonte de la filosofía de Wittgenstein? Según Hilmy, tras su retorno a la filosofía, al comienzo de la década de los años 30, se puede atribuir a Wittgenstein una “concepción individual (single) del lenguaje como un ‘cálculo / juego / sistema’…” (Hilmy, 1987: 137). Lo que entendido a la luz de la obra de la segunda época se puede entender así:

1) Cálculo: haciendo referencia a cómo se entienden las reglas, un concepto básico en la gramática de los juegos de lenguaje. Lo que caracteriza una actividad humana como juego es que siga reglas concretas y específicas. Siguiendo el glosario ofrecido por Isidoro Reguera, la regla no viene impuesta desde ninguna parte: o bien, o es una hipótesis o proposición de experiencia (referente a hechos del mundo), lo que después de haber sido revalidada muchas veces «se endurece» en un nuevo tipo de juicio o de comportamiento modélico -es decir, en una proposición gramatical (referente a usos de palabras)-, o bien es una mera convención o acuerdos humanos, fundados en la utilidad común (Reguera, 2009) Las reglas entendidas bajo la lógica de un cálculo posibilita que en el lenguaje se toque expectativa y cumplimiento (IF, 445), se haga posible el fenómeno de la comunicación a través de la ejercitación práctica y  experimentación intersubjetiva.

2) Juego: el lenguaje se parece a un juego en tanto que es una actividad con palabras dirigida por reglas, las reglas gramaticales (Reguera, 2009). Lo que caracteriza a un juego es su condición de apertura, lo que siempre está en relación con las leyes naturales (o de acuerdo con ellas) asemeja al lenguaje con el juego en el sentido de que ambos pueden ser inventados (IF, 492) Mediante la analogía del sastre o de los grandes compositores musicales, Wittgenstein nos explica cómo la actividad del juego de lenguaje parte de acuerdo con reglas, un aprendizaje previo de ellas y una  constante práctica dirigida para poder ser levemente cambiadas o variadas según el grado de experticia que se tenga sobre la actividad. La falta de dudas y la condición de certeza espontánea que se adquiere en esta práctica (Certeza, §392, 509, 511, 579), no determina una tecnificación del lenguaje. Haciendo referencia a una objeción de F. P. Ramsey, donde este último le asemeja el lenguaje a una ‘ciencia normativa’, Wittgenstein responde que en filosofía comparamos frecuentemente el uso de una palabra con juegos y cálculos de reglas fijas, pero no podemos decir que quien usa el lenguaje tenga que jugar tal juego (IF, 81) De modo que, haciendo un contraste con la idea del cálculo, se desprende que las reglas de los juegos son menos rígidas y determinantes y están estrechamente ligadas al cambio, a la improvisación y a las iniciativas imprevistas, a la invención de novedades, a interpretaciones divergentes, jugando se nos presenta la posibilidad de variar nuestra actividad, de inventar nuevas reglas, otros juegos (Cordua, 2013: 327).

3) Sistema: el término de sistema además de hacer hincapié en el contextualismo de Wittgenstein, cumple la función de aunar la tensión entre el concepto de cálculo y juego. Como señala Cordua, el significado de una palabra o frase depende de que ellas tengan una relación con otras palabras y frases  y con una situación que hagan las veces “de trasfondo, de circunstancias para la expresión” (Certeza, §350) Se habla de contexto y no de situación, porque no se trata de una relación espacial o externa de los elementos, sino de una relación interna entre el significado y el trasfondo, la que se muestra con claridad solo cuando el contexto la precisa. La posibilidad del sentido o el sinsentido está determinada por el contexto, es así como lo que significa algo tiene su significado mediante su articulación con cierto contexto y adquirirá otro en un contexto diferente (Cordua, 2013: 464). En ese entendido, la filosofía de Wittgenstein busca la descripción de las relaciones entre contexto y lo contextuado, y por ser una relación interna de cosas (conexiones gramaticales, conceptos, palabras o nexos lingüísticos con sentido) se puede calificar bajo la forma de un sistema, pero no un sistema cualquiera, sino un sistema abierto.

En armonía con Cathalifaud & Osorio, un sistema abierto se inspira en una dinámica orgánica, deja atrás la dinámica de una causa externa y se desarrolla mediante un flujo de autocausación. “Se trata de sistemas que importan y procesan elementos (energía, materia, información) de sus ambientes y esta es una característica propia de todos los sistemas vivos. Que un sistema sea abierto significa que establece intercambios permanentes con su ambiente, intercambios que determinan su equilibrio, capacidad reproductiva o continuidad, es decir, su viabilidad” (Cathalifaud & Osorio, 1998). En este sentido, las reglas conocidas y aceptadas por un grupo, que forman el contexto indispensable de los usos significativos de símbolos (Cordua, 2013: 468) puestas en relación con la posibilidad de cambio de costumbres y establecimiento de nuevos procedimientos prácticos que rompan con la regularidad de sus hábitos, dando origen a otra forma de hablar, y sustituyendo sus anteriores reglas de uso por otras, no solo cambiará unos significados por otros (2013, 468), sino también reflejará la noción de totalidad orgánica que posee el lenguaje en la filosofía del segundo Wittgenstein.

Esta triada conceptual propuesta por Hilmy, es explicada por él como “una suerte de ‘relativismo’ lingüístico equivalente a sugerir que los signos poseen significado solo relativamente a juegos de lenguaje, sistemas de comunicación o cálculos lingüísticos, que estos son de hecho una forma de vida constitutiva del significado de los signos” (1987, 145).

Lo que Hilmy llama la concepción del lenguaje de Wittgenstein, toma en consideración una dinámica orgánica de relaciones humanas que, al tener una raíz pre teórica, el actuar humano o una forma de vida determinada, evidencia que no desprecia la relevancia de los hechos. En este sentido, y tomando una distancia de lo concluido por Hilmy, la clasificación de la filosofía de Wittgenstein no puede ser lisa y llanamente un relativismo, sino más cautelosamente, un pluralismo lingüístico, que difiere de un relativismo pero también de un monismo a secas, al reivindicar la variedad de significaciones que se puedan establecer sobre los hechos. Es así como Wittgenstein, abandonando su primera imagen inerte sobre el lenguaje, va mostrando mediante su segundo método, la variedad de sentidos o significados lingüísticos y la dependencia de ellos a sus respectivos contextos.

BIBLIOGRAFÍA

Obras de Wittgenstein

Aforismos       Wittgenstein, L. (1977) Aforismos. Cultura y Valor. Traducido por Elsa Cecilia Frost. Madrid: Espasa Calpe.

CAM               Wittgenstein, L. (2009) Los cuadernos azul y marrón. Traducido por Francisco Gracia Guillén. Madrid: Tecnos.

Certeza            Wittgenstein, L. (Ed.). (1979) Sobre la Certeza. Compilado por G. E. M. Anscombe & G. H. von Wright. Traducido por Josep Lluís Prades y Vicent Raga. Barcelona: Gedisa.

IF                    Wittgenstein, L. (2017) Investigaciones Filosóficas. Traducido Alfonso García Suárez & Carlos Ulises Moulines. Barcelona: Gredos.

T                      Wittgenstein, L. (2017) Tractatus lógico-philosophicus. Traducido por Jacobo Muñoz Veiga e Isidoro Reguera Pérez. Barcelona: Gredos.

Obras de otros autores

Alarcón, J. J. (2003). La educación en Wittgenstein. Daimon Revista Internacional de Filosofia, 30, 117-122.

Cathalifaud, M. A., & Osorio, F. (1998). Introducción a los conceptos básicos de la teoría general de sistemas. Cinta de moebio, (3).

Cordua, C. (2013) Wittgenstein.  Santiago de Chile: Ediciones Universidad Diego Portales.

Fann, K. T. (1992) El concepto de filosofía en Wittgenstein. Traducido por Miguel Angel Beltran. Madrid: Tecnos..

Hilmy, S.S. (1987). El último Wittgenstein: la aparición de un nuevo método filosófico (p. VIII). Oxford: Basil Blackwell.

Miras, N.S. (2009). Wittgenstein y Gadamer: lenguaje, praxis, razón. El problema el

 pluralismo a través de la filosofía del lenguaje. Universitat de Barcelona.

Reguera, I. (2009). Introducción. En Wittgenstein, L. Tractatus lógico philosophicus. Investigaciones filosóficas. (pp. XI -CXXII).Barcelona: Gredos.