ESTATUA

Photo by Yaroslav Danylchenko

En este número de confinamiento repetitivo, el escritor chileno Ignacio Fritz publica con nosotros un cuento inédito.

HITLER TIENE LA CULPA

Cada cual ha de organizar el caos que lleva dentro de sí, para llegar a reflexionar sobre sus auténticas necesidades.

                                                                                 FRIEDRICH NIETZSCHE

El presidente socialista Salvador Allende Gossens había muerto en un suicidio nebuloso mientras el palacio de La Moneda era bombardeado de manera inmisericorde por las Fuerzas Armadas encabezadas por el general Augusto Pinochet Ugarte. V estaba trabajando en el juzgado ese frío martes 11 de septiembre de 1973. Un funcionario se acercó con una pistola y acentuó con voz estridente y perentoria: «Atacan La Moneda. Peleemos, compañero. Es una guerra contra el fascismo». A lo que V contestó: «No es mi guerra ni mi problema. Lo siento».

El nacionalismo alemán de la primera mitad de la centuria del siglo XX circulaba en sus venas: era su emblema insigne, con la clase trabajadora campante, esforzada. De buena laya, su ser y esencia era cuasi «germana», sobre todo cuando oía, atento y exultante, la famosa Novena Sinfonía de Ludwig van Beethoven, cavilando en la «autoafirmación alemana», ante todo al clamar como un lema el íncipit y estribillo Deutschland, Deutschland über alles.

De ahí que V creyera que un punto esencial y axiomático sería también poseer celosamente dos armas en su casa, producto de una inasible «paranoia conspirativa» que lo embargaba, sumada a los edulcorados sueños diurnos donde hubiese preferido formar parte de una Fuerza de Defensa Alemana como la Luftwaffe. Serían, por supuesto, armas de fuego para repeler algún intempestivo «ataque conspirativo» en la casita de Comandante Whiteside 4997 en la comuna de San Miguel.

V era un hombre que se ajustó, erre que erre, al trabajo, a vivir de modo espartano. Medía un metro ochentaicinco y pesaba más de noventa kilos. Macizote como la cordillera del bosque Bávaro. Le gustaba comer sin tasa ni medida, y sabía que eso no era una costumbre espartana. Sus cenas eran opíparas. Comía una hora, por lo bajo. Saboreaba galletas de vino McKay con leche condensada Nestlé, chocolates Sahne-Nuss y postres azucarados como el clásico strudel de manzana del Café Colonia. Era fuerte, imponente; avasallador y locuaz. Cuando ya era juez —en 1980—, le diagnosticaron una diabetes sigilosa. Ahí comenzaron los problemas.

Su señora, L, lo admiraba hasta la exacerbación. Sin embargo, lo usaba. V había estudiado Derecho en la Universidad de Chile junto a L, y terminó la carrera en cuatro años. Vivió en una incómoda pensión del centro, a pasos de la iglesia de Santa Ana, y experimentó lo que era tomar una sopa con un pelo —grueso y negro como vello púbico— chapoteando.

V destinaba su tiempo libre a leer ensayos y biografías de Adolf Hitler y gruesos libros sobre la Alemania nazi. Como abogado titulado con distinción máxima, de «Tres coloradas», sabía desenvolverse a nivel profesional. Tratábase de un bien plantado self-made man. V había estudiado Derecho para recuperar los fundos que habían pertenecido a su familia, expropiados durante la Reforma Agraria del presidente demócrata cristiano Frei Montalva con el atractivo eslogan «la tierra para el que la trabaja».

La madre de V siempre estuvo ausente: una extraña enfermedad la postró en cama cuando él tenía diez años. Supo lo que era valerse por sí mismo, andar con los bolsillos planchados —sin dinero; por ende, sabía el valor de este—, y entendió que en la vida nada es regalado: uno debe ir en busca de sus objetivos y aprovechar las oportunidades que se le presentan.

Titulado en el segundo lustro de los años 70, en el juzgado lo ascendieron a secretario y ya para los 80 era magistrado. Por su parte, L terminó la carrera a los cuatro años y medio. Rápido, pero no tanto como V. No dio el examen de grado porque se casaron. La pareja comenzó a vivir en una amplia casa en San Miguel —comuna de izquierdas con los Palestro a la cabeza—, en la calle Briones Luco. V estaba de acuerdo que todo marcha con la acción: «Se hace patria con el trabajo que dignifica y constituye el progreso». Al menos eso había interpretado en Mi lucha, de Hitler. Un mundo en que si eres esforzado y cumples tus metas a pesar de la adversidad, lograrás encontrar el oasis ilusorio de la felicidad.

Pero V nunca fue feliz.

La anchurosa vivienda de Briones Luco cobijó también a los suegros de V. El padre de L era pintor de brocha gorda, campesino y curtido. Comunista a ultranza. Sujeto de pocas palabras, ladino y levemente ludópata. A veces, cínico. Obrero de manos encallecidas y uñas gruesas y enlutadas. Sabía lo que era levantarse a las cuatro de la madrugada para ir a trabajar a las casas del barrio alto, donde lo contrataban para realizar el mantenimiento de hogares adinerados.

El pintor de brocha gorda estaba orgulloso de toda su prole: nueve hijas y un adolescente varón. La madre de L había parido a diez criaturas. ¡Imagínense! El metálico siempre mermaba: había muchas bocas para alimentar y vestir. Casi todos ellos alojaban en Briones Luco; V fue mentor de los hermanos de L. Por angas o por mangas, ella era depresiva. De niña, su abuela —de la aristocracia nortina— la había tratado como una princesa. L no debía hacer absolutamente nada, porque era una princesa, y se supone que las princesas no hacen nada. Siempre quiso estudiar Medicina. Luego de una infancia plagada de un bienestar ficticio, fue una adolescente que dormía por una depresión endógena y exógena. Tampoco le agradaba lo que veía: todo tan feo. Leía mucho. Leía para evadirse, nunca por ambición intelectual o crecimiento espiritual, si es que puede ser efectivo esto último.  

A los dieciséis años no quería emerger de la comodidad de su cama. La depresión estaba sin diagnosticar; no había dinero para siquiatras. Solo dormía a pierna suelta: vegetaba. Un médico del Instituto Psiquiátrico Dr. José Horwitz Barak de Avenida La Paz consideró que podía salir del foso. Solo debía esforzarse, luchar contra sí misma. L había dejado de ir a la escuela. Asistía a un liceo pobre de San Miguel; le hubiera gustado estudiar en un colegio privado, pero no se podía. L tomó conciencia de su situación real y se esforzó. Cuando sentía las ganas de echar una cabezada, se levantaba, se mojaba la cara y estudiaba lo que había que estudiar (tiempo después, en la Chile, repetía artículos como papagayo). Salió del precipicio: del hoyo de la melancolía. Tuvo que terminar el colegio en un Nocturno. Después de todo, era una mujer orgullosa. Altiva. Aunque por la enfermedad visualizaba todo bajo una perspectiva tristona.

Con su variopinta gente, el Nocturno le sirvió para darse cuenta de que en la vida no hay que claudicar: dio las pruebas de ingreso a la Universidad de Chile. Le hubiera gustado Medicina, cierto, pero quedó en la carrera de letras más prestigiosa: Derecho. Estudiaba día y noche, sin dimitir; descansaba poco. Rememoraba lo que le había dicho el médico. Debía defenderse en un mundo hostil. Las oportunidades no están en la superficie, hay que bucear, tantear el fondo, vislumbrar la coyuntura, que es como una cueva marina con una veta de oro que refulge como los focos del faro de Pilsum. En una palabra: rebuscárselas.  

Así o asá, lo tenía claro: debía ser abogado a como dé lugar. Si su abuela —la consentidora de clase alta— la hubiese visto, habría estado orgullosa. Había muerto en 1964 y le enseñó un cuento de hadas: un príncipe azul te cuidará por toda tu existencia. Será un hombre fuerte, seguro de sí mismo, con las metas claras.

Y ella vio eso en V.

Estaban en tercer año cuando comenzaron a salir. Fueron al cine, vieron El exorcista, y hubo conexión inmediata que ya casados se agrió como si hubiese sido un espejismo. V tenía la nariz aplastada, vivía en una pensión, era de La Imperial y quería ser el abogado más culto, capaz de esta angosta faja de tierra de copihues rojos. Quería dedicarse en cuerpo y alma al servicio de la Administración Pública (en realidad, le importaba poco lo que había pasado con los fundos), llegar a ser ministro de la Corte Suprema de Justicia.

V solo creía en sí mismo y la UP le importaba un bledo.

V pudo haber sido la máxima representación del individualismo y la propiedad privada. Consideraba bendito todo lo que endurecía. Un hombre debía ser de palabra. El honor lo era todo. Nunca soportó que N —su hermana— se embarazara a los diecinueve años sin un matrimonio decente de por medio. Sus padres reconocieron al hijo de su hermana; no querían una deshonra. V tenía un sobrino que, legalmente, era su hermano. N estuvo encerrada nueve meses en la casa de los padres. Un embarazo no deseado para esa familia sureña: nadie quiere a un huacho. T creció pensando que era hijo de sus abuelos. Cuando tenía diez años, fue golpeado por V. Era el tío, tenía derecho. De un puñetazo le fracturó la nariz. La realidad de N y T era, entonces, un tema secreto. Tabú. N no hizo nada. En la familia de V, las mujeres estaban en segundo plano: debían servir y atender el hogar y nunca opinar. «Irrelevancia femenina de cabellos largos e ideas cortas como estipuló Schopenhauer», lanzaba V. Además, una vez peleó a muerte con su hermano J. Eran adolescentes. Llegó a coger un hacha para partirle la cabeza y N tuvo que separarlos a escobazos en la espalda. En realidad, V nunca tuvo una familia; de ahí que cayera redondo con L.  

V se compró una biblioteca que comenzó a repletar con libros que aprendía casi de memoria. Su filósofo favorito era Friedrich Nietzsche. L quedaba deslumbrada ante su capacidad mnemotécnica. Aprendía con una facilidad prodigiosa. Su lema era: «Bendito sea todo lo que endurece». Decía que el saber no ocupa lugar en el espacio; etc., etc.

Como secretario, su desempeño fue notable. Fuera de lo común. Comenzó a conocer gente influyente del Poder Judicial, que invitaba los sábados a charlar a la casa de Briones Luco. Ahí se catapultó para su postulación de magistrado. En esas veladas se hablaba de temas de contingencia. Si había algún colega soltero, intentaba ligarlo con alguna de las hermanas de L; aunque nunca resultó.

R —el hermano adolescente de L— fue pulido por V. Le enseñó a modular, a jugar ajedrez, a portarse como un caballero. «No pongas los codos sobre la mesa y usa los cubiertos», le decía; «yo te enseñaré, mira». O: «El saber no ocupa lugar en el espacio». La familia de L tenía mucho potencial para seguir escalando a nivel social, como ellos querían o intuía V. En el fondo, casi toda la familia de L fue ayudada por él. Incluso lo elegían como padrino. En los almuerzos familiares de los domingos, se sentaba en la cabecera de la mesa y comía como sabañón. El abuelo del campo lo miraba callado, bajaba la vista, cruzaba los brazos, afirmaba con la cabeza, se hacía el loco. Para sus adentros, pensaba que era un patrón de fundo, mandón, y le cabreaba que fuera el mentor de su hijo varón.

V y L no querían hijos. Aunque concibieron uno porque sentían la presión social.

V creyó que llegaría a ser ministro y comenzó a impartir clases en la Universidad.

El hermano varón de L entró al Instituto Nacional luego de que V moviera sus contactos en la masonería. V pertenecía a una logia. Al tiempo, dejó de asistir a las reuniones: el trabajo lo absorbía.

Una hermana de L había rendido la Prueba de Aptitud Académica y obtuvo un puntaje que no le permitía estudiar Derecho, solo Trabajo Social. Otra vez, V movió sus contactos para que ingresara a la Pontificia Universidad Católica de Chile e hicieran la vista gorda y comenzara en primer año de Derecho.

L convencía a V para que diera espaldarazos a personas que ella elegía por motivos piadosos y sentimentales, porque eran familiares. En vez de dedicarse a su retoño, que finalmente fue criado por la abuela histérica y esa tía, la misma que no podía entrar a Derecho al toque, socorría a través de V a individuos ajenos a su núcleo familiar directo: M y V. ¿A quién no ayudó V en esa familia? V y L dejaron la casa de los suegros en 1980. Dado que L deseaba seguir siendo un apoyo para sus hermanas menores, que estudiaban para salir de la precariedad, compraron una minúscula casa en calle Comandante Whiteside 4997. Así podía apoyarlos de cerca y aportar con el sueldo de V, que le entregaba, confiado, su salario.

L evitaba estudiar para su examen de grado, le daba terror. El duende de la melancolía deambulaba, la hacía dormir más de la cuenta, la derrumbaba en un sopor de estúpida soberbia («Soy perfecta: soy abogado»), la llevaba a otra dimensión, donde había muchos jurisconsultos titulados y flamantes como yuppies en Wall Street. Perdía el tiempo opinando sobre el trabajo de V, lo que era peor. Se inmiscuía como una rata en asuntos que no le competían, hablaba sin estar en terreno. Cuando no estaba de acuerdo, discutía con V. Sacaba sus garras. ¿Por qué opinaba? V hablaba permanentemente del trabajo, monotemático. Ese año de 1980 fue problemático, duro: excesivo trabajo, muchas causas y poco tiempo. Además, no quería delegar funciones. Un juez debía realizarlo todo: a puro ñeque. No existe el trabajo en equipo. Debía fallar lo que le llegaba. Por lo tanto, no descansaba ni salía de vacaciones. Llegaba a cenar y comentaba el desempeño mediocre de los subalternos y luego trabajaba de madrugada. Según él, Chile estaba compuesto por una tropa de latinos mediocres, llorones y aserruchadores de piso. 

Lo inadmisible era que anduviera siempre con los monos, irritado, producto de la diabetes nunca tratada ni, menos, cuidada. Nunca se supo si su irascibilidad comenzó producto de aquello o si vendría de antes: recuerden lo que pasó con T. La presión del trabajo instauraba lo que había ocurrido con su sobrino años atrás: hablaba golpeado debido a la majadería de L; la constante intromisión de ella en sus asuntos laborales lo volvía un energúmeno; nadie ponía atajo a su conducta. Era el proveedor, el que trabajaba y entregaba los billetes colorados con la faz de la Mistral.

En Briones Luco agredió a L. Dos personalidades complejas chocaban como trompos en movimiento. La familia de L no hizo nada. Eran pusilánimes. No convenía llamar a los Carabineros. Era juez. No podía ser reducido en esos años de impunidad y detenidos desaparecidos y, por supuesto, la CNI. Tenía una dosis de poder que nadie podía refutar. L terminó con un ojo en tinta, llorando a moco tendido, desamparada.

Nadie opuso resistencia cuando V, L y su retoño se fueron de Briones Luco a una casita en Comandante Whiteside 4997, a una cuadra de la Gran Avenida. Para L era fácil: vivir cerca de sus padres permitía que su hijo fuera criado por la abuelita, que le brindó amor y lo dejaba jugar, tranquilo, ya que ante el más mínimo desorden, V elevaba la voz y levantaba la mano. Ciertamente, con respecto a eso, gritaba a los subalternos. Por otra parte, en 1987 —para Navidad— golpeó de un puñetazo la cara a L mientras manejaba por Manuel Montt. ¿El motivo? Nuevamente, la intromisión en asuntos laborales, los consejos inútiles, la bobera… Él quería gente perfecta. L le seguía la corriente como la perfecta más imperfecta del mundo.

Lo que incidió en que L nunca pusiera rayitas sobre las tes fue que consideraba, ferviente, de que V era un hombre bueno. Decente. No había que crucificarlo por los arrebatos de violencia verbal o física. Era el trabajo, la diabetes. «El hecho de hacer la pega con puros Homo chilensis —afirmaba— que nunca han creído en la inteligencia y la bravura de Víctor, que sabe de todo».

Una de las tres piezas de la casita de Comandante Whiteside 4997 servía de estudio. En la cuadra vivía gente, entre comillas, normal. En el vecindario, nadie leía o memorizaba la enumeración de los artículos de los códigos. Para la época del plebiscito del 5 de octubre de 1988, ya no se invitaba a nadie. Ni siquiera para los cumpleaños. Estaban sumergidos en un ambiente tenso. Difícil. L seguía creyendo que V era un hombre bueno —todas sus hermanas pensaban que los hombres eran «buenos» debido a la personalidad liviana de sangre del abuelo—. Un hombre bueno que le servía para hacer surgir a su familia.

Los sábados y domingos almorzaban y tomaban onces en casa de los padres de L. V presidía la conversación; imponía temas en los que todos quedaban pensando en las musarañas, sin saber qué decir (miraban como si hubiera dicho que el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos). La hija universitaria que había entrado a Derecho en la Pontificia Universidad Católica de Chile se había casado y vivía en otro barrio, titulada ya. Se mudó a Vitacura, y V decía, bilioso, que en la Católica se estudiaba con apuntes y nada de libros y nunca se realizaban preguntas capciosas en las solemnes.

Todos cambiaban y evolucionaban de acuerdo a lo que creían como evolución, menos V, L y M, su retraído hijo gordo como el Pericles de Los locos Addams. Incluso realizaban asados y no invitaban a V ni a la hermana ni al sobrino.   

V una vez insultó a la madre de L porque el tradicional almuerzo dominical no comenzaba a la una en punto debido a que las hermanas de L vivían lejos de San Miguel y el viaje en automóvil era largo. V la trató así: «No iré a tu funeral, vieja ignorante de mierda». La madre de L no lo tragaba. A sus otros yernos los trataba con cariño. «Son como yo», decía.

A costa de violencia intrafamiliar, que ardía Troya, L consiguió ser un bastión moral para sus hermanas, que con el tiempo y con una mejor posición, cayeron en costumbres basadas en el consumo. «El tinglado neoliberal chileno impuesto por los Chicago Boys», opinaba V, cizañero, desde la trastienda.

Idiotizada desde que no estudiaba, L no era una mujer con carácter. Era intratable, más bien. Las verdaderas metas que debía lograr para superarse, las desplazaba realizando favores a quienes necesitaban un primer espaldarazo. Y ese primer apoyo no lo podía dar ella: V era el que tenía los contactos. ¿Tenía que autoengañarse? ¿Sentirse útil? ¿Olvidar que como madre era un cero a la izquierda? ¿Qué nunca estudiaba para el condenado examen de grado?

Sus hermanos lograron mejores rumbos, mejores trabajos, mejores sueldos, mejores maridos. Se jactaban de sus automóviles cero kilómetro, de sus viajes al extranjero y de cómo decoraban sus casas de dos pisos en el barrio alto.

V prefería lo ascético: «Las dos efes: frugalidad franciscana», decía. Después L comenzó a leer libros de autoayuda: se sabía enferma e ingenua. Creía que lo importante era el interior, a tal nivel que comenzó a desatender su apariencia personal. A diferencia de sus hermanas, L usaba ropas que con el tiempo lucían desastradas y sucias. Y, para colmos, se bañaba poco, una vez a la semana.

Los hermanos de L emprendieron itinerarios semejantes a los del hombre común y silvestre. Había que sacar «el cartón». Ya no serían empleadas ni obreros. Ya no estarían preocupados de las necesidades básicas.  

En los almuerzos de los domingos edificaban una unión hueca. Les daba lo mismo ser «ignorantes con título», como se mofaba V. El conocimiento apreciado por el magistrado no les interesaba si carecía de utilidad para ganar dinero.

El desempeño en el Poder Judicial iba de mal en peor. Ya no fallaba; solo dormía, incluso de día. Estaba reventado. Luego lo atacaba esa idea descabellada de que un grupo de judíos quemarían su biblioteca y lo lincharían a lo Ku Klux Klan. Los libros serían confiscados. Harían una pira y los carbonizarían tal como se hizo en el Golpe de Estado de 1973 que anuló la vía chilena al socialismo.

¿Quién era realmente V?

¿Qué obtuvo al ayudar a la familia de L?

Estaba solo. Malinterpretaba lo que leía: llevaba a cabo lo de El príncipe, de Maquiavelo. De ahí que no entablara amistades por lo de confiar en la gente es edificar sobre arena. Nunca jugó con su retoño. M era un completo desconocido. Al final, su mujer lo aguantaba por interés. Él nunca tuvo una verdadera familia. La búsqueda del conocimiento no estaba en boga, al menos en el círculo familiar de L. Cuando no tenían dinero, eran comunistas. Con el metálico, eran capitalistas. Estudiaron para salir de la pobreza, no por amor al saber. «De proletarios pasaron a propietarios», escupía V, irónico, otra vez desde la trastienda.

El semblante de Hitler se instalaba entre ceja y ceja en un cerebro afectado por la glucosa en el flujo sanguíneo, con las coronarias obstruidas y el cigarrillo humeante. L y su hijo estaban en el supermercado Unimarc de avenida Departamental comprando las galletas de vino McKay con el tarro de leche condensada Nestlé. Así lo ordenó V con una sonrisa más falsa que la del militar alemán Von Stauffenberg. El teléfono sonó, de pronto: no atendió. Nunca levantaba el auricular del teléfono ni decía Aló. Puso la Novena de Beethoven a volumen moderado. Pensó: «El proletariado siempre está ávido de coger la más mínima oportunidad. ¿Eres un nazi paternalista?».

Odió lo que razonó. No estaba a la altura. No hay hermanos ni compañeros ni personas dignas. «Primero el deber, después el placer», estipuló. Entonces comenzó a leer un grueso expediente atrasado de meses. Y, de la nada, apareció la «paranoia conspirativa». Tenía que adoptar una decisión. Rápido. La vida siempre fue una mierda, eso estaba claro. En una gaveta del escritorio de jacarandá reposaban las dos armas de fuego. Empuñó su favorita. Varias veces al año mantenía su Luger P08. Así se relajaba; eludía la etérea «paranoia conspirativa»; por lo demás, falsa y sin asidero. Puso el cañón en su boca, le divertía. La bala estaba pasada. Por primera vez en su vida, se sentía idiota. Era la diabetes, que se impuso en su cabeza como la invasión a Polonia el primero de septiembre de 1939. ¿Qué hacer? ¿Terminar matándose como Adolf Hitler en el búnker? Una golondrina no hacía verano y un suceso aislado de «paranoia conspirativa» y ganas de una inmolación radical no cambiaría la Historia Mundial ni la de Chile. El fantasma de Hitler era tan nítido como una semimortal diabetes no tratada. Tan extremo como el bombardeo a La Moneda y la muerte de un presidente de los trabajadores.

Décadas después, en 2002, fue víctima de un accidente cerebrovascular hemorrágico. Así o asá, en el sepelio, el abuelo de campo, nonagenario, giboso, de rostro apergaminado, pensó frente al esplendoroso ataúd barnizado de V: «¡No es talla ver que un hombrón tan fuerte como un roble se lo llevó el Cola‘e Flecha sin decir ni Ayayay…! Nunca entendí cuál era su verdadero mal. No sé si la culpa la tuvo ese gringo de Hitler o su azúcar alta… Ya no lo sabré igual porque nunca me atreví a preguntárselo. Ojála descanse, el pobre. Tan enojón y bruto que era el señor con mi hija mayor, por ser».

(Santiago de Chile, 1979)

Es narrador, poeta «secreto» y periodista con estudios inconclusos de literatura y derecho. Comenzó publicando relatos breves para el desaparecido suplemento literario-juvenil «Zona de Contacto» del diario El Mercurio desde 1997 hasta el año 2000, y desde el año 2003 hasta el 2004 redactó la mítica columna «Nihilista al Acecho» en The Clinic. Ha publicado Eskizoides (2002), Nieve en las venas (2004), Hotel (2009), La Hermandad Halloween (2012), El festín de los engendros (2016) y la novela policial fantástica La indiferencia de Dios (2016). Ha publicado cuentos en medios como La Nación, La Segunda y El Ciudadano, entre otros. Ha participado en antologías como Quiero la cabeza de sir Arthur Conan Doyle, Poliedro 6, Historias asombrosas de gatos y Espacio Austral, entre otras. Ha sido merecedor de premios literarios y ha fundado dos microeditoriales de literatura de nicho como PAN y Contracorriente Ediciones.

Ignacio Fritz