ESTATUA

En este número de confinamiento, el escritor chileno Francisco Marín-Naritelli hace una entrega de su último libro, El perfecto transitivo (Ediciones Filacteria, Santiago, Chile, 2019), con su cuento homónimo.

El perfecto transitivo

«Esta lúgubre manía de vivir / esta recóndita humorada de vivir»
Alejandra Pizarnik.

I

André y Julie discuten. En realidad, hacen que discuten. Les gustan los simulacros, las ficciones. Están en una habitación de hotel de precio módico hace menos de cinco horas, en calle Colón, Valparaíso. Al fondo, un sillón café desvencijado, una ventana con una cortina azul, un espejo en un costado, una mesita, un reloj de pulsera detenido encima de esta, y en la pared detrás de la cama, el cuadro de Cristo Crucificado.

Excitados se contraen, desesperados. Él le roza los pechos. Ella gime. La aprieta cada vez más fuerte. Ella muerde sus labios. Se deja llevar hasta el punto exacto de disolución. Ambos indexados, adheridos, pegoteados. Ambos como dos siluetas confusas. Ambos irremediablemente derrotados o victoriosos o ambas cosas. Luego, ella enciende un cigarrillo que lentamente consume.

―Arrastran las estrellas. Ya no hay cielo infinito. Solo el rumor de las vidrieras, las lágrimas, los crucifijos ―susurra André casi imperceptible―. Tientan la muerte. Atraviesan los pétalos del tiempo. Pero el reloj cae en forma de lluvia. ¿Dónde están los hombres? Mirad por el ojo cortado.

―Un grito primario, un ansia en forma de rueda. Ahora va. No desfallezcas. Sí, es fuerte. Él también ha tambaleado ―agrega Julie.

II

Viernes por la tarde. André no está. Quizás fue a una de tantas ferias de antigüedades. Julié permanece recostada en el sofá. De fondo, una canción de John Coltrane resuena a volumen moderado desde una antigua radio portátil. Piensa en imágenes sin conexión aparente, que para ella es casi un ejercicio placentero. Su padre. Las bifurcaciones. Los espejos. La vieja casa de San Miguel. Santiago, 2010. Buenos Aires, 1923.  Algo se erige, surge del mismo pozo de la memoria, una vez, otra vez.

Julié se agita. Su pelo negro es como un río que de repente se vuelve torrentoso. Siente un calor subiendo por el cuerpo. La urgencia de un recuerdo la incendia. Comienza a tocarse, a descubrirse. Se sabe bella, pero eso no es lo importante. Más bien sentirse ligera y, por tanto, feliz. La palabra felicidad es un cúmulo de cosas invisibles, cosas en constante movimiento, imperceptibles al lenguaje formal. Inefable, sí. La felicidad es estar precisamente ahí, en ese sofá, tocándose como si fuera una gata misteriosa sin mayor preocupación. No cree en el futuro. Hace tiempo que ha renunciado al futuro.

Ahora desea un cigarrillo o un trago. Mejor un cigarrillo, piensa. Busca a tientas la cajetilla. Nada. Se fumó el último antes que André saliera. André sale mucho, pero da igual. Ambos han sido y serán libres. Julié sabe que André ama Valparaíso, ama perderse en esta ciudad que huele a pis, humedad y bohemia.

Julié piensa en un libro, mejor dicho un autor. Piensa en Borges. Había leído Fervor de Buenos Aires hace poco. La maravilló la expresividad verbal, el sentimiento desbordado, aquella poética urbana que permite múltiples y peculiares lecturas. Habitar la ciudad desde el fragor de la lengua, piensa. Inventar e reinventar. La ciudad es un palimpsesto. Borges también lo es. Se imagina que Borges, desde otro tiempo, la piensa.

El reloj de pulsera comienza a moverse.

―La piedra, el rayo, los acueductos. Nosotros que siempre fuimos, Persépolis, Roma, seguimos cayendo en la insondable mitología de un instante hecho memoria―dice Borges con una voz milenaria, límpida, desde el fondo de la habitación.

― Borges, ¿matarías a Borges para ser Borges? Ven aquí, con tus ojos pintarrajeados, con tu vocecita de pez famélico. Ven aquí, resiente mis horarios, ata ese reloj de pulsera al árbol caído ―replica Julié.

III

André y Julié caminan por calle Condell. De pronto André se detiene frente al escaparate de una tienda con un letrero roído. Casi piensa en un cuento de Bukowski. Pero no es una tienda de chatarra; solo de libros. Libros y nada más: Günter Grass, Umberto Eco, Patrick Modiano, novelas policiales, chilenas, extranjeras, biografías, libros de autoayuda, de entrevistas políticas, de ensayos de extensión variable. Sigue mirando el escaparate. Lo mira, como si aquella imagen, si aquel vidrio, fuera a escabullirse. ¿Qué mira tanto? Más bien: ¿Qué desea mirar? Unos hombres, que venían caminando despreocupados desde el otro lado de la acera, se detienen. Se preguntan, comentan. Deciden finalmente acercarse a André. Él, que parecía hablar para así, vuelve la mirada y con un tono algo retraído, les dice: El lenguaje ha muerto.

Los hombres meditan, dudan. Uno de ellos, el que se tiene más confianza, el mateo o el galán, inicia una conversación que, para otros, no tendría sentido.

―¿Qué significa la palabra lune? ―inquiere el hombre.

―Significa: agua ―responde André.

―No puede significar agua, significa lune.

―¿Por qué?

―Porque sí.

―¿Por qué?

―Porque sí, repito.

―¿Cuándo? ―André parece divertirse ante la perplejidad creciente del hombre.

―¿Cuándo, de cuándo?

―Cuando lune sea agua ―asegura André con mirada fija.

IV

En las afueras de un bar de nombre inglés, frente a la Plaza Echaurren, un tipo alto, fornido y bonachón, de unos cuarenta años, casi casado, casi separado, abraza a su amigo de huidas. Con voz cavernosa y febril, le recita un poema.

― «Amigo, son nuestras las obligaciones cotidianas/los sombreros/ los pecados/ los puñales /y un golpe nos recuerda…/tantas cosas tristes. /Amigo, aquí es donde nadie pudo con los ojos. / Pero te confío mis anhelos, / mis búsquedas. / Te confío mi alma/ y te sonríes, amigo/ como un espejo de agua».

André y Julié, que justo habían salido del bar, después de beber unas cervezas artesanales, dos piscolas y unas papas fritas, especialidad de la casa, se quedan escuchando. No habían tomado lo suficiente para ignorar aquella bella escena de cuestionamiento.

― ¿Un espejo de agua?  ―pregunta Julié.

―Agua en el espejo ―responde André―. Se derriten.  Nos derretimos. La vida es laxa. Río abismal que te desata, agua de los comienzos, purificadora.

―Estado de la locura.

―Sucursal de la locura.

―Comienzo. Qué término.

―Qué comienzo.

André se acerca a los amigos. Les dice: «La pecera, explosión cósmica de los siempre». Parecen no comprender las palabras de André. Julié se acerca y amablemente le susurra al oído de uno: «Siempre el viento tropieza/ entre las sombras de los hombres, /mientras sienten y callan/ mientras piensan y rugen».

«La vida es de quien la busca, / explosión cósmica que llegará», agrega.

Los hombres, absortos en las palabras de Julié, solo atinan a comentar sobre los aprendizajes, los recelos y las peceras. Julié y André se despiden de forma cortés. Tomados de la mano desaparecen por la calle. La noche resplandece de madrugada. Unos perros ladran a lo lejos. Valparaíso es la ciudad de los perros vagabundos. Un automóvil pasa rápido, casi atropella a unos parroquianos. Pifias. Garabatos. La orina. Los vagabundos. Un montón de cosas suceden a continuación, pero nadie se percata. 

V

André abre los ojos. Las cortinas azules no permiten que entre más luz. Solo un hilo, casi un suspiro, pero lo necesario para advertir la cama desordenada, los cojines, las sábanas sucias. Julié duerme con los brazos flectados. André la besa, humedeciendo sus labios algo partidos. Julié despierta, se sobrecoge. André toca sus manos, acariciándolas como si fuera algodón. Ella sonríe y se estira lentamente.

Bella donna.

Umano bello.

―Vidas para conocerte me faltaron, ahora estás aquí, inesperada. Tu piel ¡Oh tu piel!, desespero, ansío y no condiciono. Es el vendaval que te hace impía, corazón desgranado para mis penumbras y mis locuras ―agrega André.

Julié se levanta. Se acerca a la ventana y despeja las cortinas azules. Ahora ve cómo un trole avanza despacio por la calle. Claro, no es una imagen completamente nítida dado que el polvo se cuela como si fuera brisa marina.

Tiempo guapo, piensa Julié.

André, que también se había levantado, la sorprende de espaldas, completamente desnudo, rozándole levemente con la punta de su sexo.

El espejo ya no podrá descubrirlos. El mundo comienza a desaparecer.

Periodista y Magíster en Comunicación Política de la Universidad de Chile. Autor de los libros “El perfecto transitivo” (Filacteria, 2019), “Interior con ceniza” (Ceibo, 2018), “Desaparecer” (Ceibo, 2015), “Las batallas por la Alameda; arteria del Chile demoliberal” (Ceibo, 2014) y “Otoño” (Piélago, 2014),además fue parte de la antología de cuentos “Todo se derrumbó” (Santiago-Ander, 2018) y diversos fanzines. Ha escrito artículos de investigación en Chile y el extranjero. Crítico literario en El Mostrador y Ojo en Tinta, también ha colaborado en Radio Biobío y El Dínamo. Director del diario cultural “Cine y Literatura”.

Francisco Marín-Naritelli