ESTATUA

En este número, el escritor chileno Mateo Saavedra publica con nosotros un cuento inédito.

EL CLUB DE LAS PELUQUERAS JUBILADAS

CLUB: 1. Asociación de personas con intereses comunes que toman parte en actividades recreativas, deportivas o culturales y musicales. 2. Lugar donde se reúnen estas personas.

Dos verdades. Alguna vez tuve un club. Y Carlos Cabezas es un saco de hueas. Pero a la vez un capo.

—¿Oye conchetumadre, quién te dijo que eras novelista? —me gritó en la cara, sudando odio, todo ese odio que fue acumulando esa noche mientras intentábamos escapar de la gente que quería un autografo suyo. Huíamos entre la muchedumbre que de pronto se dio cuenta que Carlos Cabezas estaba entre ellos y enloqueció. Comenzaron a intentar tocarlo y medio queriendo llevarse un trozo de el como si fuera la gran huevada de personaje. Como si fuera un semidiós. ¿Leyeron El perfume? Lo mismo pero en Valparaíso. La parte final. En Valparaíso. En un club nocturno, con Matanza tocando de fondo, una noche cualquiera de un verano interminable que no se quería ir.

 —¿Qué mierda te pasa hueón enfermo? —le dije. ­—Tu estúpida fama es la que nos tiene acá, a punto de saltar por este balcón asqueroso, ¿o acaso crees que tengo ganas de morir hoy?

—Anda a usar tus frases de novelista charcha a otro lado hueón, ¿acaso crees que yo, Carlos Cabezas, tengo ganas de morir de esta ridícula forma, junto a un hueón sin talento y suicida como tú en un bar de mala muerte como este? —me gritó, afirmándose de la baranda para no caer al vacío.

—No hueón, ni cagando. Deberías morirte escuchando alguno de tus discos sobrevalorados… asfixiado por tu ego conchatumadre —le encajé, casi resbalando hacia la calle.

Vi su cara de desesperación y le grité: Haz algo, por dios, eres Carlos Cabezas!! Hiciste El resplandor, carajo!!

—¿Y qué quieres que haga imbécil, que vuele? Soy músico, hueón, ¿qué parte no has entendido de eso? Los músicos no volamos, hacemos música, tocamos guitarra, qué se yo, nos drogamos y nos alcoholizamos pero no volamos, estúpido. Y si, hice El resplandor, uno de los mejores discos de este país culiao, pero ahora no sé que cresta hacer!!!!

Estaba difícil. Necesitaba un trago. Con urgencia.

Fue lo mismo que pensé por la tarde, antes de toda esta escenita. Esa noche teníamos un show importante en el bar y el estrés apremiaba, como siempre. Llevaba varios días sin dormir por lo mismo, y me había bajado varias botellas en la semana, por lo mismo. Incluso había recurrido a la vieja triquiñuela de las pastillas esa misma mañana que el día anterior había robado de un club de peluqueras jubiladas que estaba cerca de casa y nada. Solo un raro nerviosismo que me recorría el estómago y que solo se pasaba con vodka. La noche llegó rápido y el club se llenó en cuestión de minutos. Luego las luces y la música. Varias banditas locales que telonearían a los principales. Y con los principales venía el desorden. Un desorden relativo porque eran un grupo de hippies que hacían electrónica aborigen: Matanza.

En una de mis idas y venidas a las barras a saquear cortos de whisky y de vodka me llamó la atención un sujeto que estaba a un costado de la principal. Estaba solo, cubierto con una capucha, con un abrigo largo y negro bebiendo tranquilamente un Jack. La media de edad del público asistente era de unos 20 a 30 años y este tipo parecía un cincuentón alolado, el papá de alguien, una figura lo suficientemente sospechosa como para agudizar la vista y quedarme un rato mirándolo.

—¿Quién es? —le pregunté a Rocío, una de las chicas de la barra, apuntando con mi cigarrillo hacia la sombra del sujeto. Nunca supe lo que me respondió. Lo que sí supe cuando acercó el vaso a su rostro para beberlo fue que era uno de los más capos de los capos que puedes encontrar en cualquier lugar, en cualquier boliche, en cualquier barra: era Carlos Cabezas. El mismísimo Carlos Cabezas. Me acerqué lentamente, como tanteando. Estaba serio, con actitud de entrenador de campeones del mundo. Era un tipo de verdad. ¿Quieres otro whisky?, le pregunté directamente. Hola, me respondió con amabilidad seca. No, gracias. Con este estoy bien. Hola, le devolví, soy el dueño de toda esta mierda, tranquilo, no soy un fan. Me dijo “Estoy tranquilo, no te preocupes”. Años trabajando en esto, con miles de personas tratando de robarte la barra como si fuera la fiesta de año nuevo, todas las noches, cada día, algunos incluso hasta apostando a perder la dignidad, y no, Cabezas no iba a rechazar un whisky gratis esta noche. Así es que le puse la botella. Levanté la mano llamando a Rocío y le grité: ¡¡Rocío, ponle una botella al señor, yo invito!!! Carlos me miró como un gato viéndote pasar. Rocío me miró como si no entendiera. ¡¡¡Es Carlos Cabezas, chiquilla, Carlos Cabezas, el mejor músico de este país culiao de mierda!!!, ¿entiendes? Rocío no entendía nada. El sujeto tampoco. Yo tampoco entendía que hacía este personaje en la barra de mi bar en un show para pendejos. Pero ya estaba acá. Y de esta no iba a salir fácil. Llegó la botella. Serví un par de tragos y de pronto todo se fue a negro.

—¡¡Las pastillas, hueón, las pastillas que te tomaste, qué pastillas te tomaste conchatumadre??!!! —me preguntó Cabezas, agarrándome de la camisa mientras me sacudía violentamente para despertarme.

—Qué mierda te está pasando, flaco —le respondí, desperezándome, volviendo de mi desmayo. Reconocí en el flaco a Cabezas. —¡¡Suéltame hueón!! —le dije, alterado, tirándole un manotazo en el brazo. Me soltó. Reconocí el lugar donde nos encontrábamos y era el camarín de artistas del bar. Se sentían golpes fuertes en la puerta de acceso, como de una turba queriendo entrar, por la fuerza. 

—¡Dejaste tremenda cagada, hombre!—me gritó, y empecé a hacer memoria. —Empezaste a gritar a todos los vientos quién era yo y la gente se volvió como loca. Gritabas… es Carlos Cabezas… el mejor músico de Chile… el mejor músico de Chile… y yo ODIO Chile hueón, qué onda tu vida!!! Odio a la gente y esta gente empezó a tocarme como si fuera Mick Jagger y empezó a bailar alrededor mío con toda esta música de mierda que sonaba como un ritual ordinario de San Pedro de Atacama y tu no parabas de gritar… ¡¡¡Es Carlos Cabezas… es Carlos Cabezas… el mejor músico de Chile!!! Ahora estos hueones quieren entrar y están a punto de botar la puerta… Qué cresta te pasó!!!?? Levántate, por la mierda!!! —terminó.

Yo estaba recostado en un sillón intentando entender todo. Dame un cigarro, le dije a Cabezas. No fumo, me dijo. Entonces consígueme uno pues, le grité, intentando volver de donde estaba. Le dije, tratando de calmar la situación, “mira, acá atrás hay una puerta por donde podemos salir y evitar a toda esta mierda de gente. Ahora, ¿cómo llegamos acá?!”

—Maldito imbécil, me dijiste que eras dueño de esta mierda y te pusiste a hablar como si te estuvieran pagando por palabra. Me dijiste que eras escritor, novelista, que admirabas mi trabajo y que querías que algún día tocara con mi banda acá, que pagabas lo que fuera necesario, y yo te dije que no estaba tocando. Ahí me dijiste que iba a tocar en este lugar de mierda costase lo que costase. Y yo te dije que no, que la cosa no era así, porque estaba trabajando en la música de una película donde iba a actuar Jorge García, y tu me preguntaste: ¿el guatón de Lost?— y yo te pregunté que porqué sabías el nombre del guatón de Lost y me dijiste que porque eras un ñoño de mierda y luego te pusiste como imbécil a gritar quién era yo y estos hueones se volvieron locos…

—¿En serio? —le pregunté. — ¿Y quién chucha sabe en Chile cómo se llama el guatón de Lost si ni siquiera es chileno?

—Es chileno, hombre. —me respondió con tono de Cabezas. —Y tu sabías el nombre del tipo.

—¿Me estai hueveando?— le pregunté.

—No, hueón, no te estoy hueveando —respondió.

—¿Y ahora qué mierda hacemos? —espeté asquerosamente haciéndolo a un lado y componiéndome del sillón.

—Salgamos por la puerta de al lado, pues, hueón, como dijiste— respondió.

La puerta de al lado era un recoveco por el cual se podía escapar del camarín no sin mucha dificultad. ¿Vieron “En la cabeza de John Malkovich”?—. Bueno, era algo así: una puerta pequeña que Cabezas apenas la vio me dijo —”Me estai hueveando”. Y yo le dije que no. Que era eso o la muerte por fans. Estaba molesto. Carlos Cabezas estaba muy molesto y yo no entendía nada. Al parecer las pastillas del club de las peluqueras jubiladas estaban haciendo efecto o, habían empezado a hacer efecto en mí hace rato sumado al Jack y al Stoly. Y, mientras divagábamos sobre el tamaño de la puerta por donde escapar, la entrada al camarín se reventó. Los guardias habían colapsado. Le grité a Cabezas… ¡¡¡Cabezas, entra ahí, hueón!!! Y entró y luego me metí yo tras el.

Ahí Cabezas, en la oscuridad, se calmó un poco, pero solo un poco porque empezó a llorar. Y me dijo: “Eres el hueón mas imbécil que he conocido en toda la vida”. Le dije: cálmate un poco. Me dijo: “Como quieres que me calme si casi me matan recién: eres un super sacohuea descerebrado. Nadie sabe que estoy aquí, hueón, nadie”. Ya, córtala, le dije, ese es el nombre de la peli del guatón de Lost. Y me disparó: ¿Y cómo lo sabes?  Tengo mis fuentes, le respondí, sonriendo narcóticamente. ¿Y mi cigarro, hueón?, le pregunté finalmente. No hubo respuesta. Afuera se sentía el alboroto que hacían los fans de Electrodomésticos y de Cabezas y daba la impresión de que en cualquier momento descubrirían la puerta donde estábamos escondidos y la echarían abajo.

—¿Y qué vamos a hacer, hueón? —preguntó Cabezas, agarrándose del poco pelo que tenía. Nunca había pensado en estar en esta situación menos con un sujeto de la importancia de este, era como tener una cita con tu actriz porno favorita y llegado el momento no saber qué hacer. Pero sí. Yo sí sabía qué había que hacer.

—¿Viste Taken, culiao? —le pregunté, susurrando. —Bueno—, continué— yo también tengo una serie de habilidades que he adquirido en estos últimos años en que no he escrito una puta mierda y que me hacen ser un Avenger en este tipo de situaciones… Y, antes de decir absolutamente nada mas, la puerta se abrió. Y todo se fue a negro.   

BLACK OUT: Irse a negro, perder el conocimiento. Bajar las luces, pálida: APAGÓN. ¿Les suena conocido, no?

Desperté en el balcón, con Cabezas aferrándose a el como una nena y gritándome y haciendo ademanes de lanzarse al vacío, gritándome que era músico, que toda su poesía la había copiado de Dylan Thomas y que no sabía volar… “¡Que no se volar,  conchetumadre!, me gritó al final.

—¡Tranquilo, hombre, eres Carlos Cabezas!— le grité. —¡No te quiero culiar. Apuesto a que viste esa mierda de película de Subiela!!! ¡¡¡Canta, hueón, canta!!! —le espeté, mirando al cielo podrido de la ciudad. —¡¡Canta, culiao, para que en bailen silencio, como si fuera tu última canción. Canta como si fuera tu última puta canción. Canta, hueón, Has sabido sufrir… Canta, hueón, como si fuera Lo mejor de ti, la mejor canción de autoayuda para imbéciles como yo!! ¡Tú hiciste esa canción! ¡¡Eres casi un dios, un dios de mierda, pero lo eres!!!

Y adivinen qué pasó. Ni siquiera se lo pueden imaginar. Deberían haber estado ahí. Era verano pero hacía frío. ¿Vieron El renacido? ¿O era el Resplandor de King?

MATEO SAAVEDRA- Valparaíso – 1977

Escritor, promotor cultural, editor literario, comunicador radial, músico.

2002-2008 Promotor y productor de lecturas de poesía realizadas semanalmente en bar La Playa, Valparaíso.

2004. Publica el vacío inminente, por Editorial La Cáfila

2005-2006. Socio editor de Editorial La Cáfila.

2005- 2008. Productor y conductor programa radial bestiario, de
emisión semanal por radio Ritoque, Valparaíso, 107.9 FM.

2008 – 2011. Promotor y productor de lecturas de poesía realizadas en bar y centro cultural la Piedra Feliz.

2010. Productor general asociado del I Encuentro Nacional de Escritores Valparaíso 2010, en el marco del foro mundial de las culturas.

2010-2011. Socio y editor editorial Puerto Alegre y ediciones Emergencia Narrativa.

2014-2015. Productor general de Ele bar, Valparaíso.

2014- 2017. Productor y conductor programa radial Estamos en la B, de emisión diaria por radio Ritoque 107.9 fm

2015-2018. Socio y productor general Ele Bar, Valparaíso.

2018. Publica morir en Francia, por el sello independiente MUELLE.