ESTATUA

En este número queremos hacer un homenaje a los diez años de Valpore, de Cristóbal Gaete.
Con una prosa sagaz, Gaete expone el Valparaíso profundo y lo saca de la postal y los paquetes turísticos. Rompiendo esquemas, hace 10 años, el autor se encumbró rápidamente como un escritor imprescindible y necesario en el Chile neoliberal.

A continuación un fragmento de Valpore, a partir de la sexta edición (2015) de Garceta Ediciones.

Valpore (2009)

Phillip tomó unos discos y salimos. Le pasó al chofer uno de Flema y le dio las indicaciones para seguir subiendo hasta Valpore, el cerro final de Valparaíso. Allí vivía su dealer de confianza. El chofer estaba inquieto, por los ojos que se le clavaban desde las veredas, por las formas que cruzaban la calle sin avisar y se detenían frente al auto impidiéndole pasar. Nos bajamos.

El chofer abrió su puerta y aparecieron los mostros, que Rastelli saludó. Se apiñaron sobre la limusina. El chofer trató de espantarlos, retrocedió el auto e intentó hacerlo partir, pero las bocas llenas de deseo, hinchadas de pasta base, lo rodearon lentamente, se agolparon en el capó, sacaron las llantas. El chofer gritó. No podía huir. Giraba el contacto infructuosamente.

Lo perdí de vista cuando entré con Phillip a la casa del dealer. Este se veía molesto por el escándalo de afuera, pero sin la paranoia de hacerse el duro, de temer siempre la emboscada mexicana de los mostros angustiados, que ya tenían algo para esta noche.

Por la ventana vi la coraza de una limusina desvalijada y un esqueleto con restos de carne y jirones de ropa apoyado sobre el manubrio. Escuché los disparos del radiotaxi que se abría paso y se estacionaba frente a la puerta. Los ojos de los buitres callejeros nos seguían mientras nos subíamos al auto. El chofer del radiotaxi también venía jalado, como piedra, y bajó a una velocidad suicida por las curvas. Phillip se molestó porque se le cayó una punta de merca y, cuando reclamó, el chofer se dio media vuelta y sacó su pistola. «No soy un gil de limusina», le dijo. El taxista en ese estado era perfecto para conducir un coche bomba directo al Congreso, a los marinos o a la estatua de Arturo Prat.

Nos bajamos fuera de la botillería clandestina y compramos unas botellas de vino. Una enanita con la ropa vomitada apareció junto a unos muchachos en bicicleta. La pequeña miró la bici y le dijo a la chica que la conducía que se veía muy bonita. Ellos la invitaron a subir. Phillip se detuvo a mirarlos, recordó sus ensayos. «Esto sí es la multiculturalidad de Valparaíso », dijo. La enanita no quería subir, temía caerse de la bici. «No te va a suceder nada», insistió Phillip y les ofreció 50 lucas por la bicicleta a los chicos. Subió a la enanita a la fuerza y se alejaron pedaleando de mí. Los vi caer antes de llegar a la esquina.

Chaquetas de aviador verdes y negras, cabezas rapadas nazis le cayeron a patadas a Phillip. La enanita quedó tirada, los pelados le siguieron dando a mi amigo, por degenerado. Vi la cabeza sangrante de Phillip en el suelo. Tomé a la enanita como si fuese una pelota de rugby y salí corriendo, esquivando las patadas de los pelados, más interesados en masacrar a Phillip que en atraparnos.

Ya seguros, la enanita lloraba desconsolada por la caída. Un tipo con abrigo largo se acercó a ella por detrás y le sacó un pelo. Iba a seguir avanzando a pasos largos, pero lo atajé.

—¿Qué estás haciendo?

—¿Crees que todo esto es casualidad?

Pensé en la cocaína, en la Madre, en el Pulpo, en Phillip y su familia, en la enanita, en los nazis y en las piernas en la bici, y no comprendí.

—Sabía que nadie entendería -continuó-. ¿Por qué crees que hay tantos mostros en Valparaíso? Yo los he clonado cíclicamente. Con este pelo puedo construir un puñado de ellos, suficientes para azotar el Puerto, pero los dosifico para que no quede la cagá.

Recordé al Pulpo y todo pareció más claro y nebuloso a la vez. El tipo, detenido, esperaba la lucha dialógica, vestido con un abrigo y nada abajo; alguna vez lo había visto en La Facultad. Preferí irme de ahí, tratar de olvidar; me eché pope en la manga una vez más y todo se volvió borroso, las luces brillaban sobre las sombras que eran apresadas sobre un muro.

La calle estaba llena de mostros que levantaban los brazos en las paredes, forzados por la policía. Me pregunté si los esposados serían pelos de otros tiempos, pelos posmodernos con sus aspectos ágiles a lo Nueva York; las orillas de las veredas me parecían el mar abierto por Moisés, como si me deslizara quieto en una pista metálica de supermercado y al lado estuvieran las vitrinas del gran mall zoológico del Puerto. Avancé sin moverme, escuchando apenas balbuceos.

La ciudad entera, los cerros, el mar, los pacos, las casas, las calles, caían alrededor mío, y yo era el único de pie. Alguien me metió la mano al bolsillo. Abrí los ojos. Era el Pulpo, que me reconoció y me levantó.

Escritor y periodista. Ha trabajado en distintos oficios de la literatura vinculándolos al territorio. Destaca en su producción Valpore y Motel ciudad Negra (Premio Municipal de literatura de Santiago 2015) y su experiencia microeditorial con Perro de Puerto y en el Suplemento Grado Cero. El Ciudadano. Realiza talleres literarios en BAJ Valparaíso y colegios. 

Cristóbal Gaete