MUNDO PARALELO

Paralelos. Opuestos. Escritos. Oposiciones. Narraciones

Nos acompaña en este sexto número de nuestra revista, el escritor Maorí Pérez (Santiago, 1986), quien ha publicado los poemarios Lanzamiento y Cronoguerrillas, los libros de cuentos Mutación y registro y Lados C. Las novelas Diagonales, Oceana e Instrucciones para Moya. Ha co-escrito Química y Nicotina junto a María José Viera-Gallo. Participado en las antologías Hemiparesias, Voces-30 y Antología Rota. Ganó los concursos Enrique Lihn y Pipiripao, estudiado en el Raimapu, Larraín y la UMCE, trabajado como traductor y profesor, y se dedica a componer canciones para su banda Los Pianopunks. El presente cuento pertenece a la colección inédita Deletia, que constituye el primero de sus tres primeros textos, considerando el compilado Cerdo en una jaula con antibióticos, los poemas de Una semana, y la novela Inhabitantes.

INVASIÓN PÓSTUMA

Cuando era joven, fui el mejor amigo de las siamesas.

         Años después, en mi cuarto, parecían salidas de rehabilitación. No una carcelaria, sino del tipo espiritual, un retiro. Viajaron por Tokyo, India, Sudáfrica. En la capital del yakuza compraron un libro de fotografías de Takahashi Michio sobre una película llamada Hiroshima Mon Amour, y luego de conocer a un escritor mexicano en el espacio entre dos dedos juntos de Bagdad y España, se asentaron en Zimbawe, donde adquirieron, por medio de circunstancias que no comprendo enteramente, Mantra. No el libro de Fresán, ni tampoco uno de meditación o que tuviera relación con Tool o se asociara con el que se dice el primer sonido del universo, me aclaró Mariana, y Ana María lo constató, agarrando el ejemplar en la mesa, y dejó claro que no había escritor, que era un diálogo intrincado y no les tomaría una semana terminarlo. Una pieza de colección. Un tesoro de la nueva escritura tribal africana. Traducido por Caridad Martínez y cubierto de polvo en el cajón a medio abrir de un artesano. Mariana intervino diciendo que tampoco había tal artesano, algún nombre; que a un turista le sirve más la cámara que la memoria. Y aunque no pasamos de la tapa de cuero en que estaba la obra, como cubierta por garras, conversamos, o ellas hablaron y yo asentí muy oriental, respecto del libro del continente negro.

         Seis meses después, con la luz de mi cuarto apagada, me vino a visitar su madre. Le bajé el volumen a King Crimson mientras lloraba sobre las servilletas de la mesa en el comedor. Raimundo fue el primero en verlas, dijo, recuperando la compostura a medida que se deshacía en gargajos melancólicos sobre el papel. Mariana tenía el cuello de ambas colgando de la hélice en el café del marido. Ana María estiraba los labios, como negándose a sí misma el acto de su hermana. La mujer trató de controlarse antes de inundar otra servilleta. Era un suicidio perverso, dijo. Había tomado el cable del computador como si quisiera deshacer el mundo y colgar en su desvanecimiento. Raimundo reparó el PC y limpió el piso de sangre. Me dijo que no había rastro de nada, explicaba la mujer, que él borra el rastro, se acaba aquí y me voy a reposar la comida. Le quité la escoba y la tiré al piso. Se quedó mudo un segundo, y luego se tapó la cara y gritó desde la escalera que tenía que reposar la comida.

         Siguió contándome, con intermedios donde sólo miraba hacia el centro de la mesa – o el vacío, o la memoria – y detallaba la forma en que las siamesas habían colgado del ventilador. Le tiritaban los labios y a veces tenía que toser para terminar una frase. Otras, nos deteníamos a tomar una leche caliente y tratábamos de mirar atrás, lo que era mucho, y darle una silueta de ternura nostálgica a mi relación con las hermanas. Mencionó la foto que tenía en el escritorio. Salíamos los tres abrazados, casi como si nos hubieran impreso en el final de un libro para niños. Aferradas por el cuello y la cintura hacían un agujero por donde se asomaba el Parque Forestal. La sonrisa de mujer obesa de Mariana reflejaba la de Ana María, y yo, flaco y tan lejos de la conversación con su madre, extendía mis labios en luna creciente. Estaban renovadas, dijo la mujer. Y sin embargo, pensé, en la foto sonreían; en la renovación, colgaban de una hélice.

         No mencionó el libro, ni habló nada del viaje. Las hermanas recurrían casi todo el tiempo al refugio de su cuarto. Hablaban muy poco, trataban poco a la gente. Vivieron sin buscar la aceptación de una mirada, y se acostumbraron a escapar a la vista, a no ser reconocidas. No podían desvanecerse, no obstante, y cuando salían a tomar aire entraban en zona de emergencia, de monstruos invisibles a estrellas de circo. Recordaba esto cuando vi la foto.

         Dejé a su madre en la puerta y le propuse juntarnos de nuevo. Se fue moqueando y como pidiendo perdón hasta tomar un taxi un poco más allá.

         Esa noche soñé con una criatura de tres espaldas. Se movía tiritando. Respiraba como una pirámide en desahogo, una perra en celo. También había tres rostros: el de arriba miraba hacia adelante; en ocasiones jadeaba y miraba hacia abajo, alineado con las cabezas de las otras dos espaldas. Caía sudor en una fuente con escalones. Los ojos, negros, en totalidad. Lo que cubría todo era eso, lo negro. De pronto yo era el rostro arriba, y mi cuerpo unido en carne a las hermanas, yo, un tercer cadáver, las follaba o me mimetizaba oscurecido un cuerpo entre otros dos cuerpos. Una de ellas iba a prender una vela con el cigarro en los labios, mientras la otra gemía en un orgasmo prolongado. Entonces la vela prendió, prendió como el polvo en un gorro de copa, y al abrir los ojos, cuando yo en el sueño abrí los ojos, me volví transparente y nebuloso, en medio de la nube, muerto y vivo para presenciarlo.

         Sentía estar tan lejos de las cosas que ni siquiera podía verlas.

         Entonces el rostro siamés de las hermanas forcejeó tratando de salir debajo de mí dividiéndose. Mariana se acercó a mi cuello y dijo pero no dijo, al estallar el big bang, la expansión del universo, el primer sonido, y pude sentir la presencia del último cuando Ana María abrió la tapa y en la primera hoja el título.

         Sonó el despertador y salté de mi cama. Apagué la radio y dejé el disco de King Crimson encima del escritorio.

         Me conecté a internet y busqué Mantra. Era lo mismo que haber escrito sexo o Juan. Saqué de la biblioteca una antología de mitos africanos, no con la esperanza de hallar el objeto, sino una clave. Sin embargo, el mito africano, tanto como cualquier tipo de literatura tribal del continente, no le importaba a las editoriales o distribuidoras en Chile, haciendo de ese libro una selección mediocre de leyendas adivinables. Recordé que Nana, de Palahniuk, habla sobre una historia africana para dormir a los niños y luego matarlos, pero no era exacto, y tampoco lo habría sido un texto de Poe, o de King sin ir más lejos, no servía Thomas Harris ni Cronenberg ni casi nadie que usara símbolos de suicidio, para establecer de algún modo una conexión con la muerte de las siamesas.

         Pensé en pedirle el libro a su madre, pero no estaba seguro de si sería consciente de la existencia del libro, mucho menos de si sería capaz de encontrarlo, siempre que todavía estuviera en el café. Me acosté con un cigarro y prendí la radio. El humo era cortado por líneas de luz.

         Un mensaje en el celular. Su madre quería verme en el negocio.

  • Pasa- dijo.
    • Gracias.
    • Perdona que mi marido no salude. Está encerrado en la pieza. Hace dos días que no sale de ahí.
    • No es molestia.

         Sacó una foto de un cajón.

  • Estas son ellas. A los 13 – explicó.

         Había un intenso afecto en sus rostros. Douglas Coupland dijo que eso es inocencia, las miradas sinceras que teníamos antes de que nos pasara todo lo malo que nos iba a pasar.

         Uno llegaría a creer que era una felicidad grotesca, que el recuerdo estaría deformado como su cuerpo, y que el hedor a sangre aún en el aire empañaría el registro de su memoria. El caso era todo lo contrario. Esa foto las guardaba y las recobraba.

  • ¿Le importaría que conversáramos?
    • Tomemos un café, me hace falta un café caliente – dijo.

         Era verdad. En el lugar hacía un frío tremendo. Aparte del olor a sangre, parecía abandonado, inhabitado, cubierto con plástico y telas. Los padres de las siamesas nunca llamaron una ambulancia o a carabineros, pero dentro se percibía una tensión como de invasión póstuma.

  • Con Raimundo… – titubeó -. Con Raimundo pensamos cerrar el café e irnos.
    • Lo lamento. No queda otra.
    • En realidad no estoy diciendo que lo haya hablado mucho con Raimundo. Ahora pasa todo el tiempo en el cuarto de atrás. Pero es como dices. No queda otra, no hay más que decir sobre eso.

         Tiritaba. Prendió un cigarro y tosió un par de veces.

  • Es para mejor. Retirarnos. Vivir de los ahorros y olvidarnos de todo esto.
    • Olvidar es bueno.

         Rio apagadamente.

  • No podemos seguir aquí, evidentemente. No sé dónde iríamos, no me atrae ningún lado, pero de que nos vamos, eso sí, adonde sea. Un pasaje a Punta Arenas, 21 de diciembre a las nueve de la mañana.
    • ¿7 días?
    • Todavía hay que vender acá. Los aparatos. Retirar plata del banco. Toda esa mierda.
    • ¿Y las cosas de…?
    • Con ellas.

         No me atreví a ahondar.

  • Tengo que irme – le dije. 

         Cerré la puerta de la tienda con cuidado de no hacer ruido.

         Prendí la radio, estirándome encima del cubrecama. Traté de observar, a través del umbral de la puerta, la fotografía, pero los reflejos de la luz en el comedor me tapaban la imagen. Un blanco profundo, como un mar de distancia en la expansión de su universo, limitado por un frágil marco de madera. El barquito cubría el océano y se estaba hundiendo. Pegué otra piteada al cigarro.

         Con la ventana de mi cuarto con pestillo, el humo fue llenando la casa. Haciéndome toser y desistir, me hallé lejos del tabaco y las tablas viendo el rostro de mi sueño y mi rostro en el sueño de un tercer cuerpo encima. Las siamesas dividiéndose me movían dentro del blanco infinito. No podíamos articular palabra alguna, transitábamos. El lenguaje es una serie de permanencias. Pero sabía que Mariana me susurraba “… ohmmm…” en la zona del cuello, y luego Ana María iba a dar el paso, hablar del sonido final del universo, el momento en que la expansión se detiene, y decirme dónde estaba el libro, salvar desde su tumba a los que quedaban todavía libres del mantra, ese murmullo final en blanco, llenar mis ojos de arena y vuelta al humo.

         Recuperé del sueño la imagen de las siamesas abrazadas con el cuello doblado hacia adentro, formando una caverna. Eran las dos de la tarde y me tomaría quince minutos llegar a la tienda. Al padre tal vez le quedaba menos.

  • ¡Disculpe! – gritaba desde la reja cerrada del local – ¡Disculpe! ¿Me permite entrar?

         Mis gritos se extendieron por media hora. La calle estaba tan vacía que sentía los ecos.

  • ¡Disculpe!

         Salió el padre.

  • ¿Qué quiere? – gritó.
    • Disculpe, necesito un libro que me tenían sus hijas.
    • ¿De qué libro está hablando? Váyase de acá. No recibimos visitas.
    • Un libro que dejé con Ana María.
    • Aquí no hay ninguna Ana María, váyase.
    • ¿Es una broma?
    • ¿Qué parte no entendió?
    • ¿No me reconoce, Raimundo?
    • No sé quién es usted o Raimundo. Hágame el favor de volver por donde vino.

         Ya no había nada que hacer. El padre sin duda tenía el libro con él y el libro pronto se llevaría otro cuerpo. Ese pobre viejo, entrando en el local, detrás del brillo blanco en la superficie oscura de los ventanales, ese viejo solitario, ese demente.

         No quería pensar en nada en el trayecto a casa. Entre la micro y el hogar no recordé, no sentí. Pateando piedras como desempleado, aguardando una carta, un telefonazo, un aviso de que mañana despertaría, pero de qué.