PATRIA GRANDE

La patria grande es para los hermanos americanos y las hermanas americanas. Patria gigante, continente de plazas y luchas, ríos de sangre y rosas blancas.

Para este número, invitamos a Javier Alvarado– (Panamá, 1982). Su obra ha merecido premios nacionales como el Gustavo Batista Cedeño en cuatro ocasiones, el Stella Sierra en 2007, el Ricardo Miró (máximo galardón de las letras panameñas) e internacionales como Mención del Premio Literario Casa de las Américas de Cuba, 2010, Premio Centroamericano de Poesía Rogelio Sinán 2010-2011, el Rubén Darío de Nicaragua en 2011, Nicolás Guillén 2012, Hispanoamericano de poesía de San Salvador 2017, Juegos Florales Hispanoamericanos de Quetzaltenango, Guatemala 2018 y Mención de Honor del Premio Mundial de Poesía Mística Fernando Rielo 2019.  En 2014, un jurado compuesto por el poeta español y Premio Cervantes, Antonio Gamoneda, el peruano Rodolfo Hinostroza y el ecuatoriano, Julio Pazos le otorgaron el premio Medardo Ángel Silva a obra editada por su poemario Carta Natal al país de los locos. En este 2020, mereció junto a Russel Karrick y Lucía Estrada The Gabo Prize for Literature in translation & mutilingual texts por Panamá, ya sea en el Pacífico o en el Atlántico y otros poemas, juzgado por el aclamado poeta de Estados Unidos, Ilyá Kaminsky.  Entre sus libros están: El mar que me habita, Viaje solar de un tren hacia la noche de Matachín, Epopeya de las Comarcas, Kafka en la Aldea de la Hipnosis, Aldeas en el espejo, Viaje a una roca de gritos.  Cuenta con dos antologías: El libro de tus posesiones (Chile, 2014) y Antología del Archipiélago de las Perlas (Costa Rica, 2017).


RENÉ CHAR

Una estrella que se ha acercado, la muy loca, y va a morir antes que yo.

R.Ch.

Tú no has dicho nada, nadie dice nada, todos se callan sus muertes.

Algunos se atreven a marcharse después de mascar tus hojas de hipnos,

Buscando esos utensilios posibles para acumular la vida,

(La cuchara paralítica)                 (El plato ciego)

Y yo penetro en otra hipnosis

Cuando deambulo por tu poesía

En este nuevo espejo que la historia va a desertar;

Amigo en lo improbable,

En el incendio de la tundra donde se aprende a escribir

Y a discrepar contra la cacería furtiva o reglamentada

Cuando un cervatillo riela en la otra orilla,

Elegido por la circunstancia de la presa

Ante el ojo caníbal               ante lo nupcial devastado

Y las noches podían concebirse a través de un prisma,

Leyéndonos a nosotros alguna argumentación por la metáfora o el lenguaje llano;

Ese intangible destierro hacia la originalidad, cuando se empieza a acostar

Tu poema predilecto,

En medio de los niños que ríen de gozo en la primavera de los poetas.

¿Acaso también no habrá un otoño o un invierno o un verano para esos seres

Que desechan el fárrago carnívoro, un arcoiris en el cuello, una rosa que grite de terror al saberse viva,

Tan roja en la alienación de la sangre, tan sanguínea en la prueba de ADN,

Una puerta falsa para esconderse y tiritar de fuego

Cuando nos encontremos              cara a cara              con el sucesor de Ulises

Tocándonos el destino de ser errantes en la condenación de las ínsulas

Y el mar sea ese mensaje cifrado que nos cuesta entender

Muy adentro, muy adentro de la botella rota que es el origen

Cuando nos posesionamos juntos del microbiótico espejo

Y hay una noche que sucede hasta encontrarnos en el vuelo del águila

Y todo sigue siendo noche        más que noche     que agujero negro      que agujero lunar

Y allí estás tú en medio de los polvos cósmicos, en medio de las explosiones de asteroides

Y eres tú

Una estrella que se ha acercado, la muy loca, y va a morir antes que yo.


LA AGONÍA DEL GALLO

¿Quién puede reír sobre esta roca fúnebre de los sacrificios de gallos?

Virgilio Piñera

Quédate aquí en la tierra

Y observa la danza sanguinolenta del gallo.

Nuestros niños y mujeres

Aprenderán los rituales

De montería.

Bailarán como animales

Bajo los efectos

De la crianza

Y el cultivo.

Nos esperarán

Como el bosque

A la tormenta

De su amante.

Nuestro será el alcor desesperado de los ciervos

Su congoja por la bala enemiga

Pronunciando ese silbato

(Ese

Forzar

Del

Salto

Hacia la muerte).

No hay ser más desvalido

Ante la caza

Que el propio ciervo

(Su salto contiene la ternura total del paroxismo)

Pero el ciervo no le ganará su lugar al gallo

Criado por nosotros,

Que se demistifica cada día

Supurando cantos

En el coro de sus plumas

En ese silencio oscuro e iluminado

Que trasciende la mocedad de las mañanas.

Mi vida es otro sol

En la superficie continental y también lo es

En el laudatorio de las islas. 

En los diversos idiomas

El gallo revela su secreto:

Es un guerrero para anunciar la luz

Esgrimiendo su cresta a la penumbra

Para llevar su continuidad

Sin ser héroe

En la fecundación

De la gallina,

Género madre,

Género lucidez

Del huevo

Áureo, claro, seminal,

Fecundo.

Bárbaro su inútil aletear

Cuando nuestra mano que lo crió

Ejecuta

El rito criminal de su degüello.


KAFKA Y LA TECNOLOGÍA TÁCTIL

Soy sensible a este abismo, me enternece

de otra manera la lectura de Kafka:

Enrique Lihn

Franz Kafka se instala en una máquina de escribir,

Se aburre de las teclas. Piensa mejor en un Ipad.

Repasa el tiempo hacia delante, ve las publicaciones, retrocede, abre la ventana de diálogo.

No puede teclear.  Intenta seducir un estornino e irradiar el tokonoma,

De este cielo adverso donde revolotean bandadas

De extrañas caligrafías. 

Me voy acostumbrando entonces

Al plagio de rostros y de formas en las nubes.

Desvarío en el agua de toda continuidad

Cuando nos asaltan las Américas muertas,

El proceso de estertorear el trasluz, el hueco ambiguo de la página

(El tachón), (el borrón) que se nos viene desde la pubertad

con las prohibiciones estilísticas y alianzas con el padre. 

Me despliegan un mapa en la reproducción de las manzanas.

Se constelan esta vez las cuartillas desde un futuro,

Alguna coartada para construir su castillo, viajar a Palestina,

Planear con la mejor agencia de viajes               su crucero              para gorgojos

O la sentencia de vivir                

ante el proceso              

 inconcluso                  del juez

y el gotear 

esquizoide

de la bruma

en la colonia penitenciaria.

Hoy se cuestiona todo esto en medio de un chat,

Pulgareando una estrategia comunicativa

Para la sobrevivencia.


RENOVACIÓN DE CÉDULA

ante las situaciones kafkianas…

Cada uno se va como puede

unos con el pecho entreabierto,

otros con una sola mano,

unos con la cédula de identidad en el bolsillo.

Roberto Juarroz

Hoy he tenido miedo de mi identidad.

Ha expirado mi cédula.  

No estoy aquí subiendo este piso,

No estoy allá consumiendo esta escalera;

Cada ser con su paso, cada ser con su pose,

Cada uno con sus kilos, en su peso

Donde no haya fuego ante la propia voz,

La propia voz, una revolución, un manuscrito.

Hacer filas inmensas

Para renovar tu vejez en la foto. 

Llenar mis datos, volver al nacimiento

Y al dolor parturiento de mi madre. 

Gatear y caminar sobre papeles

Burócratas. 

Una fecha exacta para la entrega, para volver a plasmar

Las huellas, comprobar solicitud

Y dar fe de vida o dar fe de muerte

Como si alguien se despidiera en medio de la luz, al otro lado.

Unos se van con su espejo,

Otros se van con su perro,

Otros se van sin su pensión con un sello en la frente,

Otros con su nacionalidad y cédula de extranjería,

Aquellos con una carta rasgada antes de tiempo.

Otros se van sin escribir su mejor obra,

Otros se apresuran a tomar talleres literarios y a dejar anaqueles llenos de letra innecesaria,

Insisten en dejar un libro detrás del árbol o detrás del hijo.

Mejor no se apresuren a nada.

En ese lapso de tiempo, ningún banco o trámite aceptan

De que estás ahí, en ese lapso de la otorgación no existes, mientras

Alguien vive, alguien escribe, alguien rompe papeles, alguien renueva su cédula,

Alguien se equivoca escogiendo a un diputado, a un alcalde, a un presidente,

Alguien asegura que todo ha caducado.


POEMA DE DOLOROSA PRIMAVERA DE LAS HERMANAS DE KAFKA

Aunque la primavera entra en mi corazón como un dolor,

No me quejo.  Algún día seré bienaventurado.

J. C. Bloem

-1-

Nunca he sentido compasión por la primavera.

Las lluvias caen como un fonema gris, como un concierto que han desechado los arpistas,

Puedo tener deseo de abrir una puerta y dejar el corazón colgado como un ramillete de arroz en las fiestas de año nuevo,

Como naranjas oscuras que el tiempo agrieta;

Extrañar a los amigos que aún me llaman

Y que sin embargo siguen habitando mi conciencia

Con una profunda nostalgia como si estuviesen allí apilándose para la confrontación de la esfinge y las arenas.

Las hermanas de Kafka me agitan el pañuelo desde las filas de la Shoa

Elli, Valli y Ottla,

Como si atravesara un puente sin pilotes;

Pues ante la traición es mejor a veces levitar en el aire,

Oír el silbato de un tren

Como un espejo que se ha dejado caer en decenios,

Donde no se aparquen los amores pasados

Ni las naves que olfateen la niebla salitrosa del puerto.

Me abro un umbral en el vientre donde está nuestra madre y nuestro padre con sus rosas de juventud.  Me apresuro a escribir el libro de los dolorosos y fatigantes momentos.

-2-

Hermanas:

Yo me he retrasado antes de colocar estas imágenes como el tiempo bosteza el nimbo de su polvo,

Gaviotas ebrias andan en mi conciencia con sus sílabas cortadas

Parecen niñas sin cuerdas vocales que juegan a buscar un plenilunio deletreado

O una falsa gravitación del café, cuando nos volvemos a sentar para recibir una visita

O la charla de un viejo amigo.

Hermanas:

Han partido al Holocausto con maletas de piel de conejo, ahí pueden caber la infancia, los miedos, los traumas, las risas en los cumpleaños de los niños, las escenas familiares.   Queda un hueco para rellenar con la fecha y las cualidades de sus muertes: el frío y el hambre penetrando en la boca, la fatiga de los trabajos forzados o la lucidez voltaica de la necesidad, el fusilamiento de sus cuerpos judíos o la aspiración de la exégesis de gas.

Hermanas:

Ya no puedo con mi obra.  Ya no puedo interpretar una canción.

Hermanas:

No me gusta emborracharme y veo cada infierno en las botellas,

Cada trago ha de ser alguna falsa recompensa o esa timidez de reconocer lo que no se alcanza.

Veo los restos de cenizas en la chimenea y me dan ganas de llorar carbones

De escarbar entre los ladrillos y buscar el materno fuego.

A veces cuesta observar la vida y al amor sobre una mesa de disección,

Abrir los cadáveres del sueño y con un escalpelo ir hurgando en las luminosidades y en las tinieblas

Pesando los órganos y los momentos y quedarse con la ausencia de los muertos.   Errante yo en la sed de los limbos.

Hermanas:

Hay que aprender a diseccionar lo que viene antes de que venga y sea como un objeto, concreto, contundente.

Hermanas:

Liberad a los insectos.

Hermanas:

Ignorad los disparos, ignorad a los gendarmes.

Aquellos extintos pueden convocar a vivir y enseñarnos cómo hacerlo.


POEMA EN LOS TUGURIOS

quién sabe si trueno en centro y sudamérica

Luis Rogelio Nogueras

Escuchamos cantar al turpial porque somos pobres

Decía la mujer al niño

Y trataba de vadear aquella barca con sus remos y sus arias

Al centro de mi cuerpo,

A esa expansión del coro y de los sauces

A esa eternidad que creí haber perdido, que excavé

En la tramada ausencia de los venados

Sobre la grama verde

Bosquejando el triunfo de la desaparición,

Las sapiencias del dogma, el mimo huracanado

Con que se  empieza a expandir mi voz

Mi adolescencia sin trasgos, la palabra contenida en el eufemismo del hombre

La marcha crepuscular de mis botas

Las revoluciones que se llevan en la lengua,

En la letra y en la sangre

Cuando la pobreza es un hábito que cosemos diariamente

Como la úlcera de Dios

O como el llanto de Job que se rasca con las tejas,

Como el ave nevada

Que va hacia el sol

Orientado a  su disnea, a su vértigo sin fin

Arañando las versiones amargas del mar,

La pobreza de los tugurios

Allá en ese Festival en San José de Costa Rica

Cuando se hace patria entre los pobres

Y los hijos y nietos

Evaporan un tanto

La desesperación y la falta de riqueza,

Los platos pobres que se consumen

En las mesas de pobre,

Los odres y el pebre

Y la comunión virginal con la cebolla

Una lección del paladar

A las depresiones del siglo,

Las esperanzas en rodajas

Los nacimientos hechos de muñecas caducas

O de soldados muertos que invocan

Los arcángeles

O el desamparo de morir a solas,

Presintiendo esa muestra del rayo y del trueno

En el norte, centro y sudámerica

El viejo que se come las sobras del almuerzo en Nicaragua,

La mujer vendiendo frutas en Santiago de Chile

El niño que veo entre las sombras de El Salvador

Que corre a darme un capote

Para resistir la tormenta de Guacayo;

El ciego vendiendo caramelos en el zócalo (México, D.F.)

O desde mi casa de madera

 Las infancias entrecortadas

Como las cartas de un film

Donde me desdibujo

Como las sonrisas de mi madre

O como el amor filial del padre

Entre los platanares que se injertan en la bruma

Y la saloma que va y viene

Sobre los campos de Panamá atestados de frutos buenos y de gente pobre.

Esa es la expansión territorial del hambre

Y la abundancia del fruto en las cosechas,

Las mieses

Repartidas para otras manos

Y hay un olvido de los dioses

En las mesas,

Los odres afiebrados y el pan desvencijándose

(Como un milagro en el polvo) 

Mordemos guijarros y pepas

De café

Para el exterminio

Mi padre y mi madre comieron pepas de café para saciar el hambre.

Yo comí panes en huelga y aumenté la tasa de desnutrición infantil en América Latina.

Aquella mujer del tugurio

Hacía patria con sus innumerables partos

A los cuales se sumaban

Los de mis abuelas y los de las otras madres

Sobre la geografía surreal que trasciende la ventana

El sol nevado sobre las narraciones

Asilándome en una lágrima

 Con sus espejismos y epidemias

Como un puñado de orquídeas

Donde el silencio se vuelve esa drástica circunstancia del reír

O del hablar

Cuando oímos escribir:

Escuchamos cantar al turpial porque somos pobres

Decía la mujer al niño.


POEMA PARA PONERME LAS SANDALIAS

¿Quién puede caminar hasta consumarse? 

Dicen los viajeros

Que apuestan por el peso

De una cantimplora

Con la escasez de alimento dentro de un prisma, cuando desde una mañana cualquiera

Nos tendemos a llorar sobre la senda imaginaria de los árboles

Y cierto es el cuerpo

Cuando la mortalidad ejerce su dominio.

Su cielo se difumina con cada despertar

Cuando toca el halo de su sombra, sabiendo el salto del tigre,

La turbación turquesa, la hierba extinta en el lenguaje del pastor cuando me voy adentro

En medio de las perlas rituales.  El cazador sabe que he dejado

Las huellas en el cieno

Y vivo. 

Podrá reclutarme desde la respiración

Hasta la sombra, hasta saberme impávido y cercano

A ese tiro de gracia, donde en vano trato de reflejar el mar,

Algo que me saque del resquicio, de esa ranura donde suelo acodarme

Como el sexo del caracol con su baba alquímica, su vientre que seduce los senos y la boca,

La crin universal que se encabrita en medio de la espalda, 

Lo que la lengua arrastra en su piélago de río, cada vez más en el pasto luminoso del potro agonizante, rumiante y terreno,

Si en vano, trato de buscar la noche

Que relata sus estrellas con amor acusatorio.

En ella se resume toda la creación del mundo,

Todo el idioma del guijarro se duerme con su canto.  El reloj anuncia

Que otras aves han migrado, que otras presas

Siguen develando su destino,

El de caer antes que el sol

O que el sol

Sea una parábola para encender la muerte,

Esa pequeña hoguera que es apagada por el oficio

De vivir,

Ahora que me delato en este constelar

De ahora y ahora y después como si fuera

Una muralla planetaria. En esa irradiación de los dioses

Me reúno brevemente.

Esquivo el camino de toda rendición.

Salto de una muerte a la página.

Toda poesía termina por cazar,

Por exterminar a lo que amamos, oh fantasma cruel

Y roedor de extensas patas, de hocico en movimiento

Hasta avanzar por la ventana y penetrar en el lecho donde aguardo

La cometida,

El delinear del ojo en algún blanco

O en algún negro,

Disponiéndome esta vez a dejar

Una ars poética en el hielo.

Un infante dibujará entonces con su vara los límites de la tierra

Amontonando civilizaciones y utopías.

No gritaré y dejaré que se promueva el tiro de gracia,

La estrategia del cazador de metáforas que no reconozco. Tomaré una escalera. 

Iré a un sitio donde la humanidad me haya perdonado,

Allí evadiré esa responsabilidad de pronunciar

Una teoría para los sentimientos,

Una fricción con mi yo

Hasta descubrir la trama de lo inmutable.

Dejaremos guirnaldas para las memorias abandonadas.

Pero ya nada nos aflige.

Versificamos sobre cataclismos y otras épocas.

El bosque fulgura en su heredad cifrada.

El fuego se atolondra en el corazón de la madera.

La alabanza y la oración desean emigrar a los labios.

Ninguna hecatombe nos regresará al hogar.

Se me colmará el cuerpo de ángeles y golondrinas.

Los niños se tomarán de las manos para alcanzar

Las carretas repletas de frutas. 

Toda la vida es un mercado.   Todo el mercado cabe en mi página

Y la página está dispuesta a existir y a dispararme.  Su blancura me apunta.

La ciudad sigue engordando como un mango prismado en el trópico.

Los barcos que transitan desconocen el lenguaje

Y el tránsito de la poesía.

Tocaré para ese instante, las estrellas inminentes en la bandera de mi país.

Entonces, en un respiro

Se manifiesta el dolor de nacer

Hasta los ojos.   El cazador,

Por fin, acierta. 

Soy demagogo para la puntería. 

No pretendo dar saltos ni aletear

Ni conmutarme con la naturaleza extinta. 

 El agua de dos mares me descalzará los pies.

Dios me pondrá las sandalias cuando muera.


ORACIÓN POR ERNESTO CARDENAL

Señor,

Tú que ya recibiste a Marilyn Monroe,

A aquella actriz y a aquella empleadita de tienda que fue maga en el technicolor,

Que escuchaste los versos de aquel sacerdote trapense por su alma ya alejada de los reflectores,

Que pudiste ver su intención de que llegara al cielo con su vestido blanco

Y con la poesía que puede convocar a la redención de las rubias,

A ninguna mendicación por la piedra y por el mármol,

Por el último lápiz labial que quedó sobre la mesita de noche y que por aquellos versos, te fijaste en el detalle del teléfono descolgado,

Tú que innumerables veces recibiste aquella súplica desde la voz de Ernesto y desde sus lectores

Recibe ahora a este clérigo que reescribió los Salmos

Desde su Revolución, y que, como el rey David, contempló el mundo en su discordancia y en sus afanes,

Que se dejó crecer la barba y el cabello para enraizar las hondonadas del otoño,

Y que usó una caña de guanacaste para apoyarse entre los pedregales y la sombra,

Entre los guerrilleros que cayeron muertos y se siguen cayendo con civiles y estudiantes en un coro de espesa sangre.  

Vendrá una nueva ceremonia con sus odres y sus frutas,

Con su vino consagrado y las ansias de que su patria fuese libre

Y que ahora aguarda su lugar en la tormenta, en sus vientos frenéticos

Y en sus relámpagos que extienden sus brazos por los ríos y por el mar

Y que anega la barca desde donde predicarás por el archipiélago,

Bautizando el esfuerzo de los que se dejan calar por su nación y sin rendirse.

Creemos en Dios y en lo que hombro a hombro se nos viene:

Esa fiebre por ver el cielo nuevo y despejado.

Eran como las pláticas que no tuve, esa demarcación del texto en el exteriorismo,

Aguardando como la samaritana la revelación en el pozo;

Las imágenes que van y vienen bifurcándose en el hotel o en la sombra del gran lago

Cuando veíamos la isla de Ometepe en aquellos sueños,

Donde los volcanes rielaban

Y la noche parecía extraviarse en las orejas del güegüense

Y así vestido de albas nunca extintas, oficiabas los recitales como una celebración dominical

Y era el nuevo evangelio aquí en la tierra:

Porque al perderte, Ermesto, todos hemos perdido y nos parece remoto el tiempo de la Pascua;

 Los talleres de poesía te recordaban con tu boina negra donde se posaban los guardabarrancos  desde una cordillera

 Y la historia de tu país, más grande y más amplia como la boca del Masaya,

Sigue bramando y sigue succionando todo a su interior: el agua de Nicarao,

La cabellera de Isabel de Bobadilla, el gesto mercenario de William Walker

Y esa cruz de palo, monárquica, rebelada a la fe como tú que te pusiste a cargar el saco repleto de pitahayas,

Viniendo del río San Juan, desde la finca de Coronel Urtecho

Y la luna y el coyote vengan con Pablo Antonio Cuadra a moldear la arcilla

Y otra vez los ojos de una muchacha se replieguen como astros en las rimas de Ernesto Mejía Sánchez,

Porque todos nos unimos con Joaquín Pasos en el Canto de Guerra de las cosas

Y con Ana Ilce Gómez en su barricada, allá en Masaya,

Y decimos Sobrevivo

Como Claribel Alegría y Carlos Martínez Rivas seguirá con su puesta en el sepulcro del amor  resucitándolo cada tres días

Porque estamos con Leonel Rugama, todos, en una trinchera, cumpliendo años, Contemplando las tres décadas sin tus santos oficios,

Arrodillado ante Juan Pablo II escuchando las amonestaciones,

Caminando con tus sandalias de pescador y renovando tu Iglesia

Y aguardando todos que levantaras el cáliz lleno de hostias o las manos llenas de poemas en tu Solentiname,

En esta misa campesina ya fundada, ya cantada, ya luchada y por luchar,

 Oficiando esta eterna misa por tu América,

                                                                       por tu Nicaragua,

                                                                                                         por tu gente.

Señor, tú que también puedes valorar literariamente y humanamente las obras, recíbelo.

En estos tiempos de otras revoluciones y de coronavirus.

A ti, que siempre te llamó para interceder por actrices y por su pueblo.

Contéstale ahora, tú, el teléfono.