RESIDENTE

Espacio para que las voces que migran, que viajan, que transitan y que residen en la figura jurídica del territorio llamado Chile, entre la Cordillera de Los Andes y el Pacífico. Sin caerse al Cabo de Hornos.

Para este número, hemos invitado a Daniel Calabrese. Poeta argentino nacido en Dolores, provincia de Buenos Aires, que reside en Chile desde 1991. Ha publicado: La faz errante (Mar del Plata, 1990), Futura Ceniza (Barcelona, 1994), Escritura en un ladrillo (Kyoto, 1996), Singladuras (Fairfield, 1997), Oxidario (Buenos Aires, 2001) y Ruta Dos (Santiago de Chile, 2013; Roma, 2015; y Madrid, 2017, en la Colección Visor de Poesía). Con este libro obtuvo el Premio Revista de Libros de El Mercurio en Chile y la versión italiana fue nominada al Premio Camaiore Internazionale. En argentina recibió el Premio Alfonsina y el Premio del Fondo Nacional de las Artes. Se publicaron antologías de su obra en Ecuador, Colombia y Uruguay. Traducido parcialmente al inglés, italiano, francés, búlgaro, chino y japonés. Como editor fundó y dirige Ærea. Revista Hispanoamericana de Poesía.


Allá a lo lejos

El sol me golpea y siento que pasa

la calle dura bajo mis pies,

a toda prisa.

No comprendo si soy el indeciso

que avanza y camina

o la sombra misma que va pegada al animal,

ese tractor que me arrastra como a una pesada

capa mojada por la lluvia.

Este animal en el que voy metido,

en sus ratos libres escribe poemas

y después dice: soñé.

O soy la negación de la luz

que me sigue a todas partes,

y la materia blanca, roja, húmeda,

porosa y deficiente, que la acompaña.

Este animal me lleva por el mundo

haciendo lo que sabe: lo que puede.

Ve a otros animales

que se despedazan entre ellos.

Se acerca para comprobar si el río ya está muerto:

todavía se mueve, entonces toma

un poco de agua y se recuesta.

Esa tarde conocí a uno que tallaba letreros

en madera de ciprés.

Se lo veía cansado,

es el polvo de las obras, dijo,

que me viene comiendo los pulmones desde chico.

La tristeza puede ser interminable

para el que aprende a conocer a los demás.

Escuchando canciones italianas

recordé a mi madre a la salida del cine:

habíamos llorado, habíamos reído.

y uno piensa que momentos como ese

mueven a los ríos y detienen las guerras

para siempre.

Pero un día el animal siente que la helada

bajo la que durmió, cuando era un cachorro,

en las estepas del Sur,

ahora llegó adentro de sus huesos.

Y siente que muchas imágenes

empiezan a saltarse el control de su mirada.

Es hora de organizar la resistencia.

Sabe que la guerra tendrá

siempre el mismo resultado: ganará

la muerte, quién más.

Pero la belleza está en las armas,

y la lucidez en la estrategia.

En medio de tanto manoseo,

aunque no lo parezca,

hasta desesperarse puede ser un alivio.

Este animal en el que voy metido

a veces se queda mirando

y no me doy cuenta bien qué cosa ve,

pero es algo lejano,

muy lejano.

Este animal, que en sus ratos libres

escribe poemas y después dice: soñé.


La enumeración

Once amigos y un traidor.

Un río extraño:

tal vez más ancho que largo.

Miles de calles cruzándose

y buscando el infinito

(sin embargo era una sola

y regresaba al origen).

Buena sangre,

para que circule la memoria.

Mala sangre,

para que además de circular

la memoria te haga luchar por algo.

Doscientas viejas cúpulas

y hasta ahí alcanzaban mis ojos

en esos años en que no sabía

alzar la vista.

Diez horas de ceguera

y los ciegos llenos de mi piedad relojera.

Un sombrero arrugado y vacío.

Una mesa, un paño,

un hombre encarcelado por la luz,

soñando con las brasas de una palabra lejana.

Agua, aire, tierra y fuego:

el ladrillo tiene los cuatro principios

(podemos construir,

estamos aptos para la escritura).

Mucha lluvia todo el año,

así la ciudad que uno toca y oye

metido en el óxido

pueda verse cada día.

Once poetas, un traidor.

Una fosa.

Dos bolsas de huesos encontrados con las manos.

Un perro que entiende los ojos del hombre

y la tristeza del río que se trepa en la mirada.

Una mujer de hierro en cada plaza,

y que la lluvia tarde siglos

en llegarle al corazón.

Una mujer de hierro al costado de la vía.

esperando de su amor un fuego irreal,

con dos guantes de amianto.

Treinta libros viejos,

la mitad leídos, la mitad hecha pedazos.

Una rueda de hombres ocultos

tratando de encerrar el tiempo.

Once músicos, un traidor.

Cuatro estrellas y una cruz: el Sur.

La mitad redonda de una naranja.

El tratado de Piazzolla sobre esta ciudad,

y un cielo para las cosas: la tierra,

porque todo ahí es verdad.

El movimiento indiscutible de las piedras,

los mares y los zapatos.

Los surcos en las caras de los viejos.

Una permanencia que, hasta ahora,

no se mezcla entre la gente.

El zapatero y todos los que puedan

ver las cosas con su propia luz.

Dos cuerpos: dos y dos

el que traemos puesto

el que llevamos para el impacto,

el otro, el otro,

y cuando se junten esos cuatro

sean dos (y dos en el espejo), dos

subiendo la escalera tomados de la mano

metidos en un solo cuerpo, cuatro piernas,

dos cabezas (ese monstruoso amor).


Chatarra

Nos alejamos del letrero Zona Urbana.

Buscábamos calles abiertas, largas vidas,

hilos de cobre, vías de ferrocarril.

Alambrados con pájaros,

que son como pentagramas,

espinas de pescado atravesadas

en la garganta.

Queríamos un horizonte,

el rastro enfermo que viene dejando el sol,

líneas de cebra, de babosa, bancos

de plaza pintados en la espalda

y la espuma que deja cuando rueda

una lata de cerveza.

Hay mucha gente en esos trenes oxidados.

Una gota de sudor les corroe la memoria

más que todo un mes de lluvia.

Los chicos van mutando, tienen los dedos

como tornillos, vuelan entre chimeneas de latón.

Las ventanas dan a un río de chatarra.

Adivinen el color de los ángeles ahí.

Pedazos de autos, latas de pintura,

rollos de alambre, viruta,

los restos de un cartel y su modelo

deshaciéndose como un cadáver.

Adivinen el color de los ángeles ahí.

Los esqueletos de las bicicletas

y todo lo que el trabajo de la lluvia

y sus líneas incontables trataban de soldar.

Importante es el aire que separa

los alambres del agua.

Qué hermoso es vivir a la orilla de un río.

Las vidas son interminables.

La sabiduría es grande.


Los demolidos

Aparecemos siempre desde la luz,

como los mudos que se expresan con la sombra.

Somos una combinación estrafalaria:

un poco antiguos, algo modernos,

con esta vida abandonada pero llena de brillos

y un interior de tapicerías negras.

Se oyen los ruidos propios de una demolición.

Taladros, golpes, derrumbes.

Hay humo.

Todavía nos queda una casa abierta

donde podemos dormir y ver el aire negro

raspado por las constelaciones.

Pero se oyen taladros, golpes, derrumbes.

Acostumbrados a mirar el cielo oscuro.

Acostumbrados a dormir con un ojo abierto,

estamos asomando cada día, pero cada día

el tiempo se desmorona.

Hay gente que trabaja, se oyen otros ruidos.

Hay un tipo sobre el andamio

que bordea de noche el precipicio

iluminado por algunas monedas.

Antes sonaban las guitarras y los relojes.

Pero hace tiempo que los relojes detenidos

se tiran a la basura.

Van a demoler la calle,

van a demoler las ventanas,

la luz que entra por las ventanas,

y después vendrán todas esas molestias.

La grúa operando en este paisaje cruel y hermoso,

como si una tragedia estuviera a punto de ocurrir.

Golpes de luz en el agua, en la piedra.

Golpes a la belleza de Dios y los perros violentos,

como en esas increíbles noches griegas.

(Se intensifican los golpes de martillo.)

Se oye un estruendo, cae un muro

y parece caer el soporte numérico del universo.

En cambio, la pequeña demolición de los cuerpos

no se oye,

la de la calle, la maldición de los suburbios,

la opinión chiquita de las viejas y los descaminados,

el día en que te golpearon, lenguaraz, no se oye,

ni los goterones de la sangre espesa,

ni la servilleta de papel con tu nombre escrito,

silenciosamente, no se oye.

Escuchen. Escuchen bien,

que si prestan atención

oirán esos gritos cada vez más débiles.

Queda sólo una taza, un vaso, dos o tres platos.

Ayer se vino abajo otra repisa con las vibraciones.

La delicada destrucción está pasando

justo ahora,

por este exacto lugar.


El lingote de hierro

Aunque lo azote con brusquedad,

un viento

no podría moverlo.

El niño de la casa lo levanta con esfuerzo.

Sus manos se oxidan un poco.

Lo afirma con cuidado sobre las patas

del cachorro, para que no se vaya.

A veces lo desliza en la vereda

y un rumor sordo, como de tormenta,

raja las siestas del verano.

Nadie sabe su procedencia, sabemos

que una vez lo usaron para aplastar fotografías.

El niño de la casa calienta el lingote al sol

y lo deja en la caja donde duerme el perro,

para que no sienta frío.

Con el paso del tren, el lingote

vibra y resbala

como si respondiera a un antiguo llamado.

Lo querían enterrar y desenterrar

para entender la muerte.

Siempre tropiezan con él y lo apartan

como a un sapo.

Dicen que cada día pesa más.

Para todos la vida va empeorando,

pero el lingote permanece casi igual.

A veces desprende una gota de herrumbre

como la que vieron salir de la nariz del vecino

antes de cerrar el ataúd.

El niño de la casa lo vuelve a dejar

bajo el sol despiadado

y mide su crecimiento.

Adentro del agua

resulta más pesado todavía.

Juega a que es un barco cerrado.

No sabe si debe salvarlo

o dejar que naufrague.


Cuidado con la realidad

Esto es un paisaje real.

Las cosas suceden como debajo del agua,

los sonidos, tu voz, aquellos motores

que arrastran sus cargas pesadas en la ruta,

la respiración del semáforo, una luz,

la hiedra apretando la noche,

otras luces redondas en la plaza,

el aura densa de todos los objetos, como ungidos,

y las columnas, bajo la humedad de un cielo

donde retumba cada paso.

Es un lugar tan real

que todo se muestra

como si existiera dos veces.

No hay vacío,

el exceso de materia no deja sitio para respirar

y entonces, cualquiera,

bajo la luz quebrada de estas ramas,

en este fondo cálido de pantano citadino,

cualquiera, digo, se vuelve un pez.

Es un paisaje demasiado real,

aunque un vidrio nos separe

de los roces cotidianos,

aunque estemos sentados frente

al mundo que, en cualquier momento,

se desintegra con apenas un corte de luz.


La caída

Un hombre se derrumba.

Parece que busca rutas olvidadas, playas,

una siembra, en aquellas regiones perdidas

donde ya no gira más el sol.

Es imposible que yo mismo sea

el hombre que cae por la ventana.

Menos mal que se desplomó

desde su propia mirada

y que una roldana lo desliza

como si sujetara un piano,

mientras la tierra lo baja y lo baja

tensando la cuerda podrida

en un lento teatro de suspenso.

Menos mal que se deshoja

y revela su peso inusitado,

como un Cristo de Grünewald.

Imposible que yo sea el que salta del mundo

y flota unos instantes sobre su propia risa.

El que vuela como volaría un árbol

arrancado por las tormentas

que lavan y deslavan el aire.

Es imposible que yo sea alguna vez

el hombre que cae por esa ventana,

tan extraño, tan nítido.


Tubos de gas

Alguien entrará a la casa, alguna vez,

y al encender la luz

todo estallará en mil pedazos.

Alguien hará los mejores poemas,

pero también hará los peores.

Es impresionante ver la gente en esas plazas.

Desde aquí arriba parecen ir en todas direcciones.

Su movimiento es similar a los espermios

en un microscopio.

Hay que darle al ojo.

Meter el ojo en una tubería es un ejercicio de belleza.

Las corrientes, ¿por qué vienen?

La frustración, ¿por qué?

Antes leíamos como animales que pastan

y eligen la hierba más tierna.

Pero después de un tiempo ya no.

Ahora engullimos el pasto seco,

la hojarasca masticada hasta el cansancio.

Y como aquellos que se van de la casa más amada,

nos alejamos de la poesía amarga.

La llama es azul, aséptica,

como para que en ella no viva siquiera

una mísera salamandra.

Ahora que los fuegos son fríos,

esperamos al genio, vivimos en la sombra.

Meter el ojo en una tubería es un ejercicio de belleza.

La casa va a estar sola y por ahora

se siente mucho olor a gas.

No faltará el desconocido que llegue fumando.