RESIDENTE

Espacio para que las voces que migran, que viajan, que transitan y que residen en la figura jurídica del territorio llamado Chile, entre la Cordillera de Los Andes y el Pacífico. Sin caerse al Cabo de Hornos.

Para este número de confinamiento, hemos invitado a Miguel A. Hernández Zambrano (Venezuela, 1983). Licenciado en Letras por la Universidad del Zulia (2007) y M.F.A. in Creative Writing in Spanish por la New York University (2017). Ha publicado Antología del descapotable (Maracaibo, 2006), la plaquette de poesía Cotidiano (Buenos Aires, 2010), Un decir errado (mención especial del I Concurso Nacional de Poesía Delia Rengifo. Caracas, 2011) y ¡Oh, lorem ipsum!, poemario ganador del IV Concurso Nacional de Poesía (2013) de la Casa Nacional de las Letras Andrés Bello. Reside en Santiago de Chile.


Esperábamos demasiado del lenguaje que hablábamos
como si en él hubiera algo escondido
pero no eran más que palabras las cosas que decíamos
palabras apenas pronunciadas
con mucho temor
sin confianza
por eso no sonaban cuando alguien las quería decir
y pasaba la imagen en silencio
el muting de la noche porque alguien duerme al lado
había más ruido en el bar de la esquina
donde nadie sospecha de aquello que dice
de su dictamen
del deseo que hierve detrás de cada sílaba
en lo oscuro del paladar
como una fosa llena de deseos que solo pide una forma
una línea, una frase, una sentencia
donde no quepa duda alguna
y calme toda la angustia que se asienta al fondo del vaso.



Ya no sabíamos qué decir por entonces
las palabras no se parecían a lo que conocíamos
así que empezamos a besarnos entre todos
como una gran lava derramándose
e intentábamos así decir algo
comunicarnos
explicar que no sabíamos un nombre
una dirección
que necesitábamos tomar un trago porque el día no había sido bueno
que queríamos una taza de café en el café, tal vez un postre
que necesitábamos ver a nuestros padres y hermanos
abandonados en una tierra hecha de puro espanto en un lugar del sueño apenas pronunciable
pero no había caso
no nos entendíamos
no sabíamos cómo hablar
cómo dejar algo con sentido
nos fuimos olvidando de todo y andábamos por nuestras casas como insectos melancólicos
esperando el golpe justo
o que fuese de noche y que el sueño nos hiciera añicos para borrarnos del todo
algunos tomábamos pastillas y nos abrazábamos más de la cuenta
otros solamente bebíamos
y otros más solo estábamos encerrados tras la puerta
resignados ya a no poder hablar con nadie
a volver a ver a los mismos presidentes repitiendo la misma retórica planetaria del deseo
planetario
(no sabemos cómo, pero parecía que lograrían seguir dando discursos con algún tipo de señales
apenas inteligibles)
por eso empezamos a enviarnos imágenes, caras, dibujos, fotos tomadas con teléfonos
—acaso lo único que nos quedaba para entendernos medianamente—
y distintas clases de signos para decirnos que
después de todo
nos queríamos
a pesar de todo
aún nos queríamos.



(Había en aquellos viejos libros infantiles otro país particularmente extraño. Al parecer se llamaba Chile, pero los registros no coinciden. A veces escrito también Shile, $hile o $h¥l€, entre otros muchos nombres. El lenguaje desapareció ahí mucho antes de mi nacimiento. Se dice que quedaban grupos antiguos, de otras galaxias, que atinaban sonidos heredados de las piedras, pero no mucho más que eso. Lo primero en desaparecer fueron las vocales, que pronto fueron remplazadas por algunas consonantes como la x . Para entonces ya el agua alcanzaba hasta la garganta de los moradores de esos valles y desiertos. Después vino la pérdida de comunicación.
Llegaron habitantes de diferentes planetas, incluso de otras galaxias. Cada quien hacía sonidos distintos y aplaudía por cosas diversas. La tierra toda se llenó de extraterrestres con sus gorjeos y zumbidos específicos, por lo que no hubo forma de legislar sobre esa parte inhóspita del planeta.
Así, sin posibilidad alguna de comunicación, las palabras antiguas, heredadas de otros imperios, se fueron dejando de usar poco a poco, hasta que un día una madre no pudo darle los buenos días a la hija y, sin más, con una mueca triste, ambas entendieron que todo había terminado. Que se
habían amado, pero que ya todo había terminado.)



Antes que perdiéramos toda comunicación
Felipe dijo que seríamos como piedras
Ignacia, que de alguna forma tendríamos un lenguaje
y luego habló del Apocalipsis
pero eso fue hace mucho tiempo
y no sabría cómo referirme a esa época
solo que para entonces aún decíamos cosas
torpemente
haciendo gestos exagerados como ensayando un nuevo idioma
y jugábamos juegos de mesa
y comíamos pizza como si hubiera un mañana que pudiéramos imaginar
pero este estaba más allá de nuestras palabras
y más allá de eso
éramos niños girando en un columpio desvencijado
repitiendo una sola sílaba
buscando el punto en que la saliva encuentra nuevos colores y nuevos sabores
sílabas como ti
como ra
como fe
como ma
como pe
hasta que la mecánica de la lujuria nos hacía caer en el pasto seco
para buscarnos y tocarnos unos a otros
como piedras llenas de cargas eléctricas
imposibles de acomodar sobre un escritorio
así fue como llegamos al fin del tiempo
un día que temblamos más de la cuenta
y perdimos los últimos vestigios de palabras
que brotaban de los dientes.



Ya no sabíamos cómo hablar
y hacía tiempo que vivíamos alejados unos de otros
por eso cuando hubo necesidad de salir
nadie confiaba en nadie
y nos mirábamos de reojo
o nos cambiábamos de acera para evitarnos
las pocas personas que se tropezaban
despedían un sonido metálico que nos ponía nerviosos
habíamos dormido un largo sueño
y ahora damos tumbos
como recién nacidos que se abisman por primera vez al patio de la calle
ansiosos y temblorosos
por eso nos mordemos los dedos
y miramos con sospecha el sol
—demasiado fuego para los nuevos metales oxidados
que empezamos a ser —
por eso ya no sabemos cómo buscar comida o bajar las escaleras
no hay forma
todo quedó en la memoria de un cuerpo antiguo
blando y frágil
demasiado acostumbrado al sexo y a bebidas hechas para la desmesura
por eso estábamos enfermos y tristes
por eso seguimos enfermos y tristes
pero con órganos renovados que solo podrán soportar nuestra ruina unas pocas centurias
hasta que vean cómo nos masticamos unos a otros
puro balbuceo
puro grito hundido en la garganta
sin posibilidad de pedir auxilio
saliva demoledora
saliva-máquina de desechos
huesos de miedo
pieles ansiosas que fueron dejando atrás las compras diarias
las 900 notificaciones de los viejos teléfonos
el paseo del GPS
las vibraciones de la pierna
los músculos de silicio
el hambre fantasma del falso estómago
el deseo imposible de quien nunca ha existido
y todo lo que creímos que nos salvaría finalmente del silencio
y de la recién estrenada soledad.