RESIDENTE

Espacio para que las voces que migran, que viajan, que transitan y que residen en la figura jurídica del territorio llamado Chile, entre la Cordillera de Los Andes y el Pacífico. Sin caerse al Cabo de Hornos.

Para este número de confinamiento, hemos invitado a Eleonora Finkelstein, poeta y editora. Nació en Mar del Plata, Argentina, en 1960. Estudió Literatura en la Universidad Nacional de Mar del Plata y Teatro en el Conservatorio de Arte Dramático de esa ciudad. Trabajó como actriz y profesora de teatro durante 10 años. Es autora de los libros Hamlet y otros poemas / Hamlet and other poems (1997 y 1999. Edición bilingüe, Fairfield University, Estados Unidos), Las naves (Las dos Fridas, Chile, 2000), Delitos menores (Melusina, Argentina, 2004 y 2016), Todo se transforma (Valparaíso México, 2017), Grandes inventos (Buenos Aires Poetry, Argentina, 2018) y Partes del juego (Editorial Lilliputienses, España, 2018). Es autora, además, de numerosos artículos y traducciones. Ha sido parcialmente traducida al inglés, francés e italiano. Actualmente se encuentran en preparación las ediciones bilingües de Delitos Menores y Todo se transforma, en inglés e italiano respectivamente. Desde 1991 reside en Santiago de Chile, donde se desempeña como editora y directora de publicaciones de RIL editores. Es co-fundadora y directora de Ærea. Revista Hispanoamericana de Poesía, y de sus colecciones de poesía y traducción.


EL FUTURO ES UN VIEJO CADÁVER

I

Siempre al frente, todo lo que se pueda imaginar:

un mar mínimo, tus propios ojos,

un mar enorme, estas últimas hojas en blanco.

El bosque líquido en la superficie y las profundidades

con su perfecta industria montada allá adelante.

No te hundas. Respiremos.

No conviene esperar tanto,

puede que se haga tarde.

Demasiado futuro y al segundo intento

olvidamos nuestra verdadera cara,

nuestro verdadero cuerpo

aquello que deseamos y conseguimos

acá mismo, atrás, hace ya décadas.

Respiremos de nuevo.

II

Por mi parte, voy constante pero un poco perdida.

Ya sé que tomo riesgos inútiles:

ridículos, heroicos, vulgares.

Ninguno perfecto porque sigo aquí,

cuando debí haber muerto hace siglos

junto a mis antepasados.

Pero todavía me gusta hablar de ética, de los griegos,

del beat, de cocinar como mi abuela y de las hierbas frescas.

Lo cierto es que soy siempre la que anda en las cornisas,

¿me alcanzas a ver, a escuchar?

Me digo, adelante, hacia adelante,
y me aplico a la sola idea de que la intensidad

termina por alumbrar bien el camino.

Pero ya han pasado tantos años

desde aquel tiempo que llamábamos futuro.
Por entonces creíamos, y lo habríamos jurado,

que el mundo aún tenía arreglo.

III


Ahora, deseo la vida de un árbol o una fruta,
Crecer y envejecer, así, como una verdura.
O una cosa con menos voluntad de marcha.
Y no es que quiera morir, no. Respiremos.

Solo quiero dejarme estar, al menos por un tiempo.

Que me lleve el espacio en su barriga y que vaya adónde quiera.
Estoy cansada de ser yo misma todo el tiempo.

De funcionar como una máquina. 

Ya lo sé, no es Saturno. Es el mismo cielo trastornado.

No hay adelante, ni atrás:

estamos rodeados por un fuego sin metáforas.

Un gran fuego indiferente que también tiene sus planes.

El atardecer es de color barro claro y el sol

tiene ese rosado moribundo.

No es tan fácil apenas respirar, pero no te hundas ahora.

Los que llegamos hasta aquí estamos

cansados, pero reuniendo fuerzas.
No hace mucho, encontramos un par de razones modestas:

1) Futuro es el próximo segundo.

2) La verdad no es una suma de datos.

Respiremos.



MISTERIOS DE LA NATURALEZA

De tanto en tanto

(más seguido de lo razonable)

hay un animal que se instala en mí

y hace su cueva como si fuera

a quedarse para siempre,

con sus sentimientos retorcidos

y sus fiebres brutales.

Es un sentimiento animal.

Pero no quiero que entiendan rápido,

como suele ocurrir, y piensen en algo químico,

como si se tratara de un sofoco, de sexo,

de unas flores secas dentro de un libro,

un viejo amor, o uno de esos rubores

ridículos que no se pueden controlar. No.

Esta que les digo es una cosa de bestias.

Tiene que ver con arrodillarse y cavar.

Con andar en cuatro patas.

Con tener zarpas y pensar en carne cruda,

con tener miedo de los propios dientes.

Tiene que ver con perseguir algo y jadear.

Perseguir algo y reventarse el corazón.

Entonces hay que acostarse

y dormir bajo un árbol.

Y sentir esa humedad y ese frío en el pelaje.

Soy alguien vivo y trato de descifrar

este asunto. No lo veo claro:

tengo un animal que se acerca y a la vez

está cada día más lejos. Por eso les digo,

tiene que ver con la inconsciencia,

con perseguir algo hasta olvidar por qué.



SAME OLD SHIT O LAS BUENAS DROGAS

Nada de aquí adentro está en disputa.

Esta cabeza es mi patria.

Toda mía, completa,

con lo que trae adentro.

Puede que tenga algunos problemitas:

ciertas bestias al acecho

unos fantasmas familiares

que suelen susurrar obscenidades.

Y lo típico: ansiedad, insomnio,

ganas de no mover más ni una célula

y acostarme a dormir, callar.

Esa tristeza de baja frecuencia.

Pero deténgase, por favor,

a pensar un poco en todo esto:

se acaba. Y se acaba

de la peor manera:

me refiero a la vida, al amor,

a cada una de las cosas

por las que podríamos morir.

Qué paradoja.

Y lo peor, nada nos garantiza

que esto pare con la muerte y sea todo,

ni que continúe el sueño como dicen

los delirantes, los sacerdotes, los poetas.

Esa clase de gente.

Pero, vamos, ninguno sabe

por qué está acá, ni para qué.

¿Es algo horrible, no?

Más de lo que alguien

puede soportar por varias décadas.

¿Le parece que un poco de ansiedad,

de insomnio, etcétera,

es la gran cosa?

Y no me venga con vueltas.

Nada de aquí adentro

está en disputa, dije.

Esta cabeza es mi patria.

Toda mía.

Deje de especular con soluciones,

con mentiras terapéuticas.

Esto no tiene nada que ver

con mi padre, con mi madre.

Deje de preguntar

que no hay respuesta,

y de una vez por todas,

haga algo por mí. Algo frío, sintético.

Cien por ciento eficiente mientras dure.

Por favor, suelte la receta.


UN POEMA ZEN ANTES DE 24 HORAS

Unos cuantos segundos serán suficientes,

de pronto habrá pasado un día

y así es desde el principio.

Después, las décadas

caen sobre nuestras cabezas

como cuando se declara la guerra.

Pero volvamos a los días apenas

unos tras otros, en línea, intrascendentes

en la tierra templada por la repetición.

Somos felices solo por saber qué viene después.

Felices de movernos con seguridad coreográfica

en estos terrenos difíciles.

Sigamos así, una cosa por vez y por ahora

marchando junto a los insectos más pequeños.

Giremos rápido antes de que se ponga el sol.

Este es un buen lugar donde enterrarse:

el futuro existe, de acuerdo,

pero existe en su mínima expresión.


LOS VIEJOS, BUENOS TIEMPOS

(Berkeley,  1968 -1998)

Vuelvo a ese lugar y sin embargo

no es el mismo lugar en absoluto.

Sobre el suelo: la memoria es

una niebla dura y ácida

que nos llega hasta las rodillas.

Tan dura y tan ácida

que terminamos por arrastrar los pies.

Muy cambiado y tan igual, digo a mi anfitrión

que señala a las ardillas de su jardín

de un modo tan conmovedor:

-Here! There! Here! There!

¿Qué habrá sido de las mejores

mentes de tu generación?

II

El viejo poeta declara:

cuando los versos se escribían solos

mis amigos los firmaban, nada más.

Pero esta misma nube

que ahora nos hace arrastrar los pies

por entonces se subía a la cabeza.

Con solo chasquear los dedos, directo a la cabeza.

To the top –grita señalándose la sien.

III

Lo que dijo un personaje italiano

en el libro de un autor alemán

fue lo que hace mucho tiempo

transcribí en un poema

(no en este, que es casi en inglés):

“Cultiva un pequeño jardín

-según el consejo de Virgilio-

y todo lo que digas

que sea bello y bueno”.

“Bello y bueno”, subrayé.

Es que entonces era una niña

y ahora también, ya ves,

aunque haya envejecido tanto.


TODO EL RESTO

a G. M. (in memoriam)

I

Lejos de mí, de Alejandría.

Morirse balbuceando

algo de Justine.

Algo, acerca del amor y cosas

peores todavía.

Ay, aquellos tiempos

cuando trabajábamos

y trabajábamos como hormigas

desvelados en puras inutilidades.

Un poco más flaco y ya estás muerto,

le decía y enterraba

mi dedo en sus costillas.

Gramo más, gramo menos,

ahora ya estás muerto.

II

No sé. No estoy segura.

Podría saludar esos huesos felices

si pasaran volando

como pájaros prehistóricos

con ruido de articulaciones.

Podría incluso saludar a la bandera.

A cualquier bandera

mientras las cosas fueran lo que son.

Pero tampoco estoy segura.

Y ahora no sé dónde encontrarte

manchado de tierra persistente o rojo vivo.

Colgado de vos mismo en el esqueleto

de siempre y sin embargo nuevo

cada tanto,  cada poco. Creo.

Pero no sé y me horroriza, me horroriza

como si hubiera muerto un niño.

Sólo la ciudad es real.

Sólo la literatura

y este ardor en la garganta

y mi manera de adorar el suelo

como si a esa altura existiera el paraíso.

Pero sólo la ciudad es real.

A veces, la literatura.

III

Quizá recién ahora se trata

del último suspiro,

del asma o de la marihuana,

de la transformación definitiva.

Existe y no está allí,

se puede tocar y en verdad no.

¿Lo vemos, no lo vemos?  No sé.

No estoy segura.

Sólo la ciudad es real

y la suela del zapato.

Sólo la literatura y el ardor

en la garganta.

Acaso podamos posar la mirada

sobre la superficie de las cosas.

Acaso hacer callar

el silencio que nos rodea.

Acaso perder la compostura y gritar,

incluso morir,

y el tipo que muere en este caso,

en serio,

ese sí que estaba loco.


NIÑOS

1.

Igual que Ginsberg, Patti Smith,

yo también pensé que eras un chico.

Fue la primera vez que te vimos:

Allen en el Chelsea Hotel, en los 70, creo.

Yo, en una foto, en la década siguiente.

Soñé que dormíamos juntas.

Me pegaba a tu espalda

y era la noche, como siempre,

algo parecido a una cabalgata.

Entonces, me despertaba para dibujar

un retrato tuyo con un lápiz negro.

Un lápiz como una rienda, que cuando quería

se volvía blanco para iluminarte el cuello.

Era un camino largo donde pasaban los caballos

galopando hacia tu cabeza sin salida:

en uno iba montada yo.

En ese mismo sueño me salía del cuerpo

y miraba de lejos mi nuca rubia con el pelo revuelto.

Estaba dormida sobre un papel que tenía tu cara de chico.

Al otro día y al otro, repetía tus gestos y tus actos.

Por ejemplo, me corté el pelo frente al espejo

con una tijera desafilada y un cuchillo de cocina.

El efecto fue grandioso: escribí poemas.

2.

Por aquel tiempo besé a dos mujeres

las únicas de toda mi vida

(éramos solo niñas),                                                                           

Blanca e Inmaculada se llamaban.

—Una de las dos afirmaciones anteriores es falsa—

También, para andar a tu ritmo,

tuve un novio gay tan guapo.

Un artista trágico, el más guapo.

Sus ojos eran igual de verdes

y abiertos como lagos.

Bautista se llamaba (vaya nombre)

y andaba traficando agua bendita.

—Una de las dos afirmaciones anteriores es verdadera—

Me adoraron, pero nunca fue suficiente.

Ellas lloraron por mí. Pidieron

por la salvación de mi cuerpo (¿o de mi alma?).

Él, como prueba de su amor, pasó una noche entera

acariciándome los brazos destrozados.

—Todo lo que afirmo es verdadero y falso al mismo tiempo—

3.

Estas son de las buenas historias de mi vida

y digo sus nombres para que me crean a pesar de todo.

Porque no era fácil seguir aquellos pasos.

El arte nos fregó, dijo Bautista en su lecho de muerte.

Blanca asintió: triste pero cierto. Inmaculada

se volvió negra, así, frente a nuestros propios ojos.

—Es verdad, lo juro, es falso—.

Éramos niños, querida, claro

y todavía no ha cambiado nada.

Seguimos creyendo en los milagros y somos

inestables como sueños. Hipersensibles:

estamos hablando de caballos.

INVENTAR, DESCUBRIR, CATALOGAR

I (de algún modo hay que orientarse)

De nuevo en busca de las fuentes del Nilo,

pero esta vez, en gran medida,

supimos la diferencia

entre muchas cosas que parecen iguales:

inventar, descubrir,

moverse o quedarse un tiempo más. 

Entonces, nos dimos a la tarea de ver

y terminamos viendo con claridad

frente a los ojos

todo aquello que sabíamos esperaba por nosotros:

el agua mítica, el desierto rojo,

las aves que anticipan la suerte de los expedicionarios.

Vimos hombres desfilando

en los caminos de nuestras cabezas.

Vimos casi hombres, también, demacrados

por el hambre de la estación seca.

Luego, llegamos a nosotros mismos,

cosa curiosa y poco probable,

los cuellos inflamados,

las manos y los pies ajenos,

fijando en esos insectos de fábula

unos ojos de locos.

II (conclusión a la usanza de la época)

Agotados, aun de nuestra imaginación,

merecimos la gloria en la Sociedad Científica:

el destino quedó inventado.

Recién entonces pudimos empezar el viaje.

Aquello que encontráramos

quedaría embellecido para siempre.

Y así fue. Tal como lo soñamos.

A esta altura, no es secreto para nadie,

que las fuentes del Nilo son una realidad.

Y que, una buena realidad, de rigor y densidad probados,

que se pueda inventar, descubrir, catalogar (en ese orden)

no se concibe a sí misma y más bien se funda

en las partes vacías, en lo que no hay.