SEÑALES

Hay señales que advierten esperanzas y nuevos caminos. Señales para entrar a mundos distintos.

Para este número, Zenaida Suárez Mayor, académica de la Universidad de Los Andes, Chile, comparte la presentación del libro Trópico de Libra, del poeta Marcelo Nicolás Carrasco.

Trópico de Libra de Marcelo Nicolás Carrasco o desde el firmamento sonoro

23 de enero de 2020

A la memoria de Armando Uribe;
con el deseo de que la muerte lo haya llevado con vítores hasta Cecilia.

Conocí a Marcelo Nicolás hace unos años, en el Espacio Estravagario de la Fundación Neruda, exactamente el mismo día que, minutos más tarde, él mismo me presentó a Héctor Hernández Montecinos. Es decir, conocí a Marcelo Nicolás un día en que fui feliz.

Mi amistad con él se ha ido trabando lenta y armoniosamente como la de dos niños que se van haciendo amigos a fuerza de darle patadas al balón, de intercambiar cartas o jugar a las escondidas y, cuando se dan cuenta, el tiempo ha pasado y el cariño está instalado desde siempre.

Pero cuando Marcelo me propuso presentar su libro supe inmediatamente que no era por amistad, (porque para eso también sirve conocerse, para adelantarse a las intenciones del amigo), sino porque algo en este libro debía estar rondando el formato excéntrico en el que se desenvuelve mi quehacer académico desde hace años; porque Marcelo es, a pesar de su corta edad (o quizá gracias a ella) un ser de una integridad y una sensibilidad sobrehumana. Él no escogería a las amigas para presentar su libro, él escogió a las personas que lo iban a leer con ojo crítico (aunque no sé si lo logró).

Trópico de libra es una obra de contrastes lumínicos y musicales. Desde el título, atravesado por la idea del eterno retorno en que se anclan un concepto bio-geográfico (trópico) y otro astrológico (libra) y que recuerda inmediatamente, como así lo afirma Carmen Bérenguer en la contratapa, a la obra de Miller; esta completud va a concretarse aún más cuando, ya instalados en su interior, descubrimos el notable despliegue “textovisual” de estructura explícita y nos atrapa la idea de lo circular; idea ya contenida en el propio vocablo “#trópicus#” que cierra, o encierra, en su centro, al signo de libra.

El recorrido por la obra es agradable (en un sentido estético) pues a cada giro de página, una nueva sutileza nos aguarda, un nuevo gesto nos interpela, una nueva disposición, estructura o visualidad… pero en el nivel profundo, en el contenido textual, los giros, las referencias, los tropos, nos hacen saltar de emoción en emoción, como cuando en el primer poema del libro “Bajo un cielo de estrellas”, leemos: “las fugaces no son las estrellas / sino nuestros pasos por encima de la hierba húmeda / y regada de cenizas de cigarros viejos”.

El libro de Marcelo está signado claramente por voces femeninas, no exclusivas, pero sí decisivas para completar su signo último. Su epígrafe inicial, por ejemplo, de Emily Dickinson, nos pone sobre las pistas de lo que será un recorrido astrológico y tonal: “Hay otro firmamento siempre sereno y hermoso” … lo que sigue: una imagen del signo de libra y la partitura del bello tango “Lluvia de estrellas” de Osmar Maderma… y es que Nicolás es un melómano ¿sabían?

Dos planas en negro con mensaje en blanco, (que recuerdan a los negativos martineanos) y tres planas en blanco con mensaje en negro se nos cuelan en las páginas 13, 33, 40, 62 y 63. En las negras leemos: “El miedo a la oscuridad proviene de no abrir los ojos”…“la oscuridad es lo único que brilla en medio de la luz”; dos sentencias aclaratorias, reveladas desde el reverso de la idea en que se contienen, como un contrario, como una apertura, como un rayo lumínico que nos despierta del ostracismo.

En las blancas, sin embargo, aparecen dos contraposiciones bilógicas; la primera: “Tanta agua bajo el puente y nada nuevo bajo el sol” nos anuncia la insustancialidad del paso del tiempo; la segunda (dividida entre las páginas 62 y 63): “lo que nos une       es la línea divisoria” como una emulación a Vasconcelos cuando nos dijo que, “lo único en que todos los hombres nos parecemos es en que todos somos distintos”.

Poemas signados por fórmulas matemáticas y otros por fórmulas musicales (que son también fórmulas matemáticas -o viceversa-) como “Anotaciones en torno a la ecuación lineal de primer grado” o “Shh” también nos hacen pensar en los impulsos matemáticos que recorren la obra de Martínez y, al encontrármelos todos: las planas en negro, las fórmulas, el silencio de John Cage adherido, empiezo a entender la elección de Marcelo para que yo presentara su libro, porque salir del asunto Martínez es ya para mí un imposible.

Asociada al firmamento estelar está siempre la idea del sueño: en “Atrapasueños” leemos: “No es necesario dormir para soñar / y no soñar no es estar despierto” como en “Nocturno”, donde, tras el epígrafe de Sara Teasdale que anuncia que “Habrá estrellas para siempre, mientras durmamos”, encontramos unos bellos versos finales: “Cuando una estrella se introduce en los que duermen / entonces hablaríamos de un sueño. / Despertar es una chance de estar vivo / acostarse es la esperanza de volver a despertar.”

Sin embargo, temáticamente hay un giro hacia la mitad final del libro. Ahí, Marcelo introduce una temática menos abstracta que sitúa la voz poética decididamente en un Chile desalmado que, en “Volverán”, grita a su madre: “Si preguntan -que lo dudo- diles que era un laberinto de animales de concreto” o “Me llevaron. Di que me llevaron. Que no fue tu culpa. / Hazlo parecer una mentira. Así te creerán / y nos veremos en las noches, madre.”

El mallarmeano juego con los espacios de la página, con los formatos y tamaños textuales, es evidente en Trópico de Libra; también el uso del collage y la presencia insistente de la imagen martineana. Sin embargo, hay también una clara referencia a Neruda en el texto “¿?” que hace tales sublimes asociaciones que me daré el placer de robárselo a Marcelo para leerlo acá:

Quiero terminar con una referencia a un texto decididamente vinculado intertextualmente con la obra de Juan Luis Martínez porque creo que, como ya dije y repetí, esa era la intención de Marcelo al invitarme a estar aquí. Se trata de “Dibuje una estrella fugaz” … “Pídale un deseo”.

Evidentemente, la sección de La nueva novela de Martínez, titulada “Respuestas a problemas de Jean Tardieu” es clave para establecer la relación intertextual cuando leemos: “¿Cómo se representa usted la falta de pescado? (Dibújelo)” y “Una estrella fugaz cae en su mirada ¿qué hace usted?”

Cercanas a los silogismos filosóficos de vicio, estas preguntas o solicitudes están pensadas como un ludismo lingüístico, una metáfora pura* con la que Marcelo Nicolás nos remite a los sueños y esperanzas que, cada vez más, se pierden entre el ruido de las calles; que, cada vez más, se aminoran entre el hormigón de los edificios; que, cada vez más, se declinan en un país donde soñar, solo está permitido a unos pocos.