SEÑALES

Photo by Christopher Farrugia

Hay señales que advierten esperanzas y nuevos caminos. Señales para entrar a mundos distintos.

Para este número, Zenaida Suárez Mayor, académica de la Universidad de Los Andes, Chile, comparte la presentación del libro Éramos estrellas, éramos música, éramos tiempo, del escritor Ernesto González Barnert,

Éramos estrellas, éramos música, éramos tiempo

Santiago, 11 de enero de 2019

A la memoria de Pedro Guillermo Jara, a quien descuidé en la amistad, para mi desgracia infinita.

Me gusta entrar a los libros como quien entra al mundo desde el útero materno: desnuda y vacía de prejuicios, de experiencias, de palabras. Vacía y desnuda pero expectante, anhelante como el recién nacido que abre los ojos por vez primera. Y esa luz iniciática que se instala en mi retina y la hiere suele ser la que me acompaña en todo el recorrido.

Nada más asomar la cabeza a Éramos estrellas, éramos música, éramos tiempo me sentí en casa. Con este título lumínicamente concretado al interior con que Ernesto me transporta a la narrativa amorosa de Kiera Cass, empiezo a observar un cuadro de múltiples escenas vivificadas que me hacen partícipe de distintos momentos del amor, o si se prefiere, de la vida de pareja (que no siempre es lo mismo). La cotidianidad se me plantó al frente y, a poco que agudicé el oído, pude escuchar las melodías con que González Barnert relaciona la vida; o mejor, con que González Barnert se relaciona con la vida.

En el centro del cuadro se planta un sujeto que también observa y analiza, se analiza a sí mismo, en su relación con otro ser -ella- a la que le confiesa su incertidumbre cuando le dice: “No sé cómo lo haces: al final del día eres todo lo que importa” y a la que, sin embargo, le asegura su incredulidad en la perdurabilidad de aquella historia si la interpela con “Amorcito, en la puerta dice tira y tú empujas”. Ernesto es un sujeto poetizado en esta obra, consciente de su doble militancia como narrador y actor que cuenta, describe y vive, haciendo patentes en la escritura sus lecturas, sus gustos musicales y sus ideales de vida. A veces, la mujer es objeto preclaro de su erotismo: “Me recalientas -la increpa- cuando tapada con una toalla te secas el pelo o sobre la cama te buscas pelitos locos en las piernas vestida solo con ese calzón que costó más que mi biografía de los años rusos de Nabokov”; otras, la piensa idílicamente y nos deja adivinarlo mirándola de reojo mientras le susurra: “Ganas de taparte sin que te des cuenta, lo sepas al despertar”, sin embargo, no es solo erotismo e idilio, también hay remembranza y promesas, como en el texto inicial donde le dice: “Te ofrezco el suave calor de una vida en llamas” asegurando la calidez del hogar al mismo tiempo que deja la puerta abierta al peligro del fuego que metaforiza el deseo.

Los poemas de este texto, como un hilo hilvanador, van tejiendo un entramado que está atravesado por una idea que se adivina al fondo de la escena; un “algo” transformador que contiene la vida de pareja y que convierte a un ser autónomo en un ser cuya condición se ve modificada por la del otro pues “Mi vida mientras duermes esta tarde de verano sin ropa es recogerla y ponerla en su cajón” y porque hay que encontrar un punto medio en que ambos sean parte del todo: “exígeme siempre que no le ponga tanta sal a la palta”. Estos hechos cotidianos se entrecruzan con una memoria recurrida, a veces, en los momentos más aciagos, otras, en los más dulces; y sirve de remembranza para no olvidar lo importante de cada detalle: “¿Sabes cómo me di cuenta de que eras la chica adecuada? Porque un día como hoy celebraste una brisa fresca. Las otras pasaron a nuestro lado absortas en cosas innecesarias”.

Sin embargo, este sujeto habitante es un sujeto enamorado de su vida en pareja, aunque tal vez solo sea un sujeto acostumbrado a esa cotidianidad enaltecida hasta el punto de poder decirle a ella: “Si cierro los ojos, si me presionas a que cierre los ojos, todavía puedo señalar cinco partes de tu cuerpo donde hay un lunar, dos en que hay una cicatriz, un par de cosas que mejorarías, por lo que echan flores, todo lo que me gusta”.

La música es la gran presente en Éramos estrellas, éramos música, éramos tiempo. Desde el rock and roll de Elvis y el pop de Stevie Wonder hasta el folk rock de Sinead O´connor, “Algunos días tienen su música”, que marca el ambiente, que decide la dirección que toman las cosas, el color con que se tiñe una tarde o el aurea que reviste cada momento. Y así como la música, el cine se hace presente cuando el vate confiesa: “te espero para almorzar, en realidad no, te espero para hacer el amor y después ver una película online, de esas en que siempre llegamos divididos a verla, pero terminamos felices comentándola antes de encamarnos nuevamente”. La música, como la escritura, como el cine, sostiene un sistema integral de comunicación vital, porque “hacer música” como escribir o encamarse -hacer el amor “es llegar a un lugar del que no podemos regresar”.

Mientras leo a Ernesto, mientras paseo por su palabra, me van a apareciendo al paso voces del pasado unidas a otras actuales, algunas más locales y otras universales. Pero hay unas voces sobresalientes que están inenarrablemente presentes: son las voces láricas de Teillier y Lara, al que, además, me recuerda en la brevedad, y me obliga a recitar en voz baja aquel arrollador: “Toque de queda: Quédate, le dije, y la toqué”. Otros textos tienen una cadencia muy cercana a la trilogía de amor de Pedro Salinas, como ese: “Perdóname si a veces me ves de rodillas por el Adagio en Sol Menor de Tomaso Albinoni & Remo Giazotti, bailo solo My Cherie Amour o te dedico esa canción de Bensé que no sé qué cresta dice y que sin embargo dice algo que tengo que decirte” que tanto se parece al “Perdóname por así, buscándote, tan torpemente dentro de ti. Perdóname el dolor, alguna vez. Es que quiero sacar de ti, tu mejor tú”. Y cómo no advertir, finalmente, la demoledora presencia del gran poeta de Chile (Neruda) que cuando tomaba la palabra la resignificaba en grandeza, desde siempre, desde sus albores, ¿cómo olvidar: “Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos / te pareces al mundo en tu actitud de entrega” del Poema 1 de los veinte… y en cuya casa estamos hoy celebrando a uno de sus herederos

Llego al otro extremo del cuadro, solo la pared vacía de símbolos está más allá, llena ahora de las experiencias y visiones que mi anfitrión me regaló y vestida con su velo homoerótico, empiezo a preguntarme por el pasado del verbo que en su título se reitera “éramos”, “éramos”, “éramos” como dando por sentado algo que ya no se es. Indago en los tótems de palabra que lo componen, cada poema es ahora un trazo de este cuadro y encuentro una discordancia: en él no se puede haber sido, solo se puede haber estado, porque tú, Ernesto, TÚ SIGUES SIENDO ESTRELLA, MÚSICA Y TIEMPO. ¡FELICITACIONES!