TELEGRAMA

Nuestro editor, Enzo Fonttz, entrevista para el TELEGRAMA de este número a Catia Faria, quien es investigadora postdoctoral de la Fundación Portuguesa de Ciencia y Tecnología de la Universidad de Minho (PT). Recibió su Doctorado en Filosofía Moral en la Universidad Pompeu Fabra, donde defendió una tesis sobre el problema del sufrimiento de los animales salvajes y la intervención en la naturaleza. Es profesora de Ética y Sostenibilidad en la misma universidad. Trabaja en ética normativa y aplicada, en particular, en cómo se relacionan con la consideración de los animales no humanos. También está ampliamente interesada en los enfoques analíticos de lo incorrecto de la discriminación, así como en otros problemas morales relacionados con el género y la sexualidad. Es coeditora (con Eze Páez) del volumen especial “Sufrimiento e intervención de animales salvajes en la naturaleza”, Relaciones 3 (1-2), 2015 y ha sido estudiante visitante en el Centro de Ética Práctica de Uehiro, en el Universidad de Oxford (Reino Unido).

i. Catia, ¿podríamos decir que cualquier movimiento social consistente en su rechazo a toda forma de discriminación, debiese tener en su centro una reflexión profunda respecto del antiespecismo?

Sí. Cualquier proyecto de transformación social no puede, sin caer en profundas contradicciones internas, ignorar la dimensión de la injusticia estructural a la que está sujeta la aplastante mayoría (!) de los habitantes del planeta. El especismo, la discriminación de los demás animales por motivo de su especie, es una posición ética y políticamente injustificada, ya que todos los animales tienen intereses en vivir, en no sufrir y en disfrutar de sus vidas que deben ser respetados. En la práctica, ello implica una profunda revisión de nuestras practicas individuales y colectivas, tanto a la hora de contribuir con el sistema de explotación animal como a la hora de no ayudar a los animales que, en un momento dado, lo necesitan, como ha sido recientemente el caso de los animales víctimas de los incendios en Australia. El antiespecismo es justamente la posición ética y política que rechaza esta discriminación injustificada y lucha por la igual consideración de todos quienes puedan sufrir y disfrutar de sus vidas, ya sean humanos o no humanos, más allá de su especie u otros factores irrelevantes, como las capacidades, el género o la posición geográfica. Negarse esta reflexión o buscando minimizar su importancia es una instancia del conocido modelo de descredibilización de toda aquella lucha que simplemente no te afecta a ti. Es decir, la contradicción, por definición, del propio concepto de justicia social.

ii. ¿Crees que estamos en un momento histórico planetario particular, que contradictoriamente coincide con una avanzada del capital extractivista y con un despertar en muchos lugares del mundo respecto al cambio climático y el cuidado del medio ambiente?

Obviamente, el capitalismo extractivista conlleva una contradicción interna, en el sentido en que los llamados “recursos naturales” son limitados. Así, los beneficios económicos obtenidos en un dado momento histórico traen consigo un fin anunciado. Ese fin, no obstante, puede ser mucho más tardío de lo que pensamos habitualmente, ya que no hay que subestimar la capacidad del capitalismo, amparado por nuevos e inesperados medios tecnológicos, para reinventarse y ampliar las posibilidades extractivistas. Aun así, no creo que a lo que asistimos hoy, por lo menos en el mundo occidental, se trate de una contradicción en el sentido estricto. Es decir, no veo, en realidad, fuerzas sociales antagónicas luchando por objetivos incompatibles, sino más bien una misma visión egoísta humana y en la mera instrumentalización del medio ambiente para la satisfacción de intereses humanos. Menos cortoplacista, es cierto, pero igualmente discriminatoria y generadora de desigualdades, tanto dentro de nuestra especie como entre nuestra especie y las demás. Simplemente se está transitando de una preocupación por los intereses (de una parte) de la generación actual de seres humanos a una preocupación por los intereses (de una parte) de las generaciones humanas futuras.

Es importante remarcar que este “despertar” respecto del cambio climático no conlleva necesariamente un mayor respeto hacia los demás animales, sino que se da, en general, sin cuestionar el supremacismo humano sobre las demás especies. Paralelamente, y sin sorpresas, tampoco cuestiona otras formas de supremacismo entre seres humanos, permitiendo que determinadas poblaciones humanas, las ya de por sí más vulnerables, se vean desproporcionadamente afectadas por los efectos negativos del cambio climático. Enfrentarse a esta cuestión de forma seria implica, así, trabajar para desarticular distintos sesgos supremacistas, y traer al debate, en las discusiones sobre cambio climático, el impacto que ciertos escenarios tendrán no solo en aquellos humanos que incorporan múltiples privilegios (el niño blanco y rubio del futuro), sino sobre todo en las poblaciones humanas más vulnerables del planeta, humanas y no humanas.

iii. ¿Conoces al Negromatapacos?

Sí. El perro revolucionario 🙂 Maravillosamente definido, según he visto, como el “santo patrono de las manifestaciones y los perritos de la calle” Me parece muy fuerte simbólicamente, ya que los perros callejeros y, en general, todos los animales que habitan las calles, se sitúan en los márgenes de las comunidades humanas, y se les considera sucios, molestos y, por ende, erradicables por el mero hecho de intentar existir. De forma similar, la reciente vilificación de la protesta social sigue la misma retórica de limpieza de las calles de la molestia y la suciedad de todes aquelles que buscan existir fuera de la injusta normalidad. El Negromatapacos condensa la revuelta y alianza de todes les marginades, más allá de su especie.